Elvis de Goma
DiscosElvis De Goma

Elvis de Goma

8 / 10
Kepa Arbizu — 07-04-2026
Empresa — Autoeditado
Género — Rock & Roll

Está sobradamente demostrado que la figura de Elvis Presley trasciende el ámbito musical para esparcir su mitología en todos los rincones de la cultura popular, convirtiéndose en uno de sus iconos más representativos. Una condición que le permite, incluso, encarnarse en ese simpático muñeco que mueve las caderas al son del rugir de los motores, habitando el interior de muchos automóviles. Una imagen que sirve para ilustrar la naturaleza del proyecto encabezado por el “RunawayLover” Santi Delgado, quien en compañía del batería argentino Sergio Marín Vozza, y bajo el nombre de Elvis de Goma, parece juguetear y estirar el legado del intérprete de Tupelo hasta, a modo de frotación sobre una lampa mágica, hacer brotar una variedad de melodías procedentes de otras tantas localizaciones. Puede que no todos los caminos lleven hasta el rey del rock and roll, pero da la sensación de que todos, a su manera, parten de él.

Despojado, metafóricamente, de la característica camiseta rayada, lo que se traduce en un paréntesis en el cuentakilómetros de su banda, el músico bilbaíno atraviesa la puerta de un amplio fondo de armario en busca del atuendo óptimo para dar forma a un repertorio que tiene su origen, al menos buena parte de él, en años pretéritos e incluso anteriores a la fecha de gestación de su grupo. Porque al igual que casi cualquier compositor, en este caso también existe ese cajón de sastre donde esperan calladas unas creaciones deseosas y dispuestas a tomar vida. Un momento de liberación que ha llegado con un disco homónimo que asume, y acepta deliberadamente, su condición de colección de canciones, desoyendo cualquier decálogo en busca de unidad global para ensalzar la celebración individual de ese momento irrepetible condensado en unos escasos minutos.

Un efecto Frankenstein, por aquello de la unión de piezas en apariencia discordantes pero que terminan por formular una existencia propia, que alude a casi todos los aspectos del álbum. Ya sea la divergencia en la cronología y en la autoría -propia o ajena- creativa, como las labores de producción, divididas entre las manos de dos maestros llamados Saúl Santolaria e Iñigo Escauriaza, pasando por la existencia de un amplio muestrario de amigos y compañeros que se suman a participar en diferentes momentos, todos son elementos que redundan en esa idea que sitúa a cada canción, incluso los cuatro “bonus tracks” consecuencia de su directa traslación desde su formato maquetero, como un territorio independiente bajo identificativa bandera. Pero también sabemos que las fronteras, vistas desde la lejanía y en conjunto, acaban por conformar espacios comunes delimitados solo por la propia geografía, en esta ocasión representada por ese lenguaje que, a pesar de contar con un amplio diccionario, se vuelve característico en un autor.

Parece lógico que este disco ceda su inicio a un tema homónimo que además sitúa a ese citado muñequito bailongo, aquí contoneado bajo los ritmos de un delicado Chuck Berry de los que toman parte también los miembros de la banda Lee Perk, como un oráculo inspirador, protector y a su forma protagonista de una fábula sobre esos necesarios amuletos sonoros que nos guían por unas, en demasiadas ocasiones, autopistas desprovistas de horizonte. Mirada “presleyriana” que además alumbra musicalmente la irónica “Tom Waits”, en relación al abusivo precio de las entradas para visitar a su majestad de la voz rasgada, o incluso se puede percibir ataviada con camisa hawaiana, en alguna de sus más que discutibles películas, chapurreando castellano en “Bossa Nova Baby”. Un estilo tropical que, de manera tan asombrosa como lograda, arrebata la electricidad al tema original de 091 “Solo hago sonar mi guitarra” para imponer su cariz latino. Paseos por unos paradisíacos enclaves marinos que hacen escala en territorio italiano con la elegante versión de “Piccola”, obra de Adriano Celentano , o en la no menos estilosa adaptación del tema instrumental de The Shangri-Las "Leader of the Pack". Una diestra versatilidad que parece no agotarse jamás en una quincena de piezas que llegan a encumbrarse con el jazz swing de “En París”, cita francesa a la que acuden Dr. Maha´s Miracle Tonic y Garazi Navas para darle mayor poso instrumental, y con el sobresaliente ensayo de pop pluscuamperfecto, tan cerca de los Brincos como de The Zombies, que ilustra “Otra como tú”, resultado de la adaptación libre del tema de Malcolm Scarpa “I'll Never Find  Girl Like You”. Una caleidoscópica y ácrata naturaleza que sin embargo no deja de rimar en ningún momento con un verbo amablemente costumbrista y un distinguido poso melódico.

Quizás si exceptuamos la sucia electricidad que domina la garagera “Pedro Picapiedra”, propiedad de los mexicanos Gastón y sus Thunders, todas las demás interpretaciones genéricas remiten a un sutil manejo que en el caso de su inmersión en la “djangología”, por medio de “Alma de Django”, resulta una experiencia, compartida con la formación de su hermano, Víctor, Inbigu Gipsy Jazz, especialmente luminosa y vitalista. Unas cualidades que incluso perduran en sus envites más cercanos a la ortodoxia roquera, sea en el dinámico pub rock de “Solo me gustas tú”, recurriendo de nuevo a otra de las bandas de Gastón Garcés, en este caso Los locos del ritmo, o en su ronda por tierras sembradas bajo la firma de Stray Cats, escrita con el melancólico romanticismo de “El blues del azote”, que suspira con la armónica de Carlos Jover (Blues Morning Singers), o arengando su lado más afilado en “Boom Boom Tarantino”, ofreciendo un tercer itinerario al tema de Little Walter, “Boom Boom, Out Go The Lights”, tras pasar antes por las manos de Jony Kontrol. Un perfecto ejemplo del significado de un trabajo que se recrea en esa sana misión de mostrar solo servidumbre ante una única ley: el entretenimiento, propio y ajeno.

Elvis de Goma, el proyecto y el disco, es una extensión, ampliada y nacida sin cortapisas ni restricciones, de Santi Delgado, se podría decir que incluso son todas, o por lo menos un buen número, de las vidas musicales que habitan en él. Pero no tanto en lo que concierne a su tarea como compositor, que también, sino principalmente en su condición de aficionado que disfruta escuchando canciones y convirtiéndolas en parte de su personalidad. Eso es precisamente lo que nos encontramos en un trabajo que tiene en su irreverente libertinaje creativo el factor decisivo para convertirse en un bocado sumamente jugoso hecho de diversos sabores. Multiplicidad de gustos que sin embargo no impiden ser servidos bajo un tacto común e identificativo, el toque representativo de quien sabe y conoce que la diversión es un arte muy serio.

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