Nadie escapa estos días del fervor por el Mundial. Y como si de las canchas brasileñas se tratara, parte de las sorpresas se trasladaron del 6 al 8 de julio al recinto Malsaucy de Belfort. Y es que Les Eurockéennes han sido, en sí, un gran símil futbolístico: grandes nombres rápidamente apeados de la competición, otros reafirmando su condición como favoritos y, como no podía ser de otra manera, pequeños combinados dando el campanazo. Incluso el clima se emperró en asemejarse al de Brasil: de las lluvias torrenciales al calor sofocante en un chasquido de dedos. No hay emoción sin fango, que dicen por aquí.
El viernes fue, sin duda, el más preocupante de los días. Por varios motivos. No sólo por el brutal aguacero, que caló partes de mi cuerpo que aún desconocía. Podríamos decir que el festival renació dos veces en una misma jornada. La primera, cuando los técnicos de sonido levantaron la amenaza de huelga que hacía pender de un hilo la edición de este año. Los ‘héroes a la sombra’ de los bolos están que trinan por las regulaciones del gobierno francés en el sector, por lo que habían promovido varias movilizaciones. Cerca de dos millones de euros en pérdidas para el festival si tiraban adelante. Finalmente la huelga quedó en poco más que un manifiesto entre shows. El otro aliciente de la jornada fue puramente musical. Y la llevó a cabo Stromae con su crecimiento imparable. Atentos al zagal.
Si bien el chorreón de energía a base de rock duro (duro como sus gargantas, pues se encendieron un cigarro con la colilla del otro, sin descanso) de The Fat White Family y, sobretodo, el pop electrónico de unos siempre solventes Metronomy –increíble su “Love letters” como tercer tema– despejó simbólicamente –pues no paró de llover– el camino de este primer ‘round’ en Francia, en cambio, propuestas como la de Temples o Pixies, no hicieron más que turbar la velada. Los primeros por descafeinados, por lucir una etiqueta psicodélica que les va grande. ¿Qué hay peor que un grupo psicodélico sin atmósferas?. Desaprovecharon el escenario La Plage y la momentánea brecha de sol en el cielo. No sería gracias a ellos, no, que UK se mantuvo con posibilidades en este, nuestro particular, Mundial. Y luego, bien, luego Pixies. Igual de bochornosos que The Smashing Pumpkins el año pasado. ¿Que a qué viene esta comparación? Pixies capitanea el movimiento de bandas-destroza-sueños-melómanos: hieráticos –ni se hablan, ni se miran–, conformistas, aburridos. Me apena escuchar esta versión de "Where is my mind?" dos veces en un mismo mes –ya los vimos en el pasado Primavera Sound– y con el mismo resultado: ninguno. Y para más inri, me perdí a Benjamin Clementine. Eran poco más de las nueve y para los asistentes, en su mayoría franceses, Pixies fue un palo mucho menos doloroso que la derrota 'bleu' a manos de Alemania. Lo puedo asegurar por las caras. Gracias a Dios o a Stromae (para muchos es semi-divino, también), la lluvia consiguió disimular las lagrimas de la hinchada. El belga tiene algunas de las letras más chorras que hayamos oído, sí, pero de cliché en cliché y con un equipo de una veintena de personas sosteniendo sus shows, ha logrado un montaje explosivo, impactante. Peligroso como un abuelo cruzando por en medio de la calle, sin mirar: pop bestia, con muchas luces y coreografías hipnóticas, casi soviéticas. Tras la avalancha, los franceses Détroit y su batiburrillo entre cantautor y rock clasicorro, simplemente recogieron las migajas antes de pillar la piltra.
