Como si esto fuera Londres, el precoz sold-out para este triple cartel no hizo si no triplicar expectativas. Llegué justo para ver cómo The Sea And Cake daban carpetazo final a su sólida fórmula de bossa-pop para teóricos post-roqueros. Sólida, pero demasiado molecular. Se agota en un pis pas aunque deja saborcillo. Con Tortoise la sala ya estaba llena. A los fans de Yo La Tengo les venía bien un tuteo con los archiduques del rock de ¿nueva? factura. La reválida de “Standards” (Warp, 01) está encima del escenario. Los de Chicago muestran los engranajes que casan su avant-rock con resortes jazz de local de ensayo y logran lo improbable: que la electromecánica resulte amena. Al menos hasta más de medio concierto. Minucias si pienso en lo que estaba por caer. Lo de Yo La Tengo fue un viaje alucinante a todas partes. Un ir y venir a todos los rincones del rock sin fallar en un solo movimiento. Empezaron con el cuarto de hora de “Night Falls On Hoboken” y contagiaron tanta pulcritud que cualquier mínimo acople de Kaplan parecía la salvación del género. De sopetón “Deeper Into Movies” y aun busco a Ranaldo y Bob Mould juntos en el escenario. Cada nueva canción revalorizaba la anterior y abría una nueva área en la que deslumbrar. Hasta la absurda coreografía de “You Can´t Have It All” parecía irremplazable. Al final, tanda de versiones (Big Star, Devo, Lou Reed) hasta alcanzar dos horas que condensaron todo lo que se puede ver de bueno en tres festivales de verano. El directo que habría que enterrar en la luna. Yo La Tengo salvan por todos.
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