Ante la flagrante ausencia de grandes grupos actuales en el cartel, la segunda tanda de conciertos del Rock In Rio 2010 fue protagonizada por varios exponentes de la vieja guardia noventera y algún dinosaurio de reciente cuño. Cierto aire a deja vu, algo de frío y lluvia intermitente sobrevolaron la cita del viernes dando paso a una inestable placidez en la noche del lunes, aunque ninguno de estos motivos parece que pesase demasiado para que, en conjunto, la dos jornadas registraran bastante menos volumen de espectadores que sus antecesoras, más dirigidas al público general y adolescente. En lo estrictamente musical, Rage Against The Machine se lo llevó todo el viernes. Los angelinos, sin duda, dieron el concierto del festival. Ágiles como un cuchillo y con sangre en el ojo, salieron a repartir y, durante la hora y media exacta que duró su actuación, vaya si repartieron. Cientos de verbenas y catorce años han pasado desde aquel mitificado FestiMad, y, de repente, lo que se veía y lo que sonaba en Arganda era Rage Against The Machine en su mejor versión. El espíritu del rock se hacía forma en la figura de este grupo improbable e irrepetible, y se hacía forma porque las canciones, la ejecución, la conexión con la gente, los movimientos, el sonido y la urgencia narrativa tenían esa carga de electricidad estática que sólo puede encontrarse en contadas ocasiones, no digamos en un evento como Rock In Rio, tan carente de mística. Zach de la Rocha, Tom Morello y compañía se movieron en estado de gracia e hicieron que todas las canciones (especialmente “Bulls On Parade” o “Bullet In Your Head”) llegaran hasta dentro, aunque no acertaron con una versión bastante mala del “White Riot” de The Clash y obligaron a que nos tragáramos “La Internacional” antes de los bises (un ‘what the fuck’ en toda regla, para qué engañarnos). Antes de RATM, Jane’s Addiction pasaron sin pena ni gloria porque allí nadie había ido a verlos, pero su concierto fue interesante y extraño como sólo puede serlo un concierto en el que sobre el escenario puedan verse juntos a tres tipos como Perry Farrell, Dave Navarro y el ex Guns N’ Roses Duff McCagan. Sobraron las bailarinas pornochachas, sobraron numeritos con botella de vino (Farrell hacía que bebía pero si no se mueve la nuez es que ahí no está bajando nada) y, en general, faltó conexión. Las canciones, eso, sí (“Been Caught Stealing” o “Jane Says”, por ejemplo) sonaron estupendamente. Al contrario que con RATM, una lástima verles tan en forma (ahora que también están totalmente desfasados). Bajo un aguacero, habían abierto la tarde los raperos Cypress Hill, que hicieron poco más que fumarse un porro de una cuarta en el escenario y repasar con desgana éxitos como “Hand On The Pump” o “Insane In The Brain”.
El lunes, último día del festival, el día heavy, ejercieron de padrinos unos Motörhead comandados por el inefable Lemmy Kilmister, tan auténtico como quijotesco (un tipo que nunca fue heavy, por cierto). Sin vídeos ni zarandajas, el trío británico repasó las composiciones de “Motorizer”, su último disco, y, para disfrute general, dejó que sonaran himnos como “Ace Of Spades” o “Killed By The Death”. En un festival en el que el elevadísimo volumen de la música ha sido una de las principales características, fue curioso ver a Lemmy pidiendo en repetidas ocasiones que le subieran la señal del bajo. Como colofón, Metallica, flamante cabeza del cartel del último día, quisieron poner la casa patas arriba con su espectáculo de rock duro e histrionismo, pero la verdad es que les costó mucho. No ayudaron un sonido demasiado crudo y la lógica falta de frescura y agilidad que conlleva la edad (nunca fue un batería contundente, pero ahora mismo da la sensación de que Lars Ulrich únicamente marca los golpes). Aun así, sus miríadas de seguidores, eternamente fieles y entregados por más que algún movimiento puntual en la carrera de la banda llegara en su día a interpretarse como un cisma, disfrutaron como nunca según se iban sucediendo éxitos como “Seek And Destroy”, “One”, “Nothing Else Matters” o “Enter Sandman”. Fin de fiesta apropiado para un Rock In Rio que definitivamente juega sobre seguro y que, probado el éxito de la fórmula (cómo amortizar un evento antes de vender una sola entrada), estará de nuevo en Madrid en 2012.
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