Con la modestia propia de quien no pretende exhibir músculo, pero sí mucho corazón, Bernal ponen sobre la mesa uno de esos discos que más nos vale tener en cuenta dentro de doce meses, cuando andemos recolectando títulos para armar nuestras socorridas listas de lo mejor del año. “Vida y Milagros” afianza con nota esa paleta íntima, nerviosa y fragmentaria con la que estos valencianos abrieron fuego en su día, poniendo años atrás la primera piedra de su trayectoria y contribuyendo a redefinir la nueva escena post-rock patria.
Sin sacrificar su textura paisajística y tirando ahora de una mayor amplitud tímbrica, inserciones electrónicas puntuales y una dinámica bajo-batería más ambiciosa, el segundo largo firmado por este cuarteto complementa su literatura emo, no de la mano de un relato conceptual en el sentido más estricto, pero sí a partir de un hilo narrativo descarnado que se ha convertido poco a poco en su impronta particular.
Como si de una declaración de intenciones se tratara, un testimonio oral y atenuado nos describe con lucidez melancólica y escrutinio clínico los sinsabores de lo cotidiano al comienzo de la obra (“Enero en València”), enfatizando en ese sendero gélido y exiguo que va a suponer el adentrarse en algunas de las claustrofóbicas y punzantes ideas que este disco plantea. La nostalgia como refugio y como trampa, la amistad (la que se pierde y la que deja huella), la imposibilidad de imaginar un futuro cercano, la rutina diaria como supervivencia desesperada, la precariedad (vital, generacional, afectiva, material y simbólica), la memoria (personal y colectiva) o la identidad (lingüística y territorial) son algunas de las premisas que vertebran este devastador viaje, también sujeto, por fortuna y como colofón, a la redención y la esperanza.
Entre notas de audio y latidos fraternales, se conceden homenajes íntimos ("Música para Eduardo"), reflexiones críticas y urbanas firmadas por quien siente que crecer duele ("Dolores Marqués"), confesiones de aquello que nunca nos imaginamos diciendo ("Nunca quise") y cierres prestos a evocar llegada y tránsito ("Puertos"). Subvirtiendo sus propios derroteros, los chicos de Bernal también tendrán a bien repartir los dones de su consabida distorsión y rugosidad con un sobrevenido gusto por la tralla más sintética (“Una amistad perdida”), un retorno a la lengua madre (“A la palma de la teua mà”) y un plantel de exquisitas colaboraciones externas (Firmado Carlota, Pumuky y las argentinas Fin del Mundo), que dignifican con incontestable solvencia la arquitectura original de la propuesta. Raúl Abellán, en labores de co-producción, complementa esta lujosa nómina, sacando lo mejor de ese periodo de grabación que les sirvió para tallar los temas con el margen justo entre la catarsis y la ponderación mesurada.
Si hay un corolario que Avo, Nogués, Carlos y Mickele quieran aseverar sin ambages en este disco, es su deseo por transmitirnos las ganas de seguir adelante con lo que queda, de encontrar pequeños milagros cotidianos dentro de la praxis diaria y en la incógnita. Bernal no nos señalan el destino, pero nos enseñan a reconocer el valor de la travesía compartida.
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