Jiri Krecmer afronta su último día en el sector 8-V de la metalúrgica Vítkovice Machinery Group. Por última vez, tras más de veinte años, aparca el casco en el cubo y se desviste el mono de cuerpo entero -comido de polvo y grasa- tras una dura jornada. Preparado ya para la enésima vez que oye la campana de salida, mientras se pone las zapatillas de calle, hace la cuenta atrás mentalmente, le gusta clavar el tiempo. Y hoy, siendo el último día, hay que hacerlo bien. Empieza a correr el segundero en su cabeza –siempre atrás desde cinco–: 5, 4, 3, 2, 1... Silencio. En vez del "piiiiiiip" estridente habitual, silencio. Al poco tiempo, un poderoso ritmo le percuta las orejas. Es cumbia, aunque él no lo sabe. El sonido viene de detrás de la caldera, justo debajo de las escaleras. Se asoma y ve una cantante joven, con el pelo teñido y poca ropa, acompañada de tres músicos y cientos de personas saltando. Ella es Cata.Pirata y junto a los otros tres suman Skip & Die, aunque Jiri, claro, no lo sabe. Por cierto, los surafricanos están poniendo patas arriba el escenario. Jiri se suma a la fiesta.
Esta escena es ficticia, sí, pero sólo por un desfalco temporal de algo más de quince años.
En 1998, Vítkovice Machinery Group cerraba su planta en Ostrava, dejando inerte una abasta zona: grandes construcciones, vigas, tanques, hierros y óxido, mucho óxido, lucieron fantasmagóricos hasta hace tres años, cuando el festival Colours (el más grande de República Checa) se trasladó de Slezskoostravský Hrad, un castillo a las afueras de la ciudad, a Dolní oblast Vítkovice, dentro de los planes de recuperación de antiguos espacios industriales de la ciudad de Ostrava (la tercera más grande de República Checa y potencia en manejo y producción de materias pesadas hasta finales del siglo XX). Ahora Vítkovice es un espacio de profunda belleza industrial, de memoria colectiva y de gran monumentalidad. A diez minutos del centro de Ostrava (se llega con tranvía), acoge a más de media docena de escenarios, puestos de comida, tiendas, showcases, conferencias y unos 40.000 asistentes.
Dividido en cuatro jornadas, Colours Of Ostrava arrancaría un jueves de un calor altísimo e inesperado –según los locales–. Las altas temperaturas nos acompañarían todos los días y las espaldas y hombros quemados, también –aunque eso ya a partir del segundo–. Y eso que no había demasiado inglés-con-tendencia-a-gamba entre los asistentes, pero sí muchos jóvenes venidos de todos los rincones del país, además de algunos de la vecina Polonia o Eslovaquia. Y es que el festival se ha convertido en trece ediciones en el foco musical de Europa Central y nadie quiere perderse la cita.
El tinglado arrancaría puntual, aunque todavía con muchos claros entre el público. Descorchaba el champán en el escenario principal la banda francesa Les Tambours Du Bronx, una sorprendente cuadra de batucada sucia y contundente que, gracias a los sonidos electrónicos, se acerca con vistosidad a la crudeza de unos Korn muy orgánicos a las percusiones (una docena de músicos aporrean viejos bidones, inservibles al final de cada actuación) o unos Mayumana fabriles y trasnochados. Ritmo para aburrir tiene también el trío Winston McAnuff & Fixi, dónde la principal baza la juegan el acordeón y el beatbox que, por momentos, difumina el reggae puro que se le presupone a la banda. Hubo muchas caderas juguetonas entre el público, pendoleando de lado a lado al son de los jamaicanos. Esto sería en el escenario Agrofert Fresh Stage, el más ecléctico (aunque con principal predominio de world music) e integrado en la antigua fábrica (franqueado por dos inmensos tanques que antes contenían compuestos que no sería capaz ni de escribir). Y efectivamente, el escenario al que hubiese accedido nuestro protagonista Jiri Krecmer tan sólo bajando las escaleras.
Al otro lado del recinto, los franceses Shaka Ponk desplegaban su tinglado de luces, proyecciones –mono bailarín incluido, a ratos notablemente desacompasado– y humo. Horteras como ellos solos en la vestimenta, en lo musical se manejan entre un punk efectista –casi de banda japonesa para adolescentes– y el funk. Fuera como fuese, ajetrearon al público sin oposición. Más consistencia y contenido tiene sin duda la propuesta desnuda de Seasick Steve, un ‘bluesman’ que, ya pasados los setenta, remueve y empuja. Los que también remueven pero no se mueven –perdón por el juego facilón– son MGMT, que tenían la misión de cerrar la primera jornada. Los estadounidenses han ido puliendo el show en los últimos tiempos, respetándose mucho más a ellos mismos, relegando al inicio del concierto sus temas más bailables y coreables –aunque menos representativos de la neopsicodelia que practican– como “Time To Pretend” y dejando espacio a las progresiones y el detalle a las guitarras. Vale, son más estáticos que un conejo apuntado con las largas, pero por fin temas como “The Youth” suenan con el esplendor y la pausa que merecen. Y quién quiera carnaza, a otra cosa.
