Era una noche para iniciados, ¿acaso más cerca de la performance que de un bolo al uso?. No, al menos en opinión de los protagonistas. Doce Fuegos, el proyecto de Miguel Palou —vinculado a los nunca suficientemente valorados PYLAR—, fue el encargado de abrirla. Sobre el escenario, Palou construyó un paisaje sonoro a partir de violines, mandolina y percusiones, sin artificios ni apoyos externos.
Su propuesta, basada en la improvisación y la experimentación, se mueve con naturalidad entre raíces folk, resonancias medievales y barrocas y una intensidad muy cercana al metal extremo, territorio del que entra y sale a voluntad. Las piezas evolucionaron como pequeñas narraciones cargadas de tensión y atmósferas, donde cada gesto parecía invocar memorias ancestrales.
Sobrevolaron ecos del drone —Sunn O))) y Earth—, pero también del noise y la psicodelia folk, pensando en Swans o Godspeed You! Black Emperor, en un directo hipnótico, áspero y ceremonial, en línea con ciertas partes del black metal ambiental. Y, a poco que miraras, también con la literatura de colosos como Arthur Machen o Algernon Blackwood, y eso sí que no tiene precio.
Mikel Vega (en la foto) tomó el relevo con una actuación de densidad y precisión notables. El músico vasco desplegó un universo sonoro que se mueve entre la guitarra procesada, el drone y la electrónica, y que en directo adquiere una dimensión orgánica y envolvente. Vega construye sus piezas por acumulación y transformación, generando viajes en forma de canciones —¿?— que avanzan lentamente, cargados de tensión emocional, hasta que finalmente explotan.
Los parajes sónicos de ambos son tan bellos como exigentes en la escucha y la atención: si te descuidas, te pierdes, y de eso, a mi entender, se trata. La parte final, con los dos juntos en una improvisación de menos a más, fue la más espectacular. Tal vez no fuera un concierto apto para todos los estómagos, pero no creo que a nadie de los que estuvo allí le importara.

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