Esta es la pesadilla del cronista perezoso o del crítico del pastiche. Tiro Bajo dieron su único concierto, eliminando así la posibilidad de pescar referencias con las que comenzar a escribir sobre lo ocurrido, allende los nombres propios de sus integrantes. A saber: Cabezafuego (ídem, Atom Rhumba, Mermaid…), Rober! (Atom Rhumba), Javi Manterola Lisabö), Karlos Osinaga (Lisabö) y Mikel Abrego (Inoren Ero Ni, Anari, BAP!...) celebraron un evento, y como tal, su valor se ubica en lo efímero del mismo, en la remisión al aquí y al ahora. Como dice Simon Reynolds en Retromanía acerca del performance, “su poder reside en que no puede ser reproducido, ni coleccionado ni entrar en el mercado del arte, y cualquier documentación incidental que produzca no sustituye el hecho de haberlo visto en vivo”. Es el dominio de la experiencia sobre otras cosas. Lo que supone ver en vivo a Faust, Throbbing Gristle, Swans o Einstürzende Neubauten. O a los propios Lisabö. De ahí la paradoja de estas líneas como narradoras del acontecimiento.
Ni en un directo de rock y menos en el performance, lo que presencia el espectador nunca alcanzará lo que puedan contar terceros. Simplemente pongámoslo en contexto: cuatro teclados en semicírculo pasados por el amplificador, la batería en el centro y una concatenación de imágenes lisérgicas en segundo plano ayudando a completar el concepto. O la criatura, como ellos mismos lo llaman, cuyo control reside en ella sobre la banda. Lo que en una libre interpretación de su discurso supone la fuerza de la improvisación sobre la estandarización. No se llegaron a alcanzar los niveles marcianos figurados, y todo transcurrió dentro de una relativa calma, tanto en los crescendos como en los quiebros al ritmo. Menos de una hora más tarde, se marcharon y se evaporó la vigencia del instante.

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