El viernes vivió la excitante paradoja de ser el día de más electrónica pero también el de mejores voces de bandautoras. La eterna lucha entre lo tecnológico y lo humano se saldaría con unas amables tablas. Antes, Monkey Business que, afortunadamente, nada tienen que ver con el disco de The Black Eyed Peas, pondrían a bailar al respetable con su funk a dos voces. Un revival ambicioso y de cuidada puesta en escena. Y justo después, tal vez el mejor ejemplo de estos meses pasados de cómo la publicidad y sesenta millones de visitas pueden turbar toda una propuesta: Emiliana Torrini, nacida en Islandia pero de descendencia italiana, tiene más que ver con Björk o incluso Nick Drake que con el pop que apunta “Jungle Drums”. Su voz afilada, dulce, se deja envolver por capas y capas de sonido con mucha sutileza. Otra de las voces de la jornada era la de la francesa Isabelle Geffroy, ZAZ. Con los mismos problemas al checo que al castellano –como ya demostró hace unos días en el Cruïlla–, se dio, eso sí, un auténtico baño de masas en el Ceská Sporitelna Stage, el escenario principal. Y es que gracias a su participación hace un par de ediciones en el Colours, la cantante jazz es un ídolo en la Europa Central. Sí, a priori, esto es más misterioso que las piernas de Alf, pero el show fue un auténtico karaoke. Con menos tiempo para desplegar su energía que en Barcelona, en lo musical se centró más en la parte jazzística y folk que en apartados más eléctricos de su set, lo que sin duda la benefició. Ni que sea por exótica, impresionó a la audiencia.
Sería también otra voz femenina, pero de corte muy diferente, la que demostraría porqué los daneses no van en broma en esto del electropop. Mø jugó sus cartas, sonando clara, fina, sin barullo al piano, y aplanó el camino a otro danés que ya lleva tiempo en esto de la noche. Trentemøller demostraría por qué el Colours no debe hacerle ascos a nada, pues su sesión minimal y ambient se colaría en cada uno de los túneles mineros de Ostrava. Después de haber remezclado a lo más destacado del panorama internacional, el multiinstrumentista de Vordingborg nos dio un plácido masaje (aunque con espacio para la turbulencia y los tempos alocados), incluso él parecía saber que lo mejor estaba por llegar al día siguiente.
“El festival pretende acercar lo mejor de fuera al público checo, que hasta ahora había estado demasiado acostumbrado a la radiofórmula”, me comentaba Petra Reznícková, production manager del festival, en un momento distendido entre actuaciones. Tal vez eso explique que debamos esperar a la tercera jornada para ver alguna banda checa en horario decente y en escenario grande. “Aunque si cada vez viene más prensa y asistentes internacionales tendremos que empezar a plantearnos dar espacio a más bandas nacionales”, resolvía cuando le pedía sobre la dificultad de acceder a música autóctona sin necesidad de cocerse al sol a las cuatro de la tarde. Entre risas, se planteaba para futuras ediciones un ‘escenario checo’. Y no estaría nada mal, pues hasta que me planteó la verdadera motivación del festival de ‘culturizar’ a los suyos, andaba yo mosca por lo poco local que había podido ver. Poco, pero valioso. Tanto Never Sol (electropop de atmósferas, parecido a lo demostrado por Mø el día anterior) como Chinaski (ya en domingo, pop rock demasiado cerquita por momentos de Simple Plan por efectista, pero con hordas de seguidores aquí), cumplieron. Petra: las bandas checas no te piden un escenario, ¡te piden exposición! Dejaremos la discusión para próximas ediciones, pues el sábado cosechó los momentos más emocionantes, por varios motivos. Para empezar, otro islandés, éste de tempos templados en vena: Ólafur Arnalds y su “For Now I Am Winter” deleitaron dentro y fuera del recinto Gong Vítkovice Stage. Me explico: El músico, amante de lo mínimo y del silencio, agotó entradas del recinto cerrado y dejó a medio millar de personas mirando la pantalla de fuera donde se retransmitía el bolo. Dentro y fuera sonó a deidad, lo suyo tiene mucho arrojo. Aguantando, aguantando, aguantando la intensidad hasta que tras cuarenta y cinco minutos, ¡plas! ¡Arriba! Y por si no fuera poco el nudo en la garganta, la programación nos obsequió con el segundo ‘punch’ emocional del sábado. John Grant demostró una vez más que se puede cantar a lo tormentoso haciendo mucho ruido –y muy poco–, sin perder un gramo de tensión, enmascarando el sufrimiento en una propuesta expansiva. Sus altas cotas vocales, junto a una banda calzada al milímetro, regalaron una “GMF” como jamás la había escuchado.
