El éxito comercial y de crítica de un grupo como Turnstile puede interpretarse de varias maneras. Pero lo esencial es que más de cuatro décadas después de que Bad Religion y compañía patentaran esta estética en la escena musical norteamericana, el hardcore y todos sus derivados han conseguido ir renovando atención y seguidores. No es tan común.
Procedentes del sur de California y con destacadas raíces hispanas –que sacan a relucir con los sones latinos del principio y el final del álbum–, Death Lens destilan distintos géneros picoteando de aquí y de allá –del hardcore al punk rock, el pop emo, el grunge o incluso el nu metal– en canciones que, si bien no van a salvar el rock en términos de originalidad o experimentación, están bien resueltas.
En su segundo disco para Epitaph, el grupo condensa su estética sonora en la apertura de “Monolith” y “Power”. Ya jueguen con otros géneros concomitantes o sean más directos, no pierden el foco para entregar un LP efectivo de doce canciones que, como mandan los cánones, apenas pasa de los treinta y tres minutos. Más introspectivos y hasta existenciales que abiertamente políticos, apuestan por las melodías emo (“Drown”), un sonido más expansivo (“Saints in The Panic Room”) o incluso con ecos de melancolía shoegaze (“Am I A Drug To You?”), dejando para el final su lado más agresivo (“Last Call”, “Pulling Teeth”).
No cuesta nada imaginar sudorosas montañas humanas de pogo al son de unas canciones –ya digo, en especial las últimas del disco– que podrían hacerles llegar a un nuevo nivel de popularidad. Da vértigo asomarse a la gira de apoyo del nuevo disco de los californianos, y eso muestra a las claras que la apuesta del sello (y de ellos, que con el anterior estuvieron nueve meses en la carretera) es cristalina. Ya veremos si como sus compatriotas alcanzan al público masivo de varias generaciones.
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