No sé si este es el mejor disco de 091, como he leído en textos de algunos compañeros de profesión. No me atrevo a tanto. Pero sí que probablemente sea el mejor disco que podemos esperar de los cero en el año 2026. La banda no vive de la nostalgia. Nunca lo hizo. Y "Espejismo nº 9" lo confirma. Seis años después de su anterior entrega (¿demasiados?), los granadinos regresan con un disco que suena firme. Seguro. Con la electricidad bien medida y las palabras en primer plano. Ahí está el maestro Lapido para que así sea.
La producción, a cargo de Raúl Bernal, y que también he visto cuestionada en alguna reseña se me antoja ideal. La adecuada para el momento que vive la banda. Sin pretender reinventar el manual del rock. Porque tampoco lo necesitan. Es un disco maduro. Sólido. De los que nos gusta decir a los escribas que crece con las escuchas. Pero es que es cierto. Grabado entre octubre de 2024 y julio de 2025 en los estudios “El Cobertizo” de Granada, mira de frente al presente sin renegar de su pasado
Se abre con “Algo parecido a un sueño”, un rock elegante con ese sello del grupo, diáfano pero con intensidad contenida, que sugiere que la madurez no ha diluido la energía sino que la ha canalizado. A partir de ahí, las canciones se van desplegando como paisajes íntimos y extrovertidos a partes iguales. “Piezas de desguace” conjuga guitarras acústicas y melodía sedosa, mientras que “Nadie quiere oír tu llanto” recupera una tensión eléctrica más clásica, con riffs afilados y un estribillo que no se olvida fácilmente. Y aquí ya nos hemos dado cuenta que José Antonio García está cantando mejor que nunca. Más contenido. Más maduro. Dejando para el pasado el apodo de “Pitos”.
En temas como “Ven vestida de nube” o “Los cantes de la sinrazón”, la banda explora texturas más suaves, dejando respirar la melodía y las armonías, e incluso acercándose a grooves con cierto aire soul sin perder el carácter propio. Y cuando el camino se vuelve más crudo, como en “Dormir con un ojo abierto”, 091 despliega su capacidad para mezclar lirismo con un nervio blues que parece surgir de un western crepuscular atemporal. El power pop también asoma en “Una revelación”, mientras que “Puede que el tiempo” cierra el álbum con un crescendo instrumental que se expande hacia territorios psicodélicos, swamp y southern rock, dando a la escucha una sensación de viaje completo. Un disco que reafirma lo que siempre los ha hecho indispensables. Esa escritura atenta y poética, una ejecución madura y un pulso que sabe cuándo avivar la intensidad y cuándo dejar que una melodía se pose con suavidad en lo más profundo del alma.
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