La segunda edición madrileña de Rock In Rio cumplió su primer fin de semana tirando más del artificio y el espíritu de verbena que del rock, del cual un considerable porcentaje se escuchó durante la temprana actuación de Zoé. Curioso caso el suyo, ya que da la sensación de que a los mexicanos se les está asignando un hueco en el panorama español por decreto. Acaban de editar aquí un álbum con una selección de canciones de su excelsa discografía transatlántica en el que han colaborado artistas destacados de nuestra escena (Vetusta Morla, Bunbury…), cuentan con un considerable empuje promocional y, en una inteligente iniciativa de comarketing, su nombre ha aparecido en el cartel de Rock In Rio junto al de Anni B. Sweet. El público indie, estrepitosamente ausente en la Ciudad Del Rock, no sabe que finalmente la malagueña sólo pisó el escenario durante cinco minutos (tímida participación la suya en la suave “Poli”), pero en su subconsciente flota algo más el nombre de un nuevo grupo. Seguramente Zoé no desmerezcan tanto apoyo. Abrieron la programación del viernes gustándose y gustando con su propuesta espacial, alineada en la mejor vertiente del imaginativo rock alternativo latinoamericano. Buenas canciones (“Vía Láctea”, “Nada”) y algún que otro himno (“Love”), grupo grande. Pasa que, definitivamente engañados por el reclamo del cartel (Carlos Tarque y Ariel Rot también salieron a hacer una canción con Pereza pero su nombre no aparecía en el programa), algunos esperábamos al menos un breve set de una Anni B. Sweet que no para de florecer y a quien su colaboración con los mexicanos debería animar a sopesar la posibilidad de intentarlo con el español.
Pero tal regalo no se produjo y dos pestañeos después Mägo De Oz ya se afanaban en darse un baño de masas aprovechando que el público de Bon Jovi iba llenando el recinto. El baño a esa hora de la tarde también era de sol, con lo cual se hizo dolorosamente evidente algo que todo el mundo sabe, que los años no pasan a lo tonto. Mucho calor para hacer aerobic en pantalones de cuero. Caída la tarde y ausente John Mayer por motivos de salud, Macaco fue el primero en pisar el imponente escenario Mundo. No le quedó grande. Chirríe más o menos su propuesta buenista e integradora, lo cierto es que sus canciones se propagaron por el páramo aleano con un sonido excelente, quizá el mejor del fin de semana. Cuánto se echa en falta encontrar más a menudo conciertos que suenen muy alto y muy bien (aparentemente, conceptos incompatibles). De esta manera, “Mama Tierra”, “Puerto Presente” o la ubicua “Moving” supieron a gloria y encajaron perfectamente en el espíritu de la noche. Asimismo, supuso todo un placer ver moverse por el escenario al Undrop Tomas "Tirtha" Rundquist (guitarrista versátil donde los haya) y disfrutar de un final bombástico con la interpretación de “Monkey Man”, de Toots & The Maytals.
Antes de Bon Jovi, quien de verdad vendió las entradas del viernes, Pereza cumplieron tocando mucho para sí mismos y un poco para la tele. Ni Rubén, transmutado en Keith Richards (pañuelo en la frente, guitarra color mostaza y mirada perdida), ni Leiva son cantantes, así que a lo que tienden naturalmente es a entrelazar solos y fraseos que en ocasiones pueden hacerse algo pesados. En cualquier caso, seguramente a gran parte de las casi 50.000 personas que ya se agolpaban a la medianoche no le vino mal recibir una clase de buen rock and roll de doce compases. En síntesis, peor sonido que el resto de grupos y pocas consesiones a interpretar los hits más comerciales de su discografía (si acaso, únicamente “Estrella Polar” y “Lady Madrid”).
Para terminar, Bon Jovi cerró el día con mucha profesionalidad y con un volumen realmente arrollador. Esforzado y cercano pero sin arrugas y con los dientes estúpidamente níveos, esto es, como un remedo hollywoodiense de Bruce Springsteen, repasó viejos éxitos (“Runaway”, “In These Arms” o “You Give Love A Bad Name”) y concedió cuota a su época contemporánea (“Have A Nice Day”, “It’s My Life”), contentando así a su extenso rango de seguidores, chicas de veinte años en un extremo y heavies ochenteros en el otro. Finalizada su actuación, y mientras la mayoría del público abandonaba el recinto, el tratamiento trance de Paul Van Dyk quedaba para los más audaces. Unos a dormir y otros a lo que sea que es lo suyo.
Algo más fresca, la tarde del sábado comenzó simpática con Los Gerundinos, que dieron uno de esos conciertos dentro de los que uno siente que se está bien; aunque, a decir verdad, daba la impresión de que para Raimundo Amador, mosqueado con alguien de las primeras filas, la cosa no terminaba de ir con él. Después, un retraso en el escenario Sunset hizo que se solaparan las dos propuestas de Puerto Rico. Draco, uno de los tapados del festival, tuvo que resignarse a que Calle 13 le robara el público con su descacharrante mezcla de ritmos latinos y hip hop de letras saludablemente al margen del dictado de la corrección política. Los caribeños calentaron la tarde siguiendo la acertada teoría que dice que los hits deben ir primero (apenas había cogido aire la gente y ya estaba sonando “Nadie Como Tú”) y articularon los discursos más sinceros de todo el evento.
Rihanna, por su parte, se hizo esperar más de la cuenta y a la segunda canción ya había demostrado no estar a la altura de las exigencias de un escenario mayúsculo. Piernas mareantes, sí, pero poca voz, poco carisma y una infumable fritanga sonora por detrás: pufo absoluto. De momento, lo suyo son los videoclips y las producciones R&B 2.0 de estudio. La colombiana Shakira se maneja con mejor maña en estos envites y lo demostró con creces echando el cierre al sábado y dando paso al día de la familia (los menores llevaban pulseras con el número de contacto de sus padres), en el que los principales atractivos fueron la actuación de la voluntariosa Amy McDonald, que ya debe de sentirse como en casa por aquí, el punk pop-idol de los británicos McFly y el fenómeno Miley Cyrus (de niña a señora al cumplir los dieciocho).
El rock y algo de peligro, tirolina aparte, prometen acudir el segundo fin de semana, para el que la gente, aunque acepte tener que someterse a cientos de impactos publicitarios ya en el recinto, seguramente agradecería no tener que dar una vuelta completa al Bernabéu haciendo cola para poder subirse a un autobús y llegar hasta allí.
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