La última jornada en el Parc del Fòrum iba a tener en NIN a los grandes protagonistas del día, hasta el punto de convertirse en el mejor de los conciertos que he podido presenciar este Primavera con diferencia. Un sonido aplastante que borraría de un plumazo a todos los que habían desfilado anteriormente por ese mismo escenario, Arcade Fire incluidos. Canciones como “Piggy”, “Gave Up”, “Closer”, “The Day The World Went Away” o la tremenda “Head Like A Hole”, para cerrar con la inevitable “Hurt”, provocaron una de esas experiencias que saturan todos los sentidos y que será recordada durante años por reunir todos los ingredientes de lo que tiene que ser un concierto festivalero: Grandes luces, puesta en escena rockera, sonido inapelable y correcta selección de canciones que bascularían entre el baile post-industrial y los trallazos más guitarreros de un Robin Finck inconmensurable.
Pero rebobinemos un poco y vayamos al principio de la típica jornada en la que las piernas ya empiezan a flaquear. Un sábado que daba su pistoletazo de salida con uno de esos conciertos epidérmicos y emocionantes a más no poder en el Auditori, donde Silvia Pérez Cruz acompañada por Raül “Refree” Fernández provocarían, con la mágica interpretación de las canciones de “Granada”, que a más de uno se le escapara una lagrimita de la emoción. Si el espíritu de Jeff Buckley se hubiera transmutado en alguien, habría elegido de entre todas la voz de esta mujer para hacerlo. Por su parte, y ya en los escenarios más grandes, Jonathan Wilson sacaría a relucir su lado más hippy con Dawes como banda de acompañamiento. Igual la hora de inicio tan temprana no jugó a favor de esa vertiente más jam de su soft-rock elegante y delicado con la que decidió regalarnos, pero cabe reconocer que su guitarra sonó nítida y cristalina a la hora de encarar solos como los de “Desert Raven”.
Justo después del estadounidense vino una de las primeras decepciones de esta jornada. A unos ajados Television les tocaba reverdecer laureles echando mano de su disco más emblematico, “Marquee Moon”, pero ni la voz de Tom Verlaine, ni el sonido de la banda, provocó ese estallido de nostalgia que el disco sin duda merece. Todo lo contrario que lo ofertado por otro veterano curtido en cien mil battalas, estilos y saraos. Caetano Veloso, (en la foto) muy bien arropado por la bandaCê, se lanzo con la sabiduria propia de la experiencia y ese encanto arrebatador que despliega encima del escenario, a interpretar canciones de su álbum “Abraçaço” como la sinuosa “Um Abraçaço” o la simpática “Homen” con sus orgasmos multiples. Un excelente concierto, algo ensombrecido por la eterna charlatanería tan propia de los festivales, que se hace más evidente cuanto más reposada y dulce es la propuesta que viene desde el escenario.
Los que también estaban obligados a dejar huella y no lo hicieron son Volcano Choir, y se lo perdono por una sencilla razón: son una banda de propuesta minoritaria que tiene raro encaje en un festival. Me consta que su actuación-ensayo, hace unos días en la sala Apolo de Barcelona, colmó las expectativas de los presentes, pero en un ecenario grande, su etérea concepción indie-folk raruno, ensoñador y brumoso se lo llevó la suave brisa marina del mediterráneo. La misma brisa que me acompañó a realizar ese primer periplo festivalero de la jornada que consiste en dar la vuelta al ruedo ya hacerte una idea aproximada de qué se está cociendo en cada uno de los escenarios. De esa guisa me dio la impresión de que Godspeed You! Black Emperor difícilmente iban a superar el recuerdo que tenía de su actuación en el Apolo hace una década, y que la intensidad esquizoide de su post-rock sinfónico se iba a quedar en un delicado paseo por el parque. Si quería ruido e intensidad, más que belleza, solo tenía que bajar las interminables escaleras bajo la placa, y dejarme empapar por los intensos riffs de The Dismemberment Plan, aunque solo asistiera al final de una actuación previa al inicio del intenso hardcore punk melódico de Cloud Nothings. Los de Ohio merecían mejor sonido que el proporcionado por un escenario que todos los años sufre las inclemencias del viento al ser el más expuesto de los que conforman el festival. Tras ellos la propuesta de Blood Orange, aunque avalada por un increíble currículum, me dejó mascullando para mí mismo que su sonido me resultaba demasiado estandard. Bien ejecutado, su funk-pop discotequero no captó la atención de mis caderas. Otra vez será. Lo siento. Quizás eran las prisas por llegar al que se intuía como el concierto del Primavera. No voy a repetirme, porque ya he dicho cuanto tenía que decir al respecto, pero que le pongan ya mismo Trent Reznor como nombre, a uno de esos largos y divertidos accesos de baldosas imposibles que los guiris se dedican a escalar con tanto riesgo.
