De todos los que se celebran en Madrid, el Pura Vida es el festival que con mayor holgura puede obtener las cinco estrellas máximas en un ranking que valore gratuidad, localización -en pleno centro de la ciudad-, calidad de las propuestas musicales y cuidada organización. Todos estos puntos juegan a su favor especialmente este año y vuelven a situarlo como una cita de carácter único, bien concebido y desarrollado por sus creadores. Enhorabuena a que, sin aturdir al personal, las marcas promocionales del asunto pongan la pasta para ver a grupos nacionales y extranjeros de interés. Así, uno puede escuchar a primeras horas de la tarde el rock pueril de Rumori mientras se bebe la litrona comprada en el chino. Conveniente a la par que variado. Por un lado, en la plaza Soledad Torres Acosta sonaron Bultacos, Templeton, Meneo y Lowers, por otro, en Fuencarral, más música en sintonía con prendas de marca, con Djs como Sandro Bianchi. Y, he aquí uno de los méritos del Pura Vida, en Vázquez de Mella, adolescentes góticos, borrachos profesionales del barrio, niños del parque y mucho público treintañero aplaudió el directo emotrónico de Poni Hoax, que comenzó con su brillante “Budapest”. Siguieron los clásicos rockeros, nada despreciables, The Disciplines, y unos Delorean que, aunque no en su mejor concierto -hubo algunos problemas con el sonido, que no llegó a todas las esquinas de la plaza-, pusieron a bailar a fans y desconocidos con “Metropolitan Death”, “No Name” y “As Time Breaks Off”. Sólo cortó algo el rollo la protesta vecinal, suponemos que ya hastiada tras tanto festejo del “Orgullo”.
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