Tanned Tin 2008
ConciertosTanned Tin Festival

Tanned Tin 2008

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12-11-2008
Fotografía — Archivo

Si por algo va a ser recordado este décimo aniversario del Tanned Tin será, sin duda, por el talante de esa gran fiera llamada Thalia Zedek y por Come, por extensión. Por Zedek pero también, como no, por los majísimos Deer Tick y su glorioso y coral instante que consiguieron entonando “La Bamba”; con todo un auditorio enfervorecido gozándolo. Momento del todo necesario en un festival en que tanto intimismo (no lean Zu) te acaba en ocasiones incluso abstrayendo y dónde la butaca se te va quedando pegada al culo. Empecemos por el titular: Zedek, la gran mujer que tuvo los dos grandes momentos del festival, ahora merece aún más nuestra admiración. Cada vez que uno la ve encima de un escenario va sumando más motivos, porque su fuerza y dureza se impone como un monstruo salido de las cavernas. Tensión y visceralidad de las que se sabe servir y con las que acaba dominando completamente la escena. También en lo que fue la exhumación de Come, el momento más esperado. Con el grosor de su set list dedicado a “Liars And Prayers”, su rock sonó algo más sereno, más aireado, gracias a los matices folk que le da el violín. Con su compañero de toda la vida, Chris Brokaw, desenterrando las tortuosidades de nuestra adolescencia, se enfundó en una piel aún más gris, de tacto más rugoso y áspero, en el que para los anales es ya el histórico y único rencuentro de Come de poco más de una hora. Su blues rocoso y doloroso, de guitarras afiladas, volvió a abrir herida, tanto o más que en los años en que estuvieron vivos. Sonaron como si nunca hubiesen dejado de hacerlo. Como si nunca se hubiesen bajado del escenario. Furiosos y abrumadores, dejándonos sin aliento a todos los presentes. Con ellos, los rostros cambiaron; el Teatro Principal de Castellón ya no volvió a ser el mismo. Y lo que aún es más de agradecer: se subieron al escenario, dejaron atónito al personal con tan solo un ejercicio de sencillez y humildad y se volvieron a bajar sin más pretensiones. Cuando Chris iba a descolgarse la guitarra, Thalia le echó el ojo, embistió con su guitarra y le hizo permanecer, obsequiándonos con una última canción. Así lo bordaron, siendo los únicos que dieron bis. La imbatible Zedek se impuso, pero (como decíamos) hubo más que no estuvo nada, pero nada, mal. El rock’n’roll de corte clásico de Deer Tick convirtió el teatro en todo un jolgorio. En toda una fiesta que pareció un fin de curso de instituto yanqui al que sólo le faltaron faldas acampanadas, más cancaneo y baile a toda pista. Un momento para el recuerdo: el fervor de los presentes cuando interpretaron el himno que en sus años popularizó Ritchie Valens. Antonio Luque, es decir Sr. Chinarro, nunca ha cantado mejor. Desgranó lo bueno y mejor de sus discos para Acuarela (cayeron “Quiromántico” y “Cero en gimnasia”) y acabó con su repertorio actual, él sólo, impresionante. El mejor concierto que le he visto. Barzin, una de las nóminas de Toronto de esta edición, también encandiló con su nitidez y dulzura. Sam Amidon, Doveman o P.G.Six también tuvieron lo suyo, pero algunas cosas cargaron. Del primero, sus payasadas (aunque lejos del gran triunfador David Thomas Broughton). Del segundo, excesos de tonos pastel. Del tercero, poca variedad en la paleta pero con un final épico-místico sólo con una caja de música a cuerda. Pero el Casino Antiguo (otro singular e inmejorable espacio para este certamen) dejó también algunas joyas: Benjamin Wetherill intrigó con su frío y misterioso folk tan cerca de la imaginería James Bond como del Scott Walter más barroco. Uno de los aciertos de esta edición fueron los conciertos en pequeño formato en el segundo piso, entre Sr. Chinarro y Doveman se juntaron Tara Jane O’Neil y Ora Corgan para tocar juntas unas cuantas canciones favoritas: empezando por “Only Love Can Break Your Heart” y acabando por “Do You Believe In Love” de Cher. Los que