Belfort acoge, desde hace un cuarto de siglo, la celebración del Glastonbury francés. Salvando las distancias, Eurockéennes es otro de los festivales decanos de Europa. Ampliado a cuatro jornadas para la ocasión, su celebración es un juego de contrastes: del fango a la insolación, de los 'must' de tarde a la decepción de algún cabeza de cartel. Horas y horas de convivencia entre 127.000 asistentes (en total) en un paraje único y con un mensaje compartido: diversidad, adaptabilidad y sostenibilidad. Por cuatro días, todos fuimos zapatistas. Así se gestó la revolución.
Ben es futbolista. Ha jugado en la segunda división checa, apuntaba maneras por lo visto. Una serie de lesiones lo han tenido un año en el dique seco y ahora, a sus veinticuatro años, ha vuelto a estudiar mientras hace currillos. Habla un buen inglés. Él es nuestro runner oficial (y guía oficioso en Belfort). Primera advertencia: “M -artista de pop francés- va a estar a petar”. Como la mayoría de jóvenes de Belfort (50.000 habitantes), Ben trabaja en el festival. Y es que la ciudad se vuelca con Eurockéennes, que necesita muchas manos para celebrarse –hasta novecientos profesionales-. Tiene un consejo para cada jornada y, como a la mayoría, le encanta el hip hop. Buena muestra de ese gusto se refleja en el line-up del festival, plagado de raperos franceses. Bien, de artistas franceses en general –en Francia se reserva por ley la ‘paridad’ musical-. Aun así, hay variedad.
Una vez dentro del titánico recinto, una península custodiada por un imponente lago, visitamos el escenario grande. Allí Gary Clark Jr. ofrece un recital de buen soul y de serpenteo con la eléctrica. Y corriendo a la explanada del Green Room. La del jueves fue la típica “tarde ganadora”. En poco más de dos horas, Asaf Avidan y Alt-J (con puesta de sol incluida). Fue el israelí el que demostró mayor soltura. Tiene argumentos. Con un timbre de voz de agudo-rompe copas, su show mezcla bien el pop, la música del desierto, algo más tribal y el soul. Numerosos músicos en el escenario para hacer de “Different Pulses” algo antológico. Mientras nos alejamos hacia “La plage” a ver Alt-J, se oye el eco de “One Day”, el hit más comercial de Avidan. Y como decía Ben, una marea se desplaza en sentido contrario al nuestro, M y Alt-J se solapan. Al principio sufro, pero por el bien del fin de semana, asumo esto de los –continuos- enganches. Alt-J emocionaría con el lago de fondo (¡qué escenario!). “An Awesome Wave”, mejor disco para esta revista, no desmerece en directo y, claro, escuchar “Taro” con el sol reflejando en el agua es de lágrima. A continuación Joey Bada$$ me quitaría la tontería de golpe. A golpe de bajo, y de movimientos “wutangclaneros”, acabaría coreado. Ya con la noche encima, los sombreros empezaban a aflorar, Jamiroquai intentaría recuperar un cetro que ya no le pertenece. Si algún día en sus directos hubo magia funkie, soul o jazz, eso ya es parte del pasado. Poca energía y un directo sin dinámicas, muy fiel a su versión en CD. Tras algunas canciones, y algo de decepción, probamos suerte con… ¡Major Lazer! Sí, amigos, me dejé aconsejar por mis homólogos, los journalist ingleses. Última vez. Lo de Diplo y su electro ragga es zapatilla pura y dura, capaces de mezclar en un momento “Suavemente” y “Harlem Shake”. La gente enloqueció durante una hora, pero para un servidor, aquello a la una de la mañana era demasiado.

El viernes sería el día más polar de todos. Si bien la primera parada la haríamos con Deap Vally, intrascendente su rock, cargado de clichés (risita por aquí. ¡Ups! ¡Qué mal toco la guitarra, por allá), no fue hasta Matthew E. White cuando vivimos los primeras emociones. Y es que cuanto rollo tiene el de Virginia. Escudado por el bajo, el barbudo –con cariño- es una delicia, un neo-hippie de los que te perpetua el trinomio Festival-Woodstock-hippismo. Para muestra, “One Of These Days”. Mientras los australianos Airbourne se desgañitaban con su espectáculo –mucho espectáculo- hard rock -los oíamos mientas cenábamos-, nosotros asistiríamos a otro tipo de ruido: Fidlar y su garaje. En el escenario ‘pequeño’, “No Waves” resonó envuelta en el mejor punk skater, muy sentido. Destrozó zapatillas, levantó polvareda y manteos. Y no sé si era yo que venía con las pilas demasiado cargadas pero la arquitectura pop de Woodkid –baño de masas en el main stage- me resultó lineal, en exceso barroca. Toda la pretensión de la que hacían gala contrastó al poco tiempo con el que se suponía era el concierto de la jornada. The Smashing Pumpkins fue, a tenor de la cara de los asistentes y de la del propio Billy Corgan, un hueso duro de roer. Si bien ellos nunca fueron muy parlanchines, no se puede tocar con el piloto automático de una forma tan insensible. Y menos cuando en tu repertorio tienes piezas de la potencia de “1979” o “Tonight, Tonight” (la única que brillo a pesar de la desgana). ¿The Smashing Pumpkins se han vuelto funcionariado? Del burocratizado. Con algo de ajetreo en la oreja nos despidieron The Bloody Beetroots, tocaba descansar, pues lo mejor estaba por llegar.
Era sábado, se acercaba el ecuador del festival y hubo decisiones dolorosas. “Dice las cosas como son, como las pensamos”, me advertía Ben camino al festival. Se refería a Kery James. El francés es tótem de adoración para los jóvenes vecinos franceses… sí, pero Dinosaur Jr. son mucho Dinosaur Jr. Bien, antes de la gran decisión, no hubo tu tía con Black Rebel Motorcycle Club. Desde que los viera en sala en Barcelona, son cita ineludible. Lidiaron bien en un escenario grande medio vacío y tiraron de oficio. Finalmente me decanté por “rock made in USA”. Me la jugué con Ben, y de poco no nos lleva al hotel esa noche. Pero valió la pena. Antes de Dinosaur Jr., en “La plage”, Mykki Blanco, en un espectáculo a caballo entre el transformismo, el vodevil, el rap y la rave. Suerte que sólo fue media hora. Entonces sí, saltaron los americanos a escena. Dinosaur Jr. demostraron galones y, sin despeinarse, pusieron en pie a los asistentes. De camino a Two Door Cinema Club, esquivando apneas involuntarias (síntoma de gran festival, supongo), nos topamos con parte de la animación itinerante preparada por la organización: teatros, perfomances, gigantes… esto también es Eurockéennes. Ya con el traje de baile puesto, los británicos desplegaron su repertorio sobre el escenario. Muchos aires de grandeza, ya consagrados como seguro de vida festivalero. Y pese a que nadie discute esta idea, se gustan demasiado en algunos tramos del show: fases a piano a lo Chris Martin, efectismo en las pausas y reanudaciones… el futuro les augura más grandes escenarios, a ver a qué precio. Y