En estos tiempos de redes sociales, de falsas apariencias y de felicidad impostada, es muy raro ver a un profesional de cualquier campo reconociendo sus miserias. Por este motivo, es muy de valorar la gira que, actualmente, están ofreciendo Standstill –segunda después de su exitoso regreso en 2024- y en el que repasan el que, probablemente, haya sido el momento más duro de la banda: la grabación de “Vivalaguerra” -sin duda, su trabajo más exitoso- hace exactamente 20 años.
Los catalanes muestran en estos conciertos sus costuras desde el inicio, con un video de algo más de diez minutos, previo al bolo propiamente dicho, y que se presenta como un original y merecido “homenaje a los caídos” con la aparición de antiguos miembros del grupo, explicando cómo entraron en la banda y cuáles fueron los motivos que les llevaron a dejarlo. Una forma como otra cualquiera de agradecer la labor de unos músicos que, en su momento, también fueron una parte tan importante de la carrera de Standstill, como lo son los cinco supervivientes actuales. Y es que, tal y como explicaba el vocalista de la banda, Enric Montefusco, más allá de la luz de las focos y del éxito mediático, no es nada sencilla la supervivencia de una banda que trabaja en el underground. Y por eso, tarde o temprano siempre llega la pregunta: ¿merece la pena continuar con esto? Pues en el caso de los catalanes esa cuestión surgió justo en la grabación del mencionado “Vivalaguerra”, que se planteó como un reto mayúsculo que, por suerte, superaron con creces, consiguiendo crear una de las cimas del mal llamado “indie” estatal.
20 años han pasado y, con unas heridas que, escuchando los discursos de Montefusco, parece que aún no han acabado de cicatrizar y todavía duele recordar, la gira actual tiene mucho de terapéutico y de intentar pasar página, sin rencores, pero sin querer olvidar esos momentos duros que, paradójicamente, sacaron lo mejor de una banda que parecía herida de muerte y que, sin embargo, todavía tuvo tiempo de facturar otros dos magníficos discos de estudio y un directo, antes de despedirse por un tiempo que se alargó demasiado… mucho más de lo que los y las fans hubieran deseado.
Precisamente, el líder de la banda se acordó de todos y todas esas seguidoras desde el inicio del bolo, agradeciendo su presencia en un Muxikebarri que, prácticamente, agotó entradas a pesar del horrible tiempo que hacía en Getxo el viernes. Un temporal que, tal y cómo confesaron, casi arruina la actuación, ya que el avión en el que viajaba el guitarrista de la banda, Piti, se vio obligado a aterrizar en Gasteiz, con el retraso que eso supuso y que hizo que el músico llegara al recinto minutos antes de la hora señalada como inicio del concierto.

Pero por suerte, todo sale, y allí estaban Standstill, preparados para repasar de principio a fin y en el orden del disco, un trabajo cuasi perfecto, comenzando con la oscura intro “1,2,3 sombra”, para inmediatamente poner en pie a todo el recinto con uno –si no el mayor- de los grandes himnos de la banda: “¿Por qué me llamas a estas horas?”, que sin duda, resume todo lo que son Standstill. Una banda que se mueve en una tierra de nadie, lejos de encasillamientos estilísticos y con una libertad creativa absoluta que merece todo el respeto. Un eclecticismo que, seguramente, es un punto a favor, a la hora de confeccionar un setlist como este, en el que el factor sorpresa no existe, porque ya sabíamos qué temas iban a sonar; pero dada la capacidad que tienen para controlar los tiempos del concierto, el quinteto consiguió que disfrutáramos estos temas que ya tienen dos décadas como si fuera la primera vez que los escuchábamos, emocionándonos con cada subida, y disfrutando de cada momento de calma.
De esta forma, y por repasar rápidamente lo que dio de sí un repertorio sobresaliente, diremos que disfrutamos muchísimo del surrealismo de “La risa funesta”, que gana muchos kilates en las partes en que se juntan todos, demostrando lo grandes músicos que son los cinco, al igual que con ese medio tiempo que es “Aire”, dedicado irónicamente a la peripecia anteriormente comentada vivida por Piti para llegar al concierto, y que enlazaron con la sobrecogedora “Noticias del frente”, con tintes jazzys. La épica de “Víctor San Juan” conecta directamente en sus partes más duras con el hardcore inicial de una banda con muchas aristas, y que con otro himno como “1,2,3 Sol” daban paso a la segunda parte del repaso de “Vivalaguerra”. Un segundo tramo en el que no sabríamos qué canción destacar, por lo buenas que son todas, pero tal vez “Yo soy el presidente de la escalera”, con esas armonías vocales imposibles, que tan bien sabe resolver Montefusco, y ese nuevo acercamiento al hardcore más crudo, tendría muchas papeletas. Pero sería injusto no destacar también la belleza críptica y oscura de “Sí quiero”, el carácter crítico de “El porqué de hablar solo, o el éxtasis colectivo que provoca la trepidante “La mirada de los mil metros” – o cómo resumir en casi siete minutos el estado anímico de una banda-.
Y así, con el deber cumplido, y una vez repasadas las once perlas que componen “Vivalaguerra”, el quinteto se despidió momentáneamente para enfilar un bis en el que repasaron otros cuatro temazos de la banda: “Hay que parar”, una de las mejores historias de despedidas que se han escrito, y que casi duele escuchar después de todo lo que se había escuchado previamente, “Feliz en tu día”, una de las favoritas de este que escribe, y que supuso el cambio de rumbo de Standstill, como inicio de su disco homónimo, publicado en 2004, y del que también sonó la poética “Cuando”, antes de despedirse definitivamente con la inevitable “Adelante Bonaparte”, donde la comunión entre banda y público fue absoluta.
Un fin de fiesta magnífico para un concierto en el que, de propina, recibimos la gran noticia de que la banda entrará en un par de semanas al estudio para grabar nuevos temas. Un regalo absoluto, que demuestra que Standstill no han regresado para vivir de las rentas, sino que por dentro, por suerte todavía les sigue ardiendo algo, y que aún tienen muchísimas grandes historias que contar. Y, sin duda, allí estaremos para escucharlas.
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