El éxtasis y la media penumbra
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El éxtasis y la media penumbra

8 / 10
Javier Corral “Jerry” — 18-01-2026
Empresa — Negufest
Fecha — 16 enero, 2026
Sala — Muxikebarri Zentroa, Bilbao
Fotografía — Ander Moreno

Entre la penumbra y la media penumbra, con repentinas explosiones azules y/o electrónicas, se desarrolla “Cru+es”, el espectáculo que formaliza y registra para la posteridad la unión entre El Niño de Elche y Raül Refree, dos heterodoxos hermanados probablemente desde ese mismo ángulo de la divergencia. El recital se basa en el disco señalado, y a la vez el disco nace de un directo previo llamado “Ecstasis”, que viene a explorar la espiritualidad. Es decir música hereje, desde el punto de vista formal o de género, consagrada a lo místico, en una feliz paradoja muy de estos tiempos tan o más difusos que los de cualquier otra etapa de la historia. Si San Juan de la Cruz levantara la cabeza quizá se viera reflejado en esa “poética de la liturgia, los escritos místicos y la iluminación religiosa en la literatura; el éxtasis y la adoración, la luz y la penumbra de nuestras creencias, los límites de la iluminación y la locura”, que ellos pregonan en sus actuaciones. Gracias a Negufest llegan a Muxikebarri de Getxo, que presenta una entrada cercana al lleno.

“Mañana volverás a despertarte, volverás hijo mío, alma mía. El alma nunca duerme, sólo abandona el cuerpo”. Son las primeras palabras de “Somni”, con un Niño de Elche apaciguado, solemne y quieto, mientras Refree le envuelve entre teclados planeadores y melancólicos. Sin abandonar la oscuridad “Antes de” aviva ese fuego que se consume y se convierte de nuevo en fuego, con parecida suntuosidad y las primeras brujerías electrónicas de Raül. “Tu voluntad” mantiene la serenidad vocal que contagia el marco vaporoso en una instrumentación tenue y solapada. Aparecen los primeros aplausos y se enciende alguna luz para que veamos que los dos individuos que ocupan el desnudo escenario son de carne y hueso, y hasta puede que vistan igual.

Falsa alarma. Vuelve la penumbra. “Permanece inmóvil, como una piedra en el muro, quédate en silencio”. Es “Cruz”, una pieza que brota casi en ese mismo silencio para poco a poco ir creciendo en su oscura melodía con olas de electrónica ruidista y un desatado Niño con un tremendo rango vocal que no aparece en la grabación del disco y que nos deja absortos. Impresionante cómo juega con la distancia entre garganta y micrófono, si bien el contenido en cuestión busca más el tono que el alarde. “Senescente mundo” ilumina dos focos azules, de ese azul oscuro, a veces casi negro, que inspira la escenografía del disco, obra de Marta Pazos. En lo musical resuena la electrónica, entre kraut, noise y posrock, que tanto recuerda algunos pasajes de las dos últimas obras de Low (por cierto “Double Negative” (2018) sigue siendo para quien esto suscribe el álbum más excitante y conmovedor de lo que llevamos de siglo). El alicantino se expresa también con las manos que quieren dibujar ternuras y cumplidos en el aire.

Cruzamos el ecuador. La pareja cambia de orden las canciones de un álbum de muchas escuchas, pero poco a poco van cayendo las diez registradas. “Salmo XXI” exige una nueva ubicación de los artistas, sentados ambos en dos sillas. Raúl abandona sus teclados para coger una guitarra que rasga monotonamente a modo de mantra, mientras el de Elche reza la oración del libro “Salmos” del poeta y teólogo de la liberación, escultor y ministro de Cultura del gobierno nicaragüense surgido de la Revolución Sandinista Ernesto Cardenal: “Dios mío por qué me has abandonado, soy una caricatura de hombre, el desprecio del pueblo…”. A la vuelta de los focos azules llega “Mi amén”, otra plegaria, ahora propia, que avanza en medio de los pasajes electrónicos más melódicos y envolventes de la noche.

“Nádas”, que es la pieza que inaugura el disco, surge ya en la recta final. El título es en honor al escritor húngaro Péter Nádas, “No tenemos aire. No había aire en el aire. Mi corazón quedó sin aire. En el vacío. Tú me verás y yo te recordaré. Yo te veré y tú me recordarás. Con mi sabor y mi olor. Como una luz familiar. Ya nada ni nadie. Nadie ni nada”. La canción produce una sensación de dulce asfixia en contraste con la detonación electrónica de “Mil maneras de salvarse” que sirve de despedida, antes del brevísimo bis de “La escalera” que también culmina el álbum, y donde el cantaor se deshace en requiebros y ornamentaciones vocales. El espectáculo ha recreado las diez piezas en unos setenta minutos, exactamente el doble del tiempo empleado en lo grabado. Los dos artistas se despiden. Y sí, vestían igual, con una especie de uniforme azul y pantalón negro, entre maoísta y hombres robotizados. Tenían razón los “puristas”, esto ni es flamenco ni es rock’n’roll, y lo gracioso y grandioso es que aún seguimos sin saber como catalogarlo. Pero nos gusta.

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