Y de los que tienen mucha sangre en la venas, a los que ninguna: Robert Plant And The Sensational Space Shifters fueron como una rueda de prensa de Mariano Rajoy (os ayudo: monótonos, aburridos, desangelados). Tanto fue así que huí –y conmigo sectores del público– para ver la propuesta surrealista del trío de DJ’s A Tribe Called Red, mezcla de folclore y ‘zapatilla’. El ritmo pararía Agrofert cerca de dos horas, eso sí para no volver a detenerse jamás. En ese intervalo de tiempo, Darkside demostrarían maneras y Bastille ineptitud. Los americanos y su “Psychic” –ni pintado le viene el nombre a su música–, a vueltas entre Pink Floyd, Depeche Mode y el tecno minimal, no titubearon, mientras que los británicos confirmaron una vez más la teoría que dice: 1. Desconfía de toda banda que lleve tintado su nombre a la tapa del bombo, que lleve tintado su nombre a la lona; cuyo nombre sea lo más importante. 2. Desconfía de toda banda que utilice el recurso coral “Oh, oh, oh” en el noventa por ciento de las canciones. Suerte que el compañero Jiri Krecmer escuchó a Skip & Die y no a Bastille, sino se sube a la fábrica de nuevo y se tira a la poza de metal.
Y vamos a lo serio, pues lo de Skip & Die –último concierto de la noche– no es normal. La electro-cumbia que despliegan, y a la que sólo se le puede achacar recurrir en ocasiones al pre-grabado, no tiene límites y habla cuantos lenguajes le pongan por delante. Cata.Pirata fue manteada, los checos montaron una rave considerable y acabaron pidiendo a grito pelado durante quince minutos otro bis del “Riots In The Jungle”. No sería la última vez que la veríamos sobre el escenario durante el fin de semana.
Si hubo un ‘stage’ que brilló con fuerza y exhibió el poder de la world music, como decíamos, ése fue el Agrofert. Y si el sábado la cumbia ponía el punto y final, el domingo el chamamé abría la veda. La Yegros nos tenía reservada una grata sorpresa –en suma a su cumbia villera–. Nada más y nada menos que la primera colaboración con… Sí, amigos, ¡Cata.Pirata! Juntas se cantaron “La cumbia dictadura”, mucho más orgánica que el día anterior. Junto a Bomba Estéreo y Systema Solar, la vanguardia del folclore latino ante nosotros. Y si había alguna banda en el mundo que pudiese canalizar toda esa energía explosiva en algo puramente emocional, esos eran The National. Y es que los americanos se han cocinado toda una reputación en esto del a-flor-de-piel, desde la elegancia y la contención. Muestras de maestría a las guitarras (“Graceless”), canto desgarrado e inconsolable (“Abel”, adaptada a la perfección al repertorio de gira de “Trouble Will Find Me”)… A su vez, Matt Berninger protagonizó uno de los momentos más emocionantes del festival. Tras más de una hora cantando ensimismado, introspectivo, con sus respectivos tragos de vino, golpes con el micro a la cabeza –siempre gacha y gafas de sol oscuras–, el barítono se sumergió entre la audiencia en una de sus habituales excursiones. La más larga que el plumilla recuerde, en directo o vía videos de Youtube. Berninger recibió del público todo lo que él había entregado antes.
El festival tocaba a su fin, aunque antes los suecos Goat nos demostrarían, a nosotros y a John Newman, qué es esto de creerse una propuesta. Su mezcla entre afrobeat y acid rock, ejecutada con furia y una puesta en escena raruna como pocas, nos endulzó una noche que Newman iba a rematar con mucha profesionalidad, pero poca sangre. El británico, sonando potente con la –millonaria seguro– inversión que calza en equipo, demostró haber visto videos de Michael Jackson bailando, haber escuchado a James Brown… Y poco más. Todos los inicios de canción parecieron ser “Love Me Again” y sus comentarios fueron fríos y básicos como las ceras Plastidecor.
En fin, un final que, como en las buenas series, poco importa si el recorrido ha sido tan satisfactorio. Si un festival debe ser una experiencia, el checo lo es de todas, todas. El Colours Of Ostrava ha sido y es ejemplo de reutilización de los espacios y Vítkovice ha pasado de fábrica de metales pesados a boyante fábrica de sonidos pesados. Dónde quiera que estés, Jiri, qué festivalón tenéis.
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