Francia vive una época dorada en el terreno musical y apunta a no ser ni la primera ni la última. Artistas internacionales como Daft Punk o Phoenix dan buena cuenta de ello, pero la vida no acaba ahí. Testigo claro de esto son festivales como el Big de Biarritz, que, alcanzando su sexta edición, nos presentaba un cartel heterogéneo, consolidado y sin complejos. Tan solo un escenario de grandes dimensiones para acoger a bandas asentadas como Metronomy, a antiguos conocidos como Placebo o artistas francófonos como Kavinsky o el belga Stromae.
Unida a la gran apuesta internacional y francesa, es habitual que el Big Festival cuente entre sus filas con una buena dosis de artistas vascos. Belako y Smile, cantando en inglés, y Willis Drummond, haciéndolo en euskera, dieron testimonio de la proyección fuera de nuestras fronteras de las bandas emergentes del panorama musical vasco.
La hora tardía de inicio de los conciertos obligó al festival, con un extenso cartel, a programar a los artistas en diferentes localizaciones de la ciudad. Aunque no pudimos valorar las propuestas de artistas electrónicos como The Magician o Gessafelstein, la gran oferta del menú se sirvió en el escenario Aguilera.
Allí se pudo disfrutar el sábado de Willis Drummond, la apuesta euskaldun de la jornada, quienes derrocharon dosis de energía rock a través de temas como “Ilegala” o “Menperatzen dut” y demostraron una vez más que el idioma no encuentra barreras cuando se expresa a través de la música.
Le tomaron el testigo Fauve, una de las propuestas más pintorescas de los últimos tiempos. Los franceses, formados como “colectivo de geometría variable”, presentaron un directo que reúne lo mejor de la crítica social de la juventud por medio de letras punzantes, siempre dejando lugar a la tópica esperanza de un futuro mejor. Difícilmente accesible para los no francófonos, pero igualmente recomendable para todo el mundo es su EP “Blizzard” y su último trabajo estrenado “Vieux frères”.
Tras ellos, Maxime Rodolphe Nouch, más conocido como Yodelice, cargaba con la responsabilidad de mantener el clímax alcanzado con los dos entrantes de la jornada. Temas como “Sunday With A Flu”, “Fade away” o el cierre con “Wake Me Up” hicieron las delicias de las incondicionales francesas que acaparaban las primeras filas de una actuación de espíritu folk-pop, nada novedosa, pero atractiva en directo.
A continuación, Joseph Mount y los suyos desembarcaban en la costa vasco-francesa para presentar el derroche de energía y sonido naïf de su estandarte, Metronomy. Si “The English Riviera” les abrió definitivamente las puertas de la mayoría de festivales del mundo, “Love Letters” les ha llevado a la masa. A una masa a la que no se les hizo más concesión que una desmelenada “You Could Easily Have Me” que sonó para cerrar una actuación que rozó el excelente. Y es lógico, porque Metronomy es una fábrica de hits en directo, y no necesariamente de su aplaudidísimo penúltimo álbum. “Love Letters”, “Reservoir”, “Holiday” o “Radio Ladio” se compenetraron a la perfección con otras melodías como “Corinne”, “Everything Goes My Way” o “The Bay”. Con una puesta en escena de diez, no sería temerario afirmar que fue la actuación del festival.
No debe ser fácil recalar en un escenario tras la actuación de los británicos Metronomy, y mucho menos hacerlo tras unos años en los que tus canciones vagan como zombies en el panorama musical en busca del trono sobre el que reinaron tiempo atrás; pero, si a todos estos inconvenientes les acompaña una marca tan reconocida como Placebo (en la foto), la historia en principio debería ser distinta.
Brian Molko, sorprende lo encorvado que está, no es culpable de que los tiempos cambien, ni de que sus fans ya peinen canas, pero con un setlist como el presentado no pudo hacer mucho más de lo que se pudo escuchar. Directo monótono y descafeinado al que poco le ayudó que en la quinta canción ya sonase, por decirlo así, su mayor éxito “Every You Every Me”. Antes ya habían caído “B3”, “For What It’s Worth” y el tema que da título a su último trabajo “Loud Like Love”. Lo cierto es que, aunque lineal, buena parte del público parecía conectar con cada uno de los riffs y fraseos de Molko que por momentos parecía haber trascendido el relevo generacional con sus canciones. A momentos como el de la sonrojante “Too Many Friends” (sí, la de “My computer thinks I’m gay”) se le podrían sumar otros más salvables como los brindados por “Special K”, “Song To Say Goodbye” o, ya en el bis, la versión de Kate Bush “Running Up That Hill”. Gran directo para los más fanáticos, pero no para el público en general del festival.
Y me disculparán The Dedicated Nothing, Irma y Patrice pero me gustaría centrar la atención en el a la postre triunfador del festival. Stromae es un fenómeno singular, alguno incluso lo tachará de hortera, pero el caso es que raramente alguien pueda permanecer inmune al magnetismo de sus actuaciones. Escoltado por un gran equipo de músicos y unas proyecciones que enfatizan en la letra, el belga fue despachando hit tras otro en un directo salvaje, tanto para el respetable como para el propio Stromae. Cualquiera diría que con temas como “Ta Fête”, “Ave Cesaria”, “Papaoutai” o la magnífica interpretación en “Tous les mêmes” pudiéramos estar hablando de un one-hit-wonder. Sí, también sonó el discotequero tema que le convirtió en superventas “Alors On Danse”. El caso es que el público se enfrenta a una actuación camaleónica de un artista de mil caras, que lo mismo te asfixia con sus temas más directos para luego adentrarte en aspectos de concienciación en canciones como “Formidable” y alguna de las ya mencionadas. Bendito agotamiento.
Tras él, el francés Kavinsky tuvo la responsabilidad de continuar con el baile masivo de su predecesor, pero no lo tuvo difícil con éxitos como “Nightcall” o “Protovision”. Algunos afirmaron que solo tuvo que pulsar al play, pero ni ellos ni yo estuvimos encima del escenario para poder juzgarlo.
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