Las gentes de Spinda Records nos tienen muy mal acostumbrados. De un tiempo a esta parte parece que donde ponen el ojo, ponen la bala, y así sirva su último fichaje para reafirmar lo dicho. Después de debutar por la puerta de atrás con “Nuestras Manos Son Incendios” (24), los costarricenses Adiós Cometa se suman a la nómina de estos Midas discográficos con un segundo trabajo que ratifica el bueno ojo de sus padrinos, así como la imponente caladura y necesaria consideración del shoegaze latinoamericano actual.
Si a estas alturas había dudas sobre por qué era urgente mirar al otro lado del charco para rescatar ciertas joyas de los márgenes, la rabia contenida y etérea de “Un destello de luz” disipará en su fugaz media hora cualquier vacilación posible. Frente a su mencionada carta de presentación, el quinteto tico presume ahora de jugar con dinámicas más crudas y pesadas, en ocasiones equiparables a aquellas que brotan sobre el escenario, y que en esta ocasión han tratado de revivir en las inmediaciones de su estudio. Ideas colectivas de ida y vuelta con un propósito afín: desgranar la frontera liminal entre el miedo y la esperanza.
Proceden a tal efecto mirando de frente a las miserias y desdichas de hoy y a través de una hoja de ruta dividida en dos fracciones claramente delimitadas. Una más directa y al pie, marcada por guitarras reverberadas (“Luminosa”), percusión acelerada (“Una Vida En Otra Parte”) y rock lynchiano (“Candelaria”), donde persisten con estoicismo honesto en mantener vivos tímidos remanentes de fe (“Ya estoy mejor / Soy suficiente / No tengo miedo”). Su cara B, por el contrario, se entrega más al paisajismo ambiental, a veces conjugado desde el lirismo acústico (“Detenerse”) y otras desde la catarsis y el puro paroxismo (“Victoria”).
En este vaporoso vendaval de distorsión post-rock y purga emocional también tienen cabida las colaboraciones con estrella, robusteciendo aun más, si cabe, la solidez de la propuesta. La voz de Lucía Masnatta, de las argentinas Fin del Mundo, resulta tangencial en esa conmovedora oda a la paternidad que es “El Mundo En Mis Brazos (Leonor)”; Amanda Murillo (A su ladera) suma una brizna de luz dentro de la abrumadora y rugosa “Quema La Memoria”, de la que solo seremos conscientes de su envolvente magnitud después de haber concluido; y los colombianos Encarta 98, en un acto de irreprochable sinergia, brindan con “Mala Memoria” una perfecta secuela a la anterior pieza entre guturales y saxofones (Joaquin Vanrafelghem), haciendo de este penúltimo corte uno de los grandes tapados de la pugna.
En tiempos de ruido, vértigo y promesas frágiles, “Un destello de luz” y sus cinco responsables se atreven a plantear una vía de escape ante la zozobra, logrando abrir, contra todo pronóstico, una grieta por donde se cuela la posibilidad de seguir, de creer en una ternura todavía viable.
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