Dove Ellis no inventa la rueda, pero puede decirse que perfecciona el diseño de sus bandas de rodaje, y ese es su principal mérito para haberse convertido en una de las sensaciones del pop británico desde que este disco vio la luz, a principios de diciembre pasado. Su nombre real es Thomas O'Donoghue, nació en Galway (Irlanda) pero reside en Manchester, y solo tiene 22 años.
Poco más se sabe de él, ya que apenas concede entrevistas y se ha permitido el lujo de publicar este debut en la pequeña (pero seminal) Black Butter Records tras rechazar – dicen – varias ofertas de multis que le tiraron la caña tras descubrir su obra en bandcamp. ¿Su particularidad? Fundir con inusual madurez el influjo de Jeff Buckley (añádase aquí el de Thom Yorke, Nick Drake o el propio Tim Buckley, entre otros maestros del falsete aplicado a la sensibilidad del folk singer acústico tradicional) con cierto cripticismo (especialmente en los textos pero también en algunos quiebros estilísticos) que remiten a la última escena post punk (por llamarla de algún modo) británica, en especial a lo logrado por su amigo Cameron Winter y sus Geese: Dove Ellis ha sido telonero de su última gira y también pasó uno de sus bautismos de fuego en el concurrido Windmill londinense. Es como si su música trazara un puente entre aquella saturada escena de Buckley/Radiohead wannabes de principios de los 2000 y la actualidad.
Esa conexión con Geese se nota particularmente en cortes como “To The Sandals”, el single que puso en alerta en septiembre pasado a prensa y público británicos. Y aunque sus hechuras son las del baladista folk de nuevo cuño que bien podría hacerse un hueco entre Hozier, Noah Kahan y demás nombres abiertamente mainstream, lo suyo tiene otras trazas menos previsibles: “Love Is”, por ejemplo, empieza como balada al piano, pero luego se abre al empuje de un estribillo que tiene algo de los Talking Heads cuando se empapaban de una espiritualidad cercana a la vibra del gospel; “Jaundice” incide en una jarana folk que suena bastante más a taberna que a estadio, y “Heaven Has No Wings” se despliega como un medio tiempo setentero al piano, de esos que harían las delicias de Elton John (o incluso de los fans de Queen).
Predominan las baladas, claro. Como las bonitas “When You Tie Your Hair Up”, “Feathers, Cash” o “Away You Stride”. Pero todos los registros los resuelve con aplomo, personalidad y un oficio impropio de su edad: produce él mismo, con la ayuda en las mezclas de Sophie Ellis (Little Simz, Sorry) y Andrew Sarlo (Big Thief, Dijon). Hay madera de artista con fundamento.
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.