Besmaya abrazan la nostalgia por tiempos mejores para lanzar un mensaje de ánimo, un abrazo, a su generación. “La vida de Nadie” se presenta como un álbum en el que hablar de las frustraciones acumuladas e inseguridades de Javi al cuadrado. De todos esos momentos en los que el pensamiento intrusivo de no sentirte “suficiente”, para el ritmo que te exige la vida actual, te atraviesa la cabeza y se adueña de ti por completo (“Qué difícil ser una persona normal en este videojuego que es la vida real. Me han matao’ mil veces y he vuelto a empezar”).
El dúo regresa con una colección de pop accesible, redondo, buen rollo, dosis de calma y temas universales. Sin grandes cambios, ni giros bruscos de guion; perfilan lo construido hasta ahora y generan con este disco un discurso alrededor de la necesidad de asumir la llegada de la madurez y tratar de mantener viva tu esencia. De reconciliarte con las cosas que siempre soñaste, esperaste que se hicieran realidad, pero que nunca sucedieron (“Háblame de todo eso que quisiste hacer, de todo eso que quisiste ser. Con la nostalgia de lo que no fue y nunca va a suceder”).
Siguen apostando por construir un proyecto conceptual, personal y autobiográfico. Y, para ello, cuentan de nuevo con Paco Salazar liderando la producción de los temas. Dando, eso sí, algún que otro volantazo creativo como la participación de Benjy Gibson (Fred Again.., Ed Sheeran) en “Corona de laurel”. Besmaya se han parado en seco tras el empujón que supuso “Nuevos Lemas” en 2024, han levantado la cabeza y mirado muy bien a su alrededor para tratar de comprender por qué se sienten todo el rato como verdaderos cuerpos extraños. Por ello, este disco es una clara materialización de creer estar únicamente sobreviviendo constantemente en la vida, con la soga al cuello, y recordarnos que dentro de nosotros continúa viviendo ese otro “yo” que en el pasado nos hacía sentirnos invencibles (“¿Soy yo o eres tú o hay un cambio de actitud dentro?”).
Un proyecto sobre lo jodida que es la pérdida de identidad por el paso del tiempo, el no reconocerse a uno mismo y arrastrar un tremendo síndrome del impostor. Una situación que, por otro lado, representa muy bien a esa generación que se acerca ahora a los treinta habiendo atravesado un mundo cuya evolución socioeconómica no ha parado de machacarles, de cortarle las alas y empujarles a una vida adulta llena de nuevas pantallas que no saben cómo superar (“Te has hecho mayor, te molan los planetas”).
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