Hay cierto convencimiento en algunos sectores de la industria musical, o más bien en los sectores que circulan el costado menos amarrete de la misma, de que la sobreinformación visual que tiene la música hoy en día –proceso que viene creciendo desde las épocas en que MTV era un canal de música– son directamente perjudiciales al ejercicio divino de simplemente escuchar.
En esta época de algoritmos cabrones es casi imposible no caer en sus garras y suele ser complicado tener la capacidad de no tentarse y consumir productos que no pasarían el filtro si solo nos los presentan como sonido, sin imagen. Angine de Poitrine han logrado con su omnipresente directo en KEXP captar los ojos de todo cristo por estética irresistible (por favor, legalicen las drogas que toma el asistente de vestuario) y luego, en segundo plano, por un sonido, no diría completamente novedoso, pero sí con un nivel de gancho monumental, partiendo de la base que lo que hacen cabría al dedillo en la banda sonora de un happening con visos de kermés.
Es esto: los colegas haciendo reenvíos de Whatsapp o mandando por el DM de Instagram los reels de estos dos chalados, que se compartieron una y otra vez. Sería bueno saber cuántos de los que lo recibieron luego fueron a Youtube a ver el directo completo o quienes escucharon por curiosidad su primer disco, el “Vol I”. Porque este dúo de Quebec atrapa visualmente, pero puede ahuyentar sonoramente. Lo decimos en potencial, porque si de algún modo te llama la atención lo original y, otra vez, te identificas con lo que se está pariendo en el costado menos anquilosado del sistema musical mundial, es posible que tengas nuevo grupo favorito. Mira por dónde, le acaba de pasar a Dave Grohl.
Lo que estos dos tiernos humanoides hacen sonoramente va a la par de lo visual, y esto es un halago. Su propuesta tiene conexión con las ideas rítmicas de Les Claypool, líder de Primus y eminencia del mundillo alternativo. También hay ese uso de la disonancia que hace que todo cobre un sentido indefinido y fascinante, otra vez, siempre que te atraiga el lado más alucinógeno del sonido. En “Vol II” hay surf rock camuflado, ecos a Don Caballero y Battles, math-funk rabioso y una fuerte filosofía anti-solemnidad.
Desde una batería y una guitarra-bajo (dos diapasones, un cuerpo) y una buena pedalera de efectos, estos dos delirantes te hacen bailar como un modo en ácido, ponen a prueba tu sinapsis hasta dejarla jadeando y te regalan un disco que no sabías que necesitabas, como se dice en Instagram.
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