No es habitual hacer una sola reseña de dos discos, ¿no? No soy yo el que lo ha decidido, de todas formas: es cosa de ellos. Ellos son Basahaunt, y, aunque son nuevos en el bosque, hace tiempo que andan cazando por nuestro entorno.
Dejémonos de figuras retóricas y vayamos por partes. Primero el huevo y luego la gallina. Y este huevo, como ya he dicho, les ha salido de doble yema. A falta de uno, mejor dos. Para untar bien. Ambos discos están publicados en el bandcamp, y responden a los nombres “Song of the Shirt” y “Ehiza”. Se puede hablar de primero y de segundo, porque uno rompió escasamente un mes antes que el otro. En cualquier caso, los dos funcionan yuxtapuestos. En equipo, son representativos de lo que Basahaunt propone y, por eso, en formato físico, también van a salir gemelares. Hace poco se anunció que, en breve, ambos trabajos saldrán juntos en un solo cedé, de la mano de Decadencia Corporal.
Vale. Ahora, la gallina. Ellos son Basahaunt, como ya he dicho. Bajo este curioso nombre que mezcla la mitología vasca con la lengua inglesa, encontramos a dos músicos con una dilatada experiencia en diferentes géneros. Por un lado, a las guitarras y las voces, nos encontramos con David Mardaras, poeta y letrista, aquí también. Mardaras ha publicado música bajo el manto de su alter ego David Murders, y antes formó parte de Newhell Citizens o Horses of Disaster. Por el otro lado, a la percusión, Iñigo Eguillor, quien toca el mismo instrumento en Arana, Gringo o Trampas. Son dos, pero, en realidad, la cosa tiene más lados que un icosaedro. Por ejemplo, quédate con este detalle: Iñigo Eguillor también estaba en Billy Bao. Allí coincidía con Mattin, uno de los músicos experimentales con más relevancia por estos lares. De hecho, juntos, serían la grieta en Josetxo Grieta, junto a Josetxo Anitua. Estos dos últimos ítems de su biografía musical te pueden dar pistas de por dónde va este nuevo proyecto.
Si Eguillor trae al dúo la querencia por la experimentación, David Mardaras aporta la inclinación hacia la forma de la canción pop. O rock, lo que quieras. Aquí, lo entendemos como una etiqueta aglutinadora. Ellos lo llaman “sudden rock” y sí que es súbito, porque es improvisado, todo es improvisado, pero también es rock. Tiene esa hechura de canción, esa cuenca que pueden rebosar pero que, como cualquier corriente, la música acaba buscando. Experimentan con los límites de la estructura. A veces, los contorsionan, los invaden, los difuminan. Logran, en cualquier caso, combinar esa experimentación con una dimensión sónica más estandarizada, lo que les permitirá acercarse a un público más variado, creo yo, en mi humilde opinión. Por improvisar, improvisan hasta las letras, aunque nosotros luego seamos capaces de encontrarle un sentido y jugar a interpretarlas. ¿No es eso magia? Igual, sí. O simplemente poesía. En el futuro, pretenden que se sume gente que enriquezca el caldo con total libertad. En estos dos trabajos, encontramos la primera ocasión, con la participación de Rodrigo Pérez Andino y sus teclados en uno de los cortes.
Los dos discos permanecen unidos por la idea original: ambos recogen la experiencia de la improvisación, con la propensión hacia el formato de canción pop. Sin embargo, los dos tienen sus cualidades naturales que los distinguen del hermano gemelo. “Song of the Shirt”, por ejemplo, tiene una percusión más terminante. Las cajas sufren con unos golpes que en la grabación suenan somáticos e impulsivos. El sonido también tiene un matiz diferente. Dicen que “Come to Town” recuerda a Swans. A mí me parece que destaca por ese aroma orgánico. Las cajas resuenan como gravilla agitada y la voz nace del destierro hasta crecer como hiedra por las cuerdas. Acaba desintegrada, con un epílogo final que parece un bello estertor. “Goizeko Armiarmak” es la más larga de este primer lote y no contiene voces. Los primeros cinco minutos son un conglomerado de ecos, rumores, notas que se esfuman, acoples, susurros, roces, instantes que no acaban de concretarse: las telas que la araña teje y el viento o lo contingente destruyen. La guitarra suena dulce y envolvente y la percusión fresca y en tensión. Finalmente, “Christian Work” es la más cercana al título del álbum, ya que esa expresión se encuentra en el poema “The Song of the Shirt”, que lo inspira. Se trata de un poema de 1843, escrito por Thomas Hood, que se incluía en el famoso libro de Friedrich Engels que uno de los dos se estaba leyendo en el momento en el que grababan esto. Todo esto, por supuesto, me lo han contado ellos, porque si no yo de qué. Como mucho, ahora que lo he leído, te podría decir que el lamento de esa mujer concuerda con el tumulto industrial que levantan aquí, como si estuvieras escuchando la vida ausente en un telar abandonado.
Ehiza es el segundo porque es fruto de su cuarto ensayo y por lo tanto salió un poco más tarde. Musicalmente, la guitarra rebaja el arrebato y la batería también marca cierta distancia con el anterior, usando texturas más esponjosas, incluso centradas en los timbales, como en el primer corte, “The American Night”. En esta primera, la percusión es más gaseosa y circundante. La voz empieza como una llamada primitiva. La firmeza en el ritmo va tomando velocidad y la tensión crece constante, casi hipnótica. “The Ants” improvisa sobre un riff extendido. Va hinchándose. Crees que va a explotar. Cuando parece que va a dislocarse, el riff gana consistencia y la percusión lo impulsa hacia adelante. En “Bosque-ciudad”, la percusión parece viento que mueve la hojarasca. También termina como derritiéndose, con la percusión resistiendo. La cuarta y última, “Basahaunt Ehizan” contiene los teclados y sintetizadores de Rodrigo Pérez Andino. Así, gana en contrastes y texturas. En ocasiones, los teclados se superponen, pero, en otras, penetran, se imponen. Los hay que parecen acercarse al jazz y otros que suenan cósmicos. Son espumosos y profundos. Estos teclados brincan sobre una percusión insistente y una guitarra que explora. Toda la canción va ganando robustez, espesura. Para cuando entra la voz han pasado ocho minutos en los que te han fagocitado. La melodía aguanta como un rescoldo, se impregna en las capas, convirtiéndose en misterio.
Lo interesante de todo esto, es que tú me vas a llevar la contraria. Puedes acercarte, oírlo y sentir algo completamente distinto. ¿No es eso magia? Igual, sí. O simplemente música.
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