La Plaza Alta y el entorno de la Alcazaba resumen buena parte de la transformación vivida por el casco antiguo de Badajoz. Recuperar un espacio histórico, devolverle la vida y proyectarlo hacia el presente sin borrar las huellas de su identidad. Algo parecido ha conseguido Sanguijuelas del Guadiana con la música popular extremeña. La banda ha renovado sus sonidos y códigos sin desprenderlos de la tierra de la que proceden, convirtiendo la tradición en una materia viva capaz de conectar con públicos de distintas generaciones.
Los días 24 y 25 de julio, esa relación entre memoria y presente encontró su escenario natural en la Alcazaba de Badajoz. Sanguijuelas del Guadiana reunió a 16.000 asistentes en dos noches que transformaron el recinto histórico en una celebración multitudinaria de la identidad extremeña. Jóvenes, familias enteras, veteranos del rock, público indie, aficionados al folk y curiosos compartieron dos jornadas en las que las diferencias desaparecieron para cantar al unísono. La producción acompañó la convocatoria con un montaje de gran formato en sonido e iluminación, manteniendo la cercanía y autenticidad de la banda.
En apenas dos años, la banda ha pasado de presentarse como proyecto emergente en la MUM —Jornadas Profesionales de la Música de Extremadura— a convertirse en uno de los fenómenos musicales más importantes surgidos en la región durante la última década. Han logrado algo al alcance de muy pocos artistas. Hacer que ser de pueblo, ser extremeño o extremeña, vuelva a vivirse como un motivo de orgullo. Su lema, Verbena en vena, ha dejado de ser un simple eslogan para convertirse en una auténtica forma de entender la música popular. Pero Sanguijuelas del Guadiana representa mucho más que su éxito de convocatoria. Representa el esfuerzo, la ilusión y la capacidad de transformar las dificultades en esperanza. Demuestra que desde un municipio de apenas un millar de habitantes pueden surgir canciones capaces de emocionar a miles de personas y conectar generaciones muy diferentes bajo un mismo sentimiento.
La primera jornada arrancó con la actuación de La Kaita y Juan Vargas, dos referentes del flamenco extremeño cuya presencia tendió un puente entre la tradición y la nueva escena musical antes de la aparición de Sanguijuelas del Guadiana. Desde el primer acorde quedó claro que aquello no iba a ser un concierto convencional. La banda construyó un repertorio en el que emoción y celebración caminaron siempre de la mano. “100 amapolas” convirtió la Alcazaba en un inmenso coro colectivo. “Me da igual” hizo saltar a un público entregado y “Llevadme a mi Extremadura” provocó uno de los momentos más emocionantes de la noche, convertida ya en uno de los grandes himnos de sus seguidores.La conexión entre escenario y público fue absoluta. Cada canción encontraba respuesta inmediata entre miles de gargantas que parecían conocer cada palabra. El concierto confirmó que Sanguijuelas ya trasciende lo estrictamente musical para convertirse en una celebración compartida de las raíces extremeñas.La noche se completó con las actuaciones de tres de las bandas más representativas de la nueva escena alternativa extremeña: Malasangre, KMKR y Estanco 72. Una acertada apuesta por reunir en un mismo cartel a diferentes generaciones de músicos que están impulsando el excelente momento creativo que vive la región.
Si el viernes fue una celebración, el sábado supuso la consagración de un fenómeno que ya trasciende Extremadura. Aquella fue la primera fecha anunciada y agotó todas las entradas en apenas unas horas, generando una expectación pocas veces vista en la ciudad. La jornada comenzó Bolsa de Moscas, un proyecto que bien hace entender a esa nueva generación de artistas extremeños contempopráneos pero que ya convierten sus canciones en relatos cercanos a su tierra.
Ya con los protagonistas de nuevo en el escenario a medida que avanzaba el concierto, el repertorio fue creciendo en emoción. “La Brecha” sonó poderosa, con ese carácter de verbena popular filtrado por la energía del rock urbano. “Jaribe” volvió a demostrar por qué se ha convertido en una de las canciones más coreadas de la banda, gracias a un estribillo contagioso y unas guitarras que conectan de inmediato con el público. La intensidad siguió aumentando con “Yesca”, que terminó de prender emocionalmente la Alcazaba y preparó el camino para el gran momento de la noche. “Revolá”, interpretada junto a Celia Romero. Lo que ocurrió entonces resulta difícil de describir con palabras. Miles de personas, de edades, procedencias y gustos musicales muy distintos, cantaron al unísono como si aquella canción hubiera formado parte de sus vidas desde siempre. Fue el instante en el que el concierto dejó de pertenecer únicamente a la banda para convertirse en una suerte de patrimonio emocional colectivo. Otro de los momentos inolvidables llegó con la aparición de La Kaita, que regresó al escenario para interpretar una poderosa versión rock de “Soy de Badajoz”. Una colaboración tan inesperada como emocionante que desató una de las mayores ovaciones del fin de semana y simbolizó el abrazo entre la tradición y la nueva música popular extremeña.La despedida llegó con el estribillo que dio sentido a estas dos noches. “Juro que volveré”. No sonó como una simple frase de despedida, sino como una promesa compartida entre la banda y un público que ya siente estas canciones como parte de su propia historia.
Cuando las luces se apagaron, la sensación era unánime. Lo vivido durante el fin de semana iba mucho más allá de un éxito de convocatoria. Fue la constatación de que Extremadura atraviesa uno de los momentos más fértiles de su escena musical reciente y de que Sanguijuelas del Guadiana ha conseguido algo reservado a muy pocos artistas. Convertir un concierto en una experiencia compartida, un repertorio en una colección de himnos populares y una banda en uno de los símbolos musicales de una nueva generación. Ave, Sanguijuelas del Guadiana.

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