Tras la exhición de NIN, poco o nada podían hacer Foals para superarlo. Defender sus canciones de forma vountariosa y mirar de resetear la mente de los presentes. Lo primero lo hicieron, lo segundo lo intentaron sin éxito Sonaron hits inapelables como “Total Live Forever”, “My Number”, “Spanish Sahara” o la metalera “Inhaler” tocada con más rabia si cabe, pero el set se desvaneció en un suspiro, y no dejó la huella que hubieran podido dejar sino les hubiera tocado bailar con la más fea.
Don Disturbios
Los quince primeros minutos de la actuaciones de Perro fueron suficientes para confirmar todo lo bueno que hayamos dicho de ellos a lo largo de los últimos meses. Crispados y chillones, se metieron al público que se pasó por el Sony Club sin demasiados esfuerzos, bastante más que Dum Dum Girls y casi con tanta facilidad como Boogarins. Dee Dee Penny y sus cuatro acompañantes parecían preocuparse más por posar en el lugar exacto y en el ángulo exacto más que dejarse llevar por un sonido de guitarras que está mutando cada día más hacia terrenos que dan pereza, la verdad. En cambio, Boogarins tuvieron su gracia. Fernando Almeida y Benke Ferraz recuperaron lo mejor de la tradición psicodélica brasileña, nos recordaron qué era lo que nos gustaba del tropicalismo y de las formaciones que le dieron vida. Por eso me resultó tan decepcionante pasearme minutos más tarde pasearme por la actuación de Caetano Veloso y descubrir cuál es su momento actual. Ni su simpatía, ni su cercanía consiguieron que me olvidase de lo que estaba escuchando, así que me acerqué hasta Hospitality. Encadené un nuevo error, así que el buen sabor de boca de Superchunk se me mantuvo durante un par de horas. Da lo mismo el estado de forma en el que estén, siempre hay algo en sus actuaciones que me cautiva. Pasarán los años y verles me provocará la misma sensación de que tienen algo que le levanta a uno el ánimo. No fue su mejor concierto, pero si fue el peor, que alguien llame a un notario para ponerlo por escrito.
Existe una maldición que convierte buena parte de los conciertos de rap en una suerte de medleys imposibles de canciones restando pegada, emoción e interés al repertorio, por suerte en esta ocasión no fue lo que ocurrió con los dos artistas de la jornada. Por un lado, Earl Sweatshirt nos hizo pasar un buen rato, aunque despegase casi en el momento en el que apostaba por irme a otro show. Mucho menos oscuro y más vibrante que en disco, el miembro de Odd Future planteó su set a la manera de una banda de soul, dejando a su Dj protagonizar una sesión de unos diez minutos, para tomar el escenario a continuación. Desgraciadamente, aquella misma noche íbamos a tener la oportunidad de ver lo que Kendrick Lamar podía ofrecer en una de sus actuaciones, y fue mucho. Los casi siete años que le saca a Sweatshirt le habrán servido para ganar experiencia y sobre todo para llevar su rap con banda a otro nivel. Su actuación fue una demostración de clase y la constatación de que tiene madera de estrella.
De Volcano Choir, Foals y Nine Inch Nails les habla mi compañero unas líneas más arriba y podría estar de acuerdo. Aunque permítanme unos pequeños apuntes. De Volcano Choir me gustó la ejecución, perfecta, sensible y al mismo tiempo milimétrica, con un Justin Vernon que no deja quieto el autotune (o el vocoder) en casi ningún momento. Pese a lo impecable de su actuación, les falló una cosa, que emocionasen con unas canciones que funcionan más escuchadas en estudio que con seis o siete músicos sobre el escenario.
Poco que añadir al respecto de la actuación de los Nine Inch Nails de 2014, ahora cuarteto. Sonaron rotundos, callaron las bocas del público más pop, sorprendieron con una cuidadísima escenografía y solamente despistaron un poco cuando, ocasionalmente, las guitarras sonaron embarulladas. Los quince primeros minutos (los más electrónicos) se sitúan desde ya como uno de los momentos destacados del Primavera Sound 2014. Lástima que eso supusiera perderme la enésima actuación de mis siempre adorados Mogwai. A continuación, Foals se defendieron muy bien con su pop bailable y más épico que nunca, pero ya poco quedaba por ver en el amplísimo campo que se extiende entre los escenarios Heineken y Sony.
Lo mejor fue despedirse combinando parte de la actuación de Chromeo (que se dieron un baño de masas) sonando de la hostia y tan divertidos como esperábamos, con unos Black Lips que se han hecho mayores sin perder toda su garra, pero ganando en solidez. Échamos de menos el despiporre etílico de antaño, pero no me cabe duda de que ese es nuestro problema, no el suyo. Joan S. Luna
Señor Don Disturbios: lamento su ausencia en lo que para mí, que era mi cuarta vez viendo a Mogwai, fue el mejor concierto que les he visto (contando un auditorio entre ellos). Sonaron con rabia, elegancia y clase a partes iguales. Y con el volumen adecuado, no como Godspeed. Lo disfrutamos mucho.