Hay festivales que empiezan cuando suena el primer acorde. El Sierra Sonora no. El Sierra Sonora empieza mucho antes: cuando compras el abono sin conocer siquiera el cartel completo. Y lo haces igualmente. Porque sabes que eso, en el fondo, es lo de menos.
Quien haya pasado por alguna de sus ediciones entiende de qué hablo. El festival tiene algo difícil de explicar, una especie de magnetismo que va más allá de la música. Algo empieza a ocurrir cuando te acercas por las carreteras sinuosas de la sierra. El paisaje se abre, majestuoso, y la montaña empieza a rodearte poco a poco. Para cuando entras en Viniegra de Abajo ya estás dentro del trance. El trance de la sierra.
La edición de invierno es, seguramente, la más especial de todas. Durante estos meses apenas viven de forma permanente unas cuarenta personas en el pueblo y el frío no da tregua. La vida discurre a otro ritmo. En ese contexto, el festival se convierte también en una pequeña declaración de principios: una forma de recordar que estos lugares siguen vivos incluso cuando la nieve aprieta y el termómetro apenas se mueve. Y este año el invierno se presentó sin medias tintas. Dos grados de máxima, lluvia persistente y hasta una ligera nevada durante el fin de semana. Una auténtica full experience de montaña.
La organización, lejos de refugiarse en lo convencional, apostó además por un formato distinto: conciertos repartidos desde la hora del vermú hasta la noche. Una fórmula que permitió a muchos acercarse a pasar el día y regresar después en el autobús que habilita el festival. Chapó.

La música arrancó a las 13:00 con los logroñeses Tobogán, encargados de encender la mecha del día. Lo suyo fue una descarga sin rodeos: rock crudo, stoner y fuzz a mansalva para ir calentando la carpa mientras fuera el frío seguía haciendo de las suyas. Un directo compacto y sudoroso, con la banda funcionando como una máquina bien engrasada. Mención especial para Valpu, preciso a la batería como un metrónomo desbocado, arropado además por su gente llegada desde Ventrosa, uno de los pueblos vecinos de las Siete Villas.
Las referencias de Tobogán se intuyen sin demasiada dificultad: ecos del rock escandinavo, músculo heredado de bandas vascas como Kuraia o Berri Txarrak y ese poso punk, un punto macarra, que atraviesa las letras de Dani. Después llegó la pausa inevitable. Parada en boxes con caldereta popular de patatas con chorizo —o purrusalda para quien prefería opción vegana— mientras el pueblo recuperaba calor humano entre conversaciones, vasos de vino y el humo que salía de las ollas.
La tarde retomó el pulso a las 18:00 con el rugido de los amplis (en plural, sí) de Koldo y los tambores de Úrsula marcando el inicio del asalto sonoro de Niña Coyote eta Chico Tornado. El dúo donostiarra ofreció exactamente lo que prometía su reputación: un directo brutal, sin fisuras, directo a la yugular. Un torbellino de distorsión y ritmo que golpea el estómago mientras en el escenario ambos se mueven con la naturalidad de quien lleva años construyendo un lenguaje propio.
Úrsula aporreaba el bombo con tal fuerza que éste parecía tener voluntad propia, avanzando poco a poco hacia el público hasta obligarla a recolocarlo entre canción y canción. Ni siquiera algunos problemas puntuales con el pedal consiguieron borrar su sonrisa durante todo el concierto. El final llegó con su ya habitual pose al filo del escenario, ovacionados por una carpa entregada, y con un “eskerrik asko” que se perdió entre los montes de Errioxa.

Y entonces llegó Biznaga. Con puntualidad casi británica comenzó a sonar una grabación que hablaba del presente. Del ahora. De la urgencia de vivirlo. Entre luces tenues y frases de sus propias canciones pintadas en su ropa, la banda apareció en escena. Lo de Biznaga con su público es otra cosa. Más que un concierto, lo que sucede es una especie de comunión colectiva. Sus canciones —afiladas, reflexivas, cargadas de crítica social y existencial— funcionan como pequeñas descargas eléctricas que atraviesan a toda una generación.
El grupo repasó con intensidad su último trabajo, "Ahora", uno de esos discos que parecen escritos para ser gritados en directo. Pero también hubo espacio para mirar atrás. Cuando sonó “Divino Fracaso” (2014), los propios músicos recordaron su paso por la casa okupa ‘Villatruño’ y a sus amigos de Los Conejos, banda logroñesa en la que Dani, cantante de Tobogán, también toca el bajo, hace ya más de una década. Algunos de los presentes estaban allí entonces. En aquella época de gaztetxes, casas okupas y conciertos donde todo parecía todavía más precario, pero también más urgente.
La noche la cerró Cristina Sandalia con una sesión de synth-punk en vinilo. Y sí: ver a alguien pinchando discos sigue teniendo algo hipnótico. El gesto de buscar el siguiente tema, el chasquido de la aguja sobre el surco, ese leve crepitar que acompaña a la música. Dos horas de exploración sonora para oídos curiosos y espíritus abiertos, lejos de cualquier tentación mainstream.
El Sierra Sonora Invierno apostó este año sin complejos por el rock y el punk. Y el resultado fue claro: carpa llena, público entregado y esa sensación difícil de describir que deja la música cuando sucede en el lugar adecuado. Porque en Viniegra de Abajo, cuando cae la noche y la sierra vuelve a quedarse en silencio, siempre queda la impresión de que algo más ha ocurrido. Y que, de alguna manera, todos hemos formado parte de ello. Nos vemos en primavera, serranas y serranos.
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