El personaje pesa, el morbo atrae, y en el caso de Pete Doherty eso supone arrastrar a un sector de público más interesado en el malditismo y en atisbar algún agujero en las venas del inglés que en su música. El yo estuve ahí acaba siendo un factor inevitable en estas cosas, pero también había esperanzas puestas en su regreso a Barcelona, una ciudad en la que la balanza de conciertos horribles y brillantes de Doherty se empieza a desnivelar.

El público que llenaba la sala hasta la bandera -para desgracia de quien intentaba llegar al baño durante el concierto- era el que se esperaba: media de edad relativamente baja, amplia presencia de la parroquia indie, un puñado de mods destartalados y algún que otro intento de hooligan inofensivo.

La impaciencia empieza a tomar prisioneros, las cervezas van cayendo y Steve Smyth se convierte en la verdadera sorpresa de la noche, subiendo al escenario entre caras de desconcierto y miradas al reloj cuando pasaban tres cuartos de hora de la hora anunciada. Los “¿quién coño es este?” daban paso en segundos a unas cuántas bocas cerradas y otras tantas mandíbulas por el suelo. Los segundos que tardó en abrir la boca el australiano. Con la intensidad como sello personal, parecía personificar un cruce entre Tom Waits y Jeff Buckley con algún ramalazo eléctrico propio de ciertas etapas del primero o incluso, de no ser porque Smyth va solo ante el peligro, de unos Movie Star Junkies. A muchos les resbaló bastante (estaba claro que habían ido a ver a Doherty y solo a Doherty), pero si alguien ganó algún fan ayer entre el público fue él.

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Pete Doherty salía por fin -casi puntual según el huso horario británico, queremos pensar- y arrancaba con el pie izquierdo. No es que el sonido llegara a ser decente en ningún momento del concierto, pero al principio era realmente sangrante, especialmente en lo que concernía a la guitarra y la voz del propio Doherty. Hay que aclarar que el concierto no era estrictamente un concierto, y como tal lo tomamos: como un ensayo con público, un capricho en forma de bolo de bar improvisado en medio de una gira multitudinaria con The Libertines. Le concedemos eso, pero no es suficiente para salvarlo. A la banda -batería, bajo, teclados y acordeón- le queda mucho rodaje por delante si quiere sonar mínimamente compacta, y los arreglos, bastante verdes también, no terminan de encajar ni en las canciones nuevas ni en las viejas. El componente folk de algunas de ellas era directamente inviable ante un público que tenía ganas de bailar y sudar, y al que no se puede culpar por hablar y meter ruido cuando dejó de interesarle lo que sucedía encima del escenario.

A ello se sumaba un Pete Doherty demasiado correcto, falto de chispa y de la sangre que hubiera hecho falta para levantar los ánimos. La reacción del público se acercaba a la absoluta frialdad e indiferencia hacia los temas nuevos, mientras que los clásicos eran coreados sin demasiada pasión dentro de un setlist irregular que impedía que el concierto despegara. Se puede argumentar en torno a la cercanía, a la excitación de la fiesta privada, al sentimiento de oportunidad única… Pero la exclusividad no puede disfrazar lo que fue un mal ensayo a quince euros la entrada. Hoy vuelve a repetir en el mismo lugar y a la misma hora, y espero honestamente que no con la misma inspiración.