Las últimas semanas han dejado la sensación de que siempre había un motivo fidedigno para debatir acerca de la figura de Morrissey. Parecía, incluso, que opinar en redes (y posicionarse sin tapujos en uno de los bandos) sobre el artista de Manchester fuera una obligación. Ya sea con motivo de la publicación de su discreto último álbum, “Make-Up Is A Lie” (Sire, 26), o apuntado hacia esa esperada gira española de tres fechas que, tras comenzar con la cancelación (por falta de sueño) de la cita valenciana, dejaba al concierto de Zaragoza (y tras la suspensión del pasado verano en el madrileño ciclo ‘Noches del Botánico’) como la que sería primera actuación de Morrissey en nuestro país desde 2014. No es de extrañar por tanto que, en círculos musicales de la ciudad, su visita fuese el tema estrella, es una previa presidida por mezcolanza de escepticismo, ilusión y cachondeo.
Quizá el mismo alivio de ver que el concierto cristalizaba en realidad motivase la estruendosa ovación con la que la abarrotada Sala Mozart del Auditorio recibió a Morrissey y su séquito, poblada con una audiencia agradecida por ese milagro consistente en contar con la presencia del ex The Smiths en la capital aragonesa. Es, a partir de ese mismo instante, cuando procede comenzar a rajar en positivo de un Morrissey que, flanqueado por las excelencias de su banda de cinco miembros, fue capaz de firmar una actuación memorable, a pesar de que el sonido no luciera impecable. Un apunte casi tangencial, atendiendo al poder torrencial de esa aureola mesiánica del artista que su público refrenda a ojos ciegos y que emanó, de forma ininterrumpida y durante hora y media, desde el escenario. Una energía palpable, casi literalmente, desde que el cantante pisara las tablas envuelto en su uniforme habitual, con camisa (en este caso rosa) generosamente abierta y flores emergiendo por encima del pantalón. Fue la primera de una larga lista de vistosas rarezas, poses, discursos y demás parafernalia que a estas alturas forman parte del espectáculo.
Una catarsis que comenzó con “Billy Budd” y siguió con “I Just Want To See The Boy Happy” y “Suedehead”, al tiempo de evidenciar el gran momento vocal del divo, que exprime aquella personalidad que lo ha convertido en uno de los vocalistas imprescindibles de la historia del pop británico. La epifanía sumó paradas impagables del tipo de “Irish Blood, English Heart”, “I'm Throwing My Arms Around Paris”, “Now My Heart Is Full”, la antitaurina “The Bullfighter Dies” o “The Monsters Of Pig Alley”, con iconos de la cultura pop como Bruce Lee, Oscar Wilde o Brigitte Bardot apareciendo en la velada en forma de proyecciones. También hubo desarmantes vistazos al cancionero de The Smiths como “A Rush And A Push And The Land Is Ours”, “How Soon Is Now?”, “Half A Person” o “Last Night I Dreamt That Somebody Loved Me”. Incluso las piezas del nuevo disco (un total de cuatro) resonaron más creíbles que con respecto a su versión de estudio, caso de “Notre-Dame” o la propia “Make-Up Is A Lie”. Un repertorio sencillamente arrasador que mantuvo la poderosa intensidad de un concierto refrendado en su tramo final con la celebradísima “First Of The Gang To Die”, una “Jack The Ripper” envuelta en humo a modo de ambientación, la eterna “Everyday Is Like Sunday” y la no menos magnífica “World Peace Is None Of Your Business”.
Por su parte, el himno “There Is a Light That Never Goes Out” hizo las veces de emotivo epílogo y a modo de único bis, con Moz lanzando la camiseta que para entonces había sustituido a dos camisas previas y una joven fan saltándose las medidas de seguridad para abrazar al ídolo. Consecuencia directa de pasiones reverenciales, casi religiosas, que rayan en el histerismo de la estrella pop y son, en definitiva, otro pedazo del guion. El británico sigue siendo un personaje complejo, cargado de dualidades y contradicciones, al que, en efecto, puede amarse u odiarse con idéntica legitimidad y en el espacio de diez minutos. Pero la pasada noche no fue sino un triunfal paseo por su catálogo, al amparo además del elegante Auditorio de Zaragoza. El reencuentro con Steven Patrick Morrissey fue también el reencuentro con su lírica herida (o hiriente) y hermosa; con su dramatismo inherente; con un talento narrativo y escénico inconmensurable. Mil quinientas almas soñaron que amaban a Morrissey y que este les correspondía, en una epopeya romántica de las que persisten.

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