Primavera Club, para todos los gustos
Conciertos

Primavera Club, para todos los gustos

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10-12-2009
Empresa — Primavera Sound
Sala — Varias salas en Madrid
Fotografía — Alfredo Arias

Arrancaba el festival en la sala Nasti con Ladybug Transistor, que hicieron gala de la frialdad que les caracteriza. Con un miembro de Lucksmiths entre sus filas, se enfrentaron básicamente a los temas de “Can’t Wait Another Day” intercalando clásicos como Like A Summer Rain”. En Florida Park una descentrada y (según sus propias palabras) deprimida Marissa Nadler mostró la versión más asfixiante de su particular folk oscuro y operístico. Pésimo sonido y desgana indisimulada que se convirtió en aceptable sonido y entusiasmo a raudales con la entrada de Little Joy, la válvula de escape del batería de The Strokes, Fabrizio Moretti. Plagada de bailes y constantes guiños al público que a esas alturas ya abarrotaba la sala, la actuación fue una bonita rendición a la frescura del rock y las melodías periféricas, homenaje a Os Mutantes incluido. Finalmente, escoltado por una banda que parecía un grupo de jam de los sesenta (con Rodrigo Amarante, de Little Joy, y el productor Noah Georgeson como lugartenientes), Devendra Banhart aburrió por momentos con un show autocomplaciente y algo difuso.

 

 

Jueves

Todo lo contrario que Cass McCombs, que al día siguiente interpretó en Neu! Club sus grandísimas canciones con la frialdad y la precisión milimétrica de un cirujano (sobresalieron “That’s That”, “You Saved My Life” o “City Of Brotherly Love”). Con anterioridad, Ted Leo & The Pharmacists habían calentado la sala con su punk-rock de vieja escuela. Si bien se trata de música de corto recorrido, resulta todo un placer ver y escuchar la interpretación de pepinazos como “Where Have All The Rude Boys Gone”, “Colleen” o “Where Was My Brain”. Hacia el final de la noche, Deer Tick protagonizó en la sala Nasti una de las sorpresas del festival. El grupo de John McCauley, dueño de una voz extraordinaria, consigue el prodigio de ser rabiosamente contemporáneo al tiempo que camina por la senda del rock tradicional americano. Brillaron todas y cada una de sus composiciones, en especial “Easy”, “Little White Lies” y “Ashamed”, y hasta una sentida versión de “Mexican Home”, de John Prine. Cymbal Eat Guitars dividieron al público entre los que consideraron innecesaria tanta agresividad canciones de su primer álbum, ‘Why There Are Mountains’ y los que, una vez, más, alabaron su inteligencia asimilando las enseñanzas de Pavement. Merecen crédito. Aunque para agresividad la de A Place To Bury Strangers. Todo actitud, poco importa que su maratón noise en ocasiones pierda fuelle o que al batería se le salte el metrónomo, pues es lo suyo un espectáculo de tinieblas y feedback que remite a los Chain, sí, pero también a las bandas más borricas de Blast First y en el que todo está permitido en pos de la intensidad. Antes, unos Standstill tan correctos como de costumbre habían presentado  por vez primera en Madrid algunas de sus nuevas canciones.

 

