Bien parece que de un tiempo a esta parte la precariedad juvenil y el hastío generacional se han convertido en un género musical en sí mismo. Sobreexplotada o no, esta veta referencial que nuestros artistas exprimen como ubre bovina continúa dándonos, al menos en este territorio, muy buenos frutos. Sirva, si no, de ejemplo el salto al ruedo de los debutantes Carencias Afectivas, quienes tras unos iniciáticos años de ensayo y esbozo, se presentan formalmente en sociedad con su primer disco, “Qué mal momento” (26).
Sin duda, una cabecera poco halagüeña pero diametralmente certera cuando se trata de cristalizar el contexto histórico que ha marcado su génesis, unos cinco primeros años en los que no han faltado titulares aciagos casi de forma semanal ni palos en la rueda que dilataran su incursión. No sabemos exactamente a cuál de todas las vicisitudes del mundo moderno se refieren con su exánime proclama, pero lo que está claro es que vernos reflejados en estas diez odas a la disconformidad no va a costarnos demasiado.
A buen entendedor, pocas palabras bastan, aunque la tentativa a ser explícitos con la que está cayendo les arde en las manos -“Señor juez, las cuentas las llevaba mi mujer / No sabía que el Ferrari se pagó en B”, disparan en la divertida “Alcaldesa”, para después soltarse aún más la lengua y convertir el compás más naíf en una estrofa con saña (“Me voy a vivir a Campoo de Suso para no tener que oír lo que ha dicho hoy Ayuso”, corean con nasalidad quinqui en “Un buen montañés”). Desde luego, el compacto es hijo de su tiempo, deudor de nuestras ansias de fuga, nuestro hartazgo colectivo y nuestra pulsión natural por romantizar lo que ya fue (“Hacia atrás”). Y aun así y todo, el resultado es irresistiblemente luminoso.
Como buen debut, “Qué mal momento” tiene también ese aire neófito –que no amateur- de quien se está buscando. Suena a muchas cosas y todas ellas buenas. Un poquito del garage-pop comunal de Mujeres (“El Asteroide”), otro poco del rock reverberado y añejo de Ducan Dhu (“Cada vez”) y hasta guiños transfronterizos a unos primeros Jesus and Mary Chain (“La venganza de Moctezuma”) y Stone Roses (“KGB”). Claro que lejos de dar palos de ciego, la factura de la criatura no viene precisamente firmada por unos cualquieras, sino que en su producción encontramos el santo y seña a seis manos de nada menos que Carlos Elías, Pablo Fergus y Benito Casado, trío gestor de La Cafetera Estudio (Amaral, Alcalá Norte, Pol Granch, Sexy Zebras) y culpables a partes iguales de que la banda termine llegando a buen puerto y nos entregue, incluso, un buen puñado de melodías memorables.
Con ojeras y colmillos, Julio Téigell, Juan Casado, Juan Margallo y Javier Herrero dejan claro que, en su particular diagnóstico, también hay propósito. Concretamente, el de llamarnos a filas para recordar, con sus estribillos de trinchera en ristre (“Canción de resistencia”), que la intuición de quedarse puede ser también un acto político. Porque este tal vez sea un mal momento, pero es el nuestro.
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.