"Vi un trozo, sí", me confesaba Ben dirección al recinto, ya en sábado. Abro paréntesis: ¿Recuerdan a Ben del año pasado? Ben, nuestro ‘runner’, sí, él de nuevo llevándonos arriba y abajo: es uno de los 1.000 trabajadores del festival. Y es que Eurockéennes moviliza Belfort, atrayendo además jóvenes venidos de toda Francia, año tras año, para currar. "Vi un trozo, sí", me comentaba contento Ben. Y es fuerte que incluso un tío de rap –y sólo rap– como Ben sucumbiera al reclamo Stromae la jornada anterior. La verdad es que fue algo gordo. "Hoy el tiempo aguantará", me comentaba también. Y fue cierto. El sábado, eso sí, fue la jornada más sucia –y no sólo por las toneladas de fango–: M.l.A. y Skrillex libraron una batalla de la que sólo uno podía salir vivo. Pero eso fue ya entrada la noche, y si algo tiene Eurockéennes es que algo maravilloso se cuece siempre en horario de tarde. Para muestra, el desempeño entre electro y funkorro de Jungle, en Le Plage. Seguidito, Jagwar Ma salieron al Green Room y sonaron algo menos de lo que esperábamos, la verdad; a la formación australiana se le escapó parte de la corte por intentar juntar demasiadas cosas en un set: psicodelia, electrónica, noise... Lo cierto es que la mayoría no huían, tan sólo corrían hacia Gäetan Roussel, ex-Louise Attaque, un ídolo en Francia. Haciendo buen uso de sus dotes vocales y del ‘spoken word’, la música -rock muy repetitivo- no acabó de funcionar: "French rock, it's like english wine", comentaba entre bromas un periodista inglés. Fue el mismo periodista el que me recomendó Circa Waves, banda británica muy joven y con un exceso de escuchas de The Libertines. Cambiando de tercio, si bien Suecia ni siquiera pasó la fase clasificatoria para el mundial, sus representantes en el Eurocks, sí dieron la talla: tanto Little Dragon, música magnética cimentada por Yukimi Nagano (escuchen "Ritual unión”), como la apuesta tribal, hiper-escenificada (busquen fotos en la red), mántrica y algo trance de Goat –éstos ya en domingo–, pasaron la criba. Turno para unos Franz Ferdinand algo dormidos en los laureles y con graves problemas en el sonido: sus 'catchy songs' sonaron esta vez sin dinámicas. Y pronto en los relojes –tan sólo las diez– pero ya algo tarde en las piernas –aseguro que caminar tantas horas sobre lodo es un suplicio– llegó la gran batalla de la jornada por el ritmo. Y, cómo no, M.I.A. más americana que el propio Skrillex en esto de competir, sacó garra. Acompañada por un decorado de mandalas y su 'crew', hizo lo que sabe: mover al personal de un lado al otro, interactuando a la perfección. Dinamitó la noche, sobre todo hacia el final, con un combo “Boyz” –lleno de féminas sobre el escenario- y ”Paper planes”, potente y vacilona como mandan los cánones. Skrillex repitió baño de masas, sí, pero anduvo lejos de algo virguero como lo que se reivindica de ciertos recodos de su carrera. Machacón como pocos, incredulidad fue lo que transmitió su pinchaje: del “Rey León” a “Papanamericano”, más proyecciones de Steve Urkel. Y tiro porque me toca.
El domingo vivimos el mejor de los arranques. El pitido inicial vino acompañado de una jugada explosiva a cargo de Crew Peligrosos. Pese al empaste por momentos de las voces, enseguida se sacudieron los complejos a base de ‘scratch’, ‘freestyle’ y mucha, mucha calle. Si Colombia los tuviera en la delantera, ¡se hubiesen sacudido de un plumazo a Brasil! Y todavía con la comida en la garganta, corrimos hacia La Plage para deleitarnos con lo más arriesgado del festival: Dakhabrahka. Folklore ucranio a cuatro voces, percusión enérgica y un chelo. Ojo el combo. Pues no imaginarían jamás que de aquel mix salieran reminiscencias de ambient, house y hip hop; un viaje- acerca-culturas en toda regla, vamos. Más trillada está la puesta en escena de Biffy Clyro, aunque no por eso dejan de vaciarse en cada bolo y nosotros dejamos de sentir ese picotazo en la columna con temas a pulmón como “Biblical”. Como guinda tuvieron guiños hacia los malogrados ‘bleus’: salieron a hombros. A continuación, y sabiéndonos en la recta final del festival –más corto el domingo-, las expectativas estaban altas con la actuación de Robert Plant & The Sensational Space Shifters, y más cuando, tras un inicio sensible con el cover de Joan Baez “Babe, I’m gonna leave you”, el ex-Led Zeppelin se soltó la coleta y una fuerte ovación corrió entre los devotos. Ya llegó el León de Belfort, pensamos. Pero la verdad cualquier atisbo de fuerza de los temas de la mítica banda británica quedan diluidos por el toque africanista y los gestos a lo Bruce Sprinsgteen. Nada se salió del guión y nos fuimos a casa con una “Little maggie” de su próximo álbum como buen presagio. Los que se atrevieron con algo más atmosférico, en vez del post-dubstep habitual, fueron SBTRKT. Hubiese sido un final de fiesta bastante más vibrante que el ofrecido por The Black Keys. Pese a lo musculoso y potente del bolo (“real music”, lo calificarían los británicos), la sensación fue que tocaron exageradamente para ellos mismos. Sólo “Fever” dejó entrever algo de sangre en esas venas creativas que tiene Auerbach.
Entre la prensa la sensación fue unánime: para cerrar un festival, “ritmo o karaoke”. Y, la verdad, compro la teoría, pues nadie firmaría una final de un Mundial con resultado 0-0, por muy técnico y bien construido que haya sido el juego. La gente pide goles.
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