Viernes

Con la actuación de The Soundtrack Of Our Lives quedó demostrado una vez más que volumen y teatralidad no son suficientes. Los suecos abrieron la jornada del viernes con su rock mesiánico y decibélico, logrando momentos realmente epatantes gracias sobre todo a varias de sus excelentes canciones, que se defienden solitas y a las que hacen un flaco favor el elefantiásico despliegue sónico y la ridícula pose de varios de los componentes del grupo, que parece copiada de una secuencia de “Spinal Tap”. Más tarde, el indie-rock de los jóvenes Port O’Brien conectó en la Caracol con un público con muchas ganas de divertirse, al que seguidamente la actuación de los delicados The Pastels dejó un tanto frío. Haber elegido a The Black Heart Procesión, que en su despliegue se sobrepusieron incluso a la Sala de Columnas del CBA -hermoso espacio, infame sonido-. Arrancaron con “Drugs”, piano, violín y ululante sierra, antes de que se uniera la sección rítmica con la que afrontaron un concierto casi íntegramente centrado en “Six”, y en el que se comportaron como lo que son: una de las mejores bandas de rock oscuro de la actualidad. Antes, Sr. Chinarro se enfrentó con una formación de guitarra, bajo, batería y cello al infierno de los graves con su repertorio de la etapa Acuarela bajo el brazo. Hubo momentos notables -“Cero en gimnasia”, por ejemplo, sonó realmente bien- y otros no tanto, condicionados en buena parte por la formación y la imposibilidad de reproducir con fidelidad ciertas canciones. Wave Machines fueron los últimos en sufrir este día la pelota sonora. Les importó poco porque en directo, la energía de “I Go I Go I Go, You Say The Stupidest Thing” y sobre todo, “Punk Spirit” se multiplica y engrandece. Hicieron quemar mucha zapatilla…

 

Sábado

Lo de Tarántula es conocimiento de causa y pura diversión. “Con toda la marcha”, “El mítico culo” o “Antisistema solar fueron solo algunas de las canciones con las que entusiasmaron al respetable, acompañados de trompetas, maracas y panderetas, entre el rigor y el cachondeo y siempre sobrados de elegancia natural. En Joy Eslava Tara Jane O’Neill tomó el relevo de Bigott para hechizar a los asistentes con su personal propuesta entre la excentricidad del post-rock y la belleza orgánica del folk (¡y sin abusar del Loop Station!). Sobresaliente. Por su parte, Beach House, quizá lo más destacado del festival, no defraudó en Neu! Club. Con su ambient pop de mil caras, a ratos travieso, a ratos melancólico, siempre exquisito y contagioso, y acompañados de un batería repasaron su excelso repertorio y presentaron alguna de las composiciones de “Teen Dream” uno de los discos más esperados en la agenda de principios de 2010. Llegando a la medianoche, Kid Congo & The Pink Monkey Birds incendiaron la Wulritzer Ballroom con su rock’n’roll cafre y garagero. Canciones descacharrantes como “Black Santa”, “LSDC” o una versión de “I’m Cramped”, de The Cramps, hicieron sudar y disfrutar de lo lindo a la concurrencia, algo diferente a la predominante en otros recintos del festival. De hecho era la noche de los incendios: Primero con el tribalismo salvaje de Za! y posteriormente Health, que hicieron aún más pupita en Caracol que la noche antes en Joy Eslava: aguerridos, bailables y hasta virtuosos -monstruosos batería pulpo- mostraron que aún hay espacios vírgenes y excitantes para los cachorros del hardcore. Y como punto final un poco de misticismo: respaldados por hipnóticas imágenes de fondo School Of Seven Bells inundaron la sala de columnas de electrónica sugerente y etérea. Hubo comunión.

 

Domingo

Casi como un epílogo nos dimos cita en Caracol para despedir el festival con Pájaro Sunrise, Jeffrey Lewis y Retribution Gospel Choir. Mereció la pena por el desenfado de Lewis, suerte de Beck contemporáneo que lo mismo acude al folk -o anti-folk, habría que decir- que apuesta por el espasmo eléctrico o propone una pausa para contarnos la historia de la revolución rusa a través de sus un proyector que exhibe sus viñetas. Daniel Johnston estaría orgulloso de él, y Yo La Tengo, a los que acabó versioneando, también. Y nosotros lo estamos de Retribution Gospel Choir, más intensos aún que a su paso por esta misma sala hace medio año. Se nota que Alan Sparhawk disfruta como un niño con su proyecto rock y sólo la rotura del pedal del bombo nos impidió de obligarles a seguir con los bises. Luis J. Menéndez, Cristina V. Miranda y Jorge Ramos

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