Bajo el signo de una sociedad que mira de suspicaz reojo los avances tecnológicos dentro de la música presente, el británico Danny L Harle ha decidido poner en jaque el actual debate moral sobre la creatividad generativa y apostarlo todo por una línea directa entre el hombre y la máquina. De su promoción, amparada bajo el colectivo PC Music, siempre fue considerado el más romántico. Razón por la que podemos interpretar su debut formal en “Cerulean” (XL, 26) como una carta de amor a la electrónica entendida como arquitectura sentimental o una desaforada apología de la soberanía del afecto en la era del artificio.
Legándonos un manifiesto más próximo al “hikikomori dance” que a cualquier otro género al uso, Harle conceptualiza el pantone de los cielos renderizados y las pantallas retroiluminadas para crear sobre sí un relato espiritual en el que el tiempo cronológico se dilata y la euforia no responde a la lógica del pop estándar. Un estado de suspensión, prolongado a lo largo de trece actos, que rima con el imperante desapego sistémico y nuestra generalizada e infame tendencia a la nostalgia.
Desacomplejado y sin atisbo alguno de ironía en su marca, el londinense mete en una misma coctelera su habitual gusto por el trance hortera, las bandas sonoras de RPGs jurásicos, los arpegios digitales y el renacentismo catedralicio para un pasaje imposible que comunica entre sí referentes abismalmente opuestos. De Motoi Sakuraba a Monteverdi, pasando por Philip Glass, Tarkovsky o Tiësto, y sin morir en el intento. Todo ello, y por si fuera poco, salvaguardado por una excepcional nómina de voces femeninas que elevan la factura del LP como nunca antes vimos en su registro.
Caroline Polachek, rúbrica recurrente en el Harleverso, confirma con dos temas impecables (un hit, “Azimuth”, y la balsámica “On and On”) que no es capaz de hacer nada que no rezume belleza stendhaliana por doquier; desligada de su condición de diva, PinkPantheress sucumbe al placer de la tralla y el glitch en esa inmejorable balada bakala que es “Starlight”; el eurodance pachanguero cobra vida de la mano de Julia Michaels y su particular viaje a 1994 en “Raft In The Sea”; como sacada del imaginario de Chris Lowe, “Crystallise the Tears” nos muestra, a partes iguales, lo acertado que puede ser el toque clubbing de oklou y lo fuera de lugar que se siente el viraje house de MNEK; Dua Lipa, pese a ser el nombre más mediático en nómina, desatina con una intrascendente y ochentera “Two Hearts”; Clairo rompe la baraja con una todavía más anómala “Facing Away”, donde su voz, a diferencia del resto de colaboraciones acreditadas, prescinde de modulaciones y texturas; y una cantadita semi-isabelina nos descubre en “Te Re Re” a una desconocida kacha, quien con su polaco nativo y polifonía coral se encarga de presentarse a lo grande.
De la ingenuidad (“Island (da da da)”) a la ambición (“Teardrop in the Ocean”), “Cerulean” se consagra como una rara invitación a darlo todo sin salir de uno mismo. Sueño y realidad se dan la mano a 132 bpm por segundo, desdibujando la delgada línea que separa la pista de baile del refugio y lanzándonos un mensaje muy concreto: el futuro será sintético o no será.
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