THRASHER
DiscosBrandon Flowers

THRASHER

7 / 10
Fran González — 25-08-2026
Empresa — Island / Universal
Género — COUNTRY

Aunque se ha hablado mucho de cómo el country ha terminado convirtiéndose en la tendencia pop del momento (“Cowboy Carter” (24), el imaginario primigenio de Taylor Swift o el eternamente aplazado nuevo disco de Lana del Rey como ejemplos de ello), sería injusto creer que Brandon Flowers se ha subido a este tren en marcha solo por cómodo oportunismo. El vocalista de The Killers viene haciéndole ojitos a la épica americana desde que en “Sam’s Town” (06) abrazara abiertamente el rock de raíz; ahora, en “THRASHER”, deja atrás la sutileza y se encomienda a la tradición y a la América rural de polvo y tabaco de mascar para su apuesta más ambiciosa con nombre propio.

A diferencia de aquel citado periplo, veinte años ha, donde le veíamos casi convertido en un trasunto de Springsteen, Flowers comprende esta vez mucho mejor lo que supone acercarse al acervo sureño, concibiendo este ya no como un mero envoltorio estético sino como la razón de ser de su voz presente. Como tantos otros en plena crisis de los cuarenta, el artista estadounidense ha comenzado a reconectar con aquellas historias que su padre escuchaba en vinilo a su edad, redescubriendo en los versos costumbristas y melancólicos de Cash, Kristofferson, Nelson o Jennings un sentir que ahora sí puede reivindicar como suyo.

Vemos, pues, a Flowers convertido en un plausible y solvente juglar del asfalto que busca en las estrellas el significado del yo y de su lugar en el mundo a golpe de ritmo troteado y violines pizpiretos ("Does It Ever Cross Your Mind?"), dejando claro desde el inicio del largo que no va de farol. De hecho, se nos presenta el catálogo de tópicos del country al completo: la tabernaria armónica del legendario Charlie McCoy (“One Of Us”), el escapismo visual y la carretera como metáfora vital (“Tiger’s Blood”), el pedal steel de Bruce Bouton como instrumento capital y catalizador de la vida que pudo ser y no fue (“Plans”) o el mito del sueño americano que se quedó en aguas de borraja (“An American Dream”).

En efecto, y si al oyente en cuestión se le atraganta el género, es interesante dejar claro que desde el principio Flowers va con todo. Aun así, incluso para quienes no sean precisamente devotos del country ni comulguen en exceso con sus tópicos, será difícil no terminar sucumbiendo al exquisito gusto con que el séquito del cantante da forma a estas canciones. Shawn Everett, productor recurrente de The Killers y responsable junto a Jonathan Rado de vestir el álbum, tiene buena parte de culpa, llevando al extremo esta aproximación fronteriza hasta hacerla rimar, directamente, con el paisaje de un western crepuscular entre trompetas de estilo mariachi y guitarras áridas (“The Red Ground”).

Pero detrás de este puñado de clichés sonoros se esconde también una colección de historias que reafirman el talento del abajo firmante como narrador, con “Miss America” convirtiendo el abuso y la violencia doméstica en un delicado ejercicio de memoria familiar, o con la bellísima “Angel” ofreciéndonos uno de los momentos vocales más dignos que le recordamos a Flowers en años. En pocas palabras, no hace falta calzarse unas botas de espuela ni acreditar un conocimiento enciclopédico de los códigos de la América profunda para reconocer que estamos ante un tour de force de considerable finura que va mucho más allá de la excentricidad de turno y de su respectiva etiqueta.

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