Colombia es la protagonista de la presente edición de La Mar de Músicas. Un festival que proporciona milagros como el de ver a Os Mutantes y Salif Keita en una misma velada. Sin embargo, en la noche inaugural, dos sílabas se pintaban en los labios de todos los asistentes: Cu-ba.
El vocablo “transculturación” está hoy universalmente aceptado. Lo acuñó Fernando Ortiz, suprema autoridad cubana en indagaciones etnológicas y antropológicas. Hoy, a nadie escapa la fuerte influencia africana como preludio de la floración del folclore musical isleño. El viernes pasado, en el inmejorable entorno del Auditorio Parque Torres de Cartagena, brotó de nuevo la música ritual de los negros de Cuba. O, dicho de otra manera: se recuperó la voluntad inicial del proyecto Buenavista Social Club. Aquel espejismo redentor impulsado por Ry Cooder y Nick Gold –fundador del sello World Circuit– para honrar a viejas glorias como Ibrahim Ferrer o Compay Segundo. Hace 14 años ya existía la gozosa intención de juntar a los abuelos con músicos africanos. Objetivo frustrado entonces por la farragosa inflexibilidad que algunos sufren en cuestiones de visados.
Ahora, el sueño es una realidad. “Afrocubism” verá la luz el próximo otoño. Pero anoche presenciamos el estreno mundial. Uno de esos trances, rallando el misticismo, que devuelven la experiencia de la música en directo a toda su pureza. Lástima que sólo Eliades Ochoa, único superviviente de la pléyade, llega a tiempo para contarlo. A sus 64 años y con su sombrero perenne, el santiaguero canta y toca la guitarra cincelando la mayor fruición a la que aspira un amante de la ‘world music’, también catalogada como “ritmos étnicos”.
Cuba y Mali. El maridaje imposible del hemisferio Sur. Una utopía en la que participan algunos de los mejores instrumentistas del mundo. La exótica belleza de la kora de Toumani Diabaté. Los culebreos del n’goni de Bassekou Kouyaté. La melancolía tribal que rezuma a la guitarra Djelimady Tounkara. Y, comandando la embajada maliense, un bailongo Kasse Mady. Si Cuba es la expresión danzaria de lo culto y lo popular, África representa un ceremonial místico. Laberinto de ritmos en el que serpentean a sus anchas sus melodías poliformes. Cuentan que, nada más encontrarse, grabaron 17 canciones en cinco días. Estaba escrito en el destino: cubanos y africanos debían unirse para crear magia y mecer este mundo. Porque el indianismo y la mulatez definen el acervo de la música afrocubana. En cierto modo, volvemos a la Indocuba anterior a la rumba.
En plena era del Spotify, hablamos de una exploración real. No adornan los vetustos sones montunos de siempre con cuatro ripios de patente ‘afro’. Ya se veía desde ‘Caminante’. En la primera fase, mayor peso del virtuosismo africano. Al final, desaforo cubano hasta un reconstruido ‘Guantanamera’ y los sobreagudos trompeteros. Los hombres de “Afrocubism” buscan un camino no transitado. De ahí las imperfecciones y los largos parones entre las canciones. Elíades Ochoa y su tropa malí articulan todavía ese puzle eterno de la música afrocubana.
La mecha se prendió con Muchachito Bombo Infierno, que presentan “Idas y vueltas”. Flamante entrega tras su escapada por los paraísos tropicales. Se atreven a pasar por su filtro de rumba ratonera al mismísimo Francis Cabrel (“La quiero a morir”), aquel enorme ilustrador amatorio de los primeros ochenta. Pocas novedades: Muchachito es garantía de delirio festivo cuando arrebata a la audiencia con ese “Ojalá no te hubiera conocido nunca”. Arreglos vertiginosamente urbanos en la senda del rock callejero más genuinamente español. Que se lo cuenten a Kiko Veneno. No obstante, los Muchachito se bifurcan por momentos hacia ambientes de ‘brass band’ de Nueva Orleans, zigzagueante swing afrancesado y efervescente burbujeo rústico. Ya sea por el colorido porteño del piano o por el empaque de una sección de hasta cinco metales en el escenario. No fue “La noche de los gatos”. Fue su noche.
Y como La Mar de Músicas pone su lupa este año en Colombia, a Bomba Estéreo les correspondió animar la madrugada a golpe de bit. Una pareja simpática y contagiosa. Chica y chico. Salero y descaro en un concepto de música digital y sabrosona. Cumbia psicodélica o electro vacilón. Da igual. El lúbrico magnetismo sexual de su cantante, Li Saumet, encauzó la noche hacia la perdición.
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