Para su segundo festival, el colectivo Famelia reunió a las mismas bandas que en el primero, lo que ni mucho menos significa inmovilismo, término directamente incompatible con el espíritu de esta propuesta. A cuarenta minutos por grupo, la noche empezó con Decapante: entre el hardcore y el post-rock, contundencia instrumental, batería apabullante y profundidad rítmica. Un inicio al que sólo cabe poner un pero en la excesiva repetición de esquemas. La siguiente en ocupar el escenario fue Ainara LeGardon, acompañada únicamente por su guitarra; repasó los temas de su último álbum, “Each Day A Lie”, en la versión más desnuda del sonido americana, pasando de la delicadeza a la fuerza contenida con que cerró su actuación, una propuesta íntima que, a pesar de sus virtudes, no acabó de encajar en la sucesión de intensidades que dominó en este encuentro famélico. Tomó el relevo el rock con aristas de Doss, más urgente que atmosférico, sin el punto de oscuridad que tiene su segundo disco, “Egometrie”, pero con una factura que recordó a lo mejor del indie, de Shellac a la facilidad para sumar melodías en la maraña ruidista propia de Sonic Youth. Lástima que no tuvieran veinte minutos más. Cerraron Rosvita, con nuevo disco, “Podrida ser” (que además es el primero de Famelia como sello), recién publicado: defendieron en directo su vuelta al formato de trío, con una vitamínica sucesión de temas coloristas, teclados juguetones, melodías de dibujos animados, voces sintetizadas y algo así como el surf galáctico de una ciudad sin playa. Dejaron casi para el final “Calcetines rojos de la suerte”, ideal para poner el broche de oro a una fiesta que demostró que el underground madrileño tiene cuerda para rato.
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