no pudimos levantarnos para ver a Ora Corgan nos alegramos sobremanera: ¡Qué voz! Ayudaron a crear un ambiente especial los espontáneos cascabeles y panderetas repartidas entre el público. Aunque tampoco faltaron los manojos de llaves. Pero esto ya fue cosa de la inglesa Mary Hampton, que animó a la audiencia a acompañar su “Because You’re Young”. Pero volvamos al jueves. Con Beach House pasa lo que con muchos grupos de nueva hornada: el disco apunta, pero no acaba de rematar. Nada que ver con un directo mucho más cálido de lo que esperabamos. Victoria Legrand apunta a heroína. Si decide vestirse como una persona, claro. A los que no sabíamos que esperar de un directo de Cass McCombs, el norteamericano nos dejó con la boca más que abierta: repasó temas de sus tres discos (“lionkiller” fue maravillosa) con nervio y personalidad. Mención a parte al grupo, un bajista y bateria superdotado capaces de aguantar todos los cambios melódicos de cada canción con un mismo ritmo y cuatro coros bien puestos.Como nos pasó con Hefner o Herman Dune, a The Wave Pictures les quisimos desde el primer segundo en que les vimos sobre el escenario. Bromean entre ellos, se aguantan las risas y tocan canciones de la vida. Además, David Tattersall se convierte en el guitar hero del indie definido: complicado, limpio y sin pretensiones. Suyo fue otro de los momentos del festival, el batería Johnny Helm cantando aquello de “Johnny Cash died today…”. Grandes. A esas alturas de noche, el concierto de Retribution Gospel Choir nos pilló con el pie cambiado, pero Alan Sparhawk supo reconducirnos con uno de los conciertos de rock más impresionantes que servidor recuerda. Eléctrico, intenso, y con el líder de Low sacando todo el nervio que contiene en el grupo madre. Parecía otra persona. Y daba miedo. Todo lo que el material en estudio de Mahjongg tiene de marcianaza, en directo es un auténtico torbellino de ritmos a la vez invitando al desenfreno. Hubo momentos en que todo el grupo estaba haciendo percusiones en una especie de batucada discotequera y canalla que acabó con parte del público bailando en el escenario. No nos olvidemos tampoco de que La Orquesta del Caballo Ganador estuvo presente en el festival por partida doble. Por un lado el miércoles en el escenario del Teatro Principal, y por otro el viernes en el Bar Terra. En este segundo concierto hicieron aullar a todo el que se acercó e incluso se atrevieron con una versión sui generis de Painkiller. Tener a todo un teatro levantado bailando a la tercera canción no es moco de pavo, pero a Dalek no les costó el más mínimo esfuerzo. Llevaron a las primeras filas a un publico que no suele lanzarse a base de música oscura y hip hop. Dice mucho a favor de un festival que el concierto más alejado a su estilo sea el que haga levantar al público: programadores abiertos y público receptivo nunca combinaron mejor. Neptune no aportaron demasiado respecto a su ultima actuación en España hará unos tres años. Mola verlos sus instrumentos, hechos con chatarra, pero fuera del sonido y esa curiosidad, la verdad es que sus canciones pecan de lineales. Mejor en las distancias cortas. Phil Elvrum (Mount Eerie) no lo tenía fácil después de Come. Pero su proyecto es tan personal, que enseguida hace un paréntesis con todo lo venga antes y después. Aunque esta vez vino sin Julie Doiron, se centró en su disco compartido con ésta, “Lost Wisdom”, pero a diferencia de su concierto en el Primavera Sound, se acordó de su anterior alter ego, The Microphones, y hasta tocó “Moon Moon”. Veinte minutos después del concierto ya no le quedaba ni un solo disco. También The New Year lo dijeron a la mitad del concierto: no es fácil tocar después de Come. A fe que no. De hecho al lado de éstos a New Year les faltaba algo: explotar. Aunque precisamente eso fue lo que llevó al éxtasis a la mayoría de fans que llenaba el teatro. Ellos salieron encantados, el resto… el resto sólo pensámos en qué hacer después.

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