Héroes en la Razz
Conciertos / La Maravillosa Orquesta Del Alcohol

Héroes en la Razz

9 / 10
Blanca Olivella — 18-11-2019
Empresa — Black Izar
Fecha — 15 noviembre, 2019
Sala — Razzmatazz 1, Barcelona
Fotógrafo — Hara Amorós

La primera de dos noches mágicas se encendía con focos cálidos a ritmo de Johnny Cash. “I Won’t Back Down” sonaba alto y claro y la sala brillaba a la espera de los siete de Burgos. Los silbidos, impacientes, se mezclaron con los aplausos de una Razzamatazz llena hasta los topes: La Maravillosa Orquesta del Alcohol aparecía sobre el escenario.

Uniformados y enfundados en sus camisetas blancas de tirantes y sin apenas mediar palabras encendían la mecha de una noche que vendría cargada de escalofríos y poesía. Lo hicieron con “Mil Demonios”, que no solo abría el setlist de la velada, sino también el disco que han estado presentando en esta gira, “Salvavida (de las balas perdidas)” (autoeditado, 2017), y que ha durado nada más y nada menos que la friolera de dos años.

Jóvenes y valientes, el público acompañaba en cada coro a la banda. “Vasos vacíos” y “Una canción para decir te quiero” prendía a las mil almas ahí reunidas. Las que estaban de pie y las que dejaban colgar sus piernas desde la segunda planta de la sala. La piel se erizaba. Era difícil contener la emoción con un repertorio en el que cada una de las canciones era mejor que la anterior.

La tensión crecía y así las ganas de aumentar las revoluciones. Las luces cegadoras “En el camino” crearon una instantánea llena de fuerza que desprendía energía de cada nota. La conexión con el público era tan perfecta, que era casi irreal. Y uno hacía brillar aún más al otro. Así sin parar, hasta explotar. En esos momentos me acordaba del verso de “Miles Davis”, que ya había sonado por entonces: “Quiero quedarme a vivir en ese instante /
en el que la montaña rusa llega arriba y no antes
ni después”. Ese verso retumbaba en mi cabeza, a la vez que veía cantar y saltar a la multitud. Saltaron con “Los hijos de Johnny Cash” y “Prmvr”. Apareció una ikurriña, durante los versos en euskera. La levantaban con la misma pasión con la que se veía tocar al septeto.
El saxo de la intro de “Los Lobos” auguraba otro de los momentos álgidos de la noche. El ritmo iba in crescendo. Y cómo le gustaba al público ser parte de ese pregunta respuesta. Entregados, víctimas del espectáculo.

“Colectivo Nostalgia” marcaba el principio del final. Subía Raul Refree para adueñarse del piano durante cuatro intensos minutos en los que el público siseó en varias ocasiones para pedir silencio. Porque el tema lo pedía. Puro sentimiento. Real y punzante. El público se convirtió en una marea, bamboleándose al ritmo de “Un fuego”, el antepenúltimo tema antes del bis. Le siguieron “Himno nacional” y “1932” antes de que la banda desapareciera en la oscuridad.

Regresó solo David y su guitarra con su oda a Castilla y León. “Campo amarillo” hacía brillar los mil y pico ojos que clavaban la mirada en el cantante y su instrumento, mientras se escuchaban “¡Viva Castilla! Y más siseos para disfrutar de esos minutos aún más si se podía.

Los aplausos y las palmas recibieron al resto de la banda de nuevo. Ya no quedaba apenas nada y “Gasoline” lo vaticinaba. Fiesta, saltos y una sola voz llenaban Razzmatazz en la recta final de un concierto que ya pasaba las veintipico canciones. Que pasaron rápido, muy rápido. Llegó, entonces, la traca final con “Nómadas” y la esperadísima “Héroes del sábado”, aunque los héroes, en esa primera doble fecha, lo fueron del viernes.

En un abrazo se fundieron los siete. No eran los únicos. Allí, escondida y haciéndome invisible entre el ambiente, podía ver a gente que también se abrazaba, contentos, emocionados. Fue lo más parecido a mágico.

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