“It’s gona be a long night, motherfuckers”, advertía Dave Gohl desde el escenario del Sheperd’s Bush Empire, uno de esos locales con el encanto de teatro añejo, algo así como un ensamble entre el Apolo y el Liceu barceloneses, reconvertido en sala de conciertos. Foo Fighters aterrizaban este miércoles en la capital inglesa para celebrar el segundo de la triada de bolos secretos por el Reino Unido. Gira en salas de medio aforo que iniciaban dos días antes, el lunes 22 en The Academy en Dublín y finalizarán hoy en el O2 The Ritz de Manchester. Nada de entradas a la venta por internet. A hacer cola en la misma sala y esperar a ser de los primeros en la cola. Al estilo de la vieja escuela. Nosotros estuvimos ahí.
“It’s gona be a long night, motherfuckers”, advertía Dave Gohl. Y lo fue. Joder si lo fue. La excusa, aparentemente era calentar motores de cara a la gira que iniciaran esta primavera por grandes estadios y festivales presentando su nuevo disco, “My favorite toy”. La realidad fue que, de este solo sonaron un par de temas, uno de ellos el single que lanzaron días atrás, “Your Favorite Toy”. Fue una noche para celebrar sus 30 años de carrera. Mejor aún, y muy especialmente, de sus cuatro primeros álbumes (no nos engañemos, sus mejores trabajos), que fueron los que nutrieron un setlist que se fue mucho más allá de las dos horas de duración.
También fue la velada para que los Foos presentaran las virtudes de su nuevo baterista, un Ilan Rubin que aporrea los parches con la contundencia de un martillo percutor y la precisión de un reloj suizo. Quien no estuvo sobre el escenario fue Pat Smear, el carismático guitarrista de la sonrisa perenne, quien está recuperándose de un accidente doméstico del que salió damnificado con una pierna rota. Su lugar, momentáneamente, lo ocupó Jason Falkner, miembro de la banda de pop pluscuamperfecto Jellyfish y miembro del entourage en directo de Beck y St. Vincent. Debes ser muy bueno para tenerte que aprender de un día para otro un repertorio de veintipico temas. El tipo, la verdad es que lo clavó.
Solo los elegidos pueden empezar un concierto con trio de ases tan arrollador como “This Is a Call”, “All My Life”, “Times Like These”. A partir de aquí una bacanal de rock y decibelios. Sesión maratoniana de cardio con “The Pretender”, “La Dee Da”, “Stacked Actors”, “These Days”, “My Hero”, “Learn to Fly”, “Monkey Wrench”, y desfibriladores en la sala listos por si nos desplomábamos de tanto bombear. La sorpresa llegó hacia el final de la noche, cuando Dave Grohl recuperó del baúl de los recuerdos “A320”, tema que incluyeron la banda sonora de “Godzilla” de 1998 y que desde entonces solo habían interpretado cinco veces en directo. No menos chocante fue que para los bises recuperaran “Exhausted”, un tema de su primer álbum que desde finales de los 90 había casi desaparecido por completo de sus setlists. El epílogo fue, como no, “Everlong”. ¿Su mejor canción? “Cuanto menos la mejor canción para acabar un concierto”, me confesó horas después, mientras le entrevistaba, su guitarrista Chris Shiflett (pero esta ya es otra historia de la que os daremos cuentas en breve).
Yo confieso que, adolescente que corrió un buen par de kilómetros tras la furgoneta con la que Foo Fighters escapó de la sala Zeleste en su primera actuación en Barcelona, hace tiempo que sus discos me habían dejado de interesar. Algún tema por aquí, algún single por allá y poca cosa más. Pero en directo… En directo, panzer rockístico que arrasa por allá donde pasa, no hay nadie (o casi nadie) mejor que ellos. Fue una noche muy larga. Y hubiéramos deseado que aún se hubiera alargado un poco más.

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