Ambicioso en su factura y declamatorio en su intención, “HUMBLE”, segundo compacto del dúo hispano-austríaco Atzur, ensalza entre purpurina y teatralidad la intención de sus partes, Patricia Narbón y Paul Ali, de reapropiarse del concepto que da título al volumen frente a su lectura más autocensora. La teoría nos habla de una voz que saca pecho por lo conseguido, jugando con esa semántica que rechaza encogerse en favor de la comodidad ajena y reclama desde su caudal lírico el espacio que le pertenece.
Un rictus feminista que atraviesa toda la obra con loable intención, pero que parece quedarse en aguas de borraja cuando a su envoltorio se le somete a examen. Pese a los fuegos artificiales de la producción, gestionada por la mano de un Mario Fartacek, hay algo de primario en el despliegue de sus ideas que remite a la parte menos estimable del eurodance y a una versión (aún más) low-cost del trillado ímpetu eurovisivo. Una sensación de brillo postizo que, desafortunadamente, empaña la sinceridad del material y su oportunidad de trascender.
Más que para ampliar el campo expresivo del montante o suplir una posible necesidad narrativa, esa mezcla idiomática de la fórmula (entre inglés y español, intercalados en cortes como la homónima “Humble”, “hate me” o “Mutual Obsession”) rara vez se integra de forma orgánica en el relato y pareciendo más bien un simple recurso cosmético que persigue la apariencia polifónica. Los momentos más sentidos, a despecho de estar enunciados desde una honestidad genuina (“getting better”), no consiguen resultar catárticos. Son, por el contrario, temas como “Chaos” y “fragile like a bomb” (con ecos de la versión más festiva de Florence + the Machine) o la nerviosa “Psychodrama” los que nos enseñan que no es imperativo formular estructuras demasiado alambicadas ni rascar más de la cuenta en la complejidad emocional para conectar con el oyente e invitarle a que se entregue a los placeres del ritmo.
Porque, a pesar de todo lo mencionado, la monumentalidad de “HUMBLE”, erigida entre pitotes electrónicos, texturas industriales y marcianadas hiperpoperas, garantiza, de seguro, que este cumpla en el directo con la frescura y el dinamismo que sus diez pildorazos nos sugieren (ojo, huérfanos de Delaporte). Comparten estos un evidente gusto por el himno pop, su pizquita de hedonismo y la dignificación de la pista de baile como refugio colectivo, que, a fin de cuentas, tampoco es algo a lo que hacerle ascos.
Sin desmerecer la voluntad reivindicativa del cancionero, quizá sea ahí, en la eficacia del instante y no tanto en la promesa elevada, donde realmente resida la principal virtud de la propuesta. El resultado no está llamado a convertirse en obra de referencia, pero sí en un potencial exorcismo coral y catalizador del aquí y el ahora.
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