La nueva edición del festival Sinsal San Simón tuvo lugar finalmente el último fin de semana de agosto, tras la forzosa reubicación de la fecha original motivada por el accidente ferroviario acontecido semanas antes en Santiago de Compostela. Un festival pensado y ejecutado a la inversa, que se apropia con respeto del misterio y evocación latente en la bellísima isla de San Simón para ocultar su cartel al público hasta el mismo inicio de un evento que, siempre en horario diurno, repite protagonistas dos días consecutivos.
La cita fue inaugurada a mediodía por la inclasificable propuesta del vallisoletano Germán Díaz que, amparado en instrumentos tan poco habituales como la zanfona o la caja de música, mostró una propuesta bucólica, preciosista y apropiada como inicial toma de contacto con el singular emplazamiento. También interesante aunque más denso resultó el concierto ofrecido por Caxade, trío gallego liderado por el acordeonista Alonso Caxade, desarrollado a partir de música de raíces y folk de la tierra, con aspecto reivindicativo y cierta épica interpretativa capaz de recordar puntualmente a Beirut o Maga.
El británico Nick Talbot al frente de su imprescindible proyecto como Gravenhurst recogió el testigo para tirar de calidad compositiva. El músico viajó acompañado por una percusionista reclutada también para apoyar el apartado vocal con delicadeza y, a pesar de ciertos problemas con la guitarra, cumplió expectativas gracias a la descomunal emoción desprendida por unas canciones enormes. Su compatriota Denis Jones inauguró el escenario San Simón Estrella Galicia a las cuatro de la tarde, cuando buena parte del público aún terminaba de almorzar y el calor empezaba a apretar. El artista ejecutó su compleja propuesta con material prestado, en una circunstancia que, tal y como él mismo reconoció, influyó en la precisión de una ejecución que en cualquier caso mantuvo toda la intensidad y magia inherente a su obra: folk atípico, tintes de krautrock o blues en plena reacción al contacto con electrónica inquieta y elegante. Por su parte, la dupla formada por Sole Parody y Frank Santiuste en Le Parody ofreció una actuación vistosa y entretenida que gustó gracias al nervio de las canciones incluidas en el debut “Cásala” (Autoeditado, 12). Una colección de pop inquieto adornado frecuentemente con pespuntes punks y ramalazos exóticos que convenció a la mayoría.
Los franceses Baden Baden fueron una de las sorpresas más agradables de la velada, sobre todo para un público que ya ansiaba desentumecer definitivamente los músculos. El quinteto parisino presumió de sólida interpretación, pero también de un conjunto de composiciones dotado con melodía, belleza y eficacia, teniendo como referente evidente a los adorables Travis.
De efímera vuelta al escenario San Antón New Balance descubrimos al trío de Liverpool Stealing Sheep, formación que continúa con la siempre encantadora tradición de los grupos de chicas. Batería, teclista y guitarrista presentaron una serie de canciones incluidas en su segundo disco “Into The Diamond Sun” (Heavenly, 12), casi siempre a tres voces y con un hipnótico misticismo iniciado en el folk. Un interesante descubrimiento de agradables consecuencias, a pesar de cierta limitación en su recorrido estilístico.
Los gallegos Triángulo de Amor Bizarro fueron los encargados de cerrar el festival, con un concierto marca de la casa en el que el de por sí generoso volumen no resultó tan innecesariamente excesivo como en otras ocasiones. El cuarteto completó así una actuación intensa e incontestable en la que mezclaron con naturalidad temas de su reciente álbum “Victoria Mística” (Mushroom Pillow, 13) con clásicos del repertorio como “De la monarquía a la criptocracia” o “El himno de la bala”. Ruidoso fin de fiesta para un festival llamativamente diferente y enriquecedor, retroalimentado y engrandecido en esencia por su propia singularidad, fiabilidad y buen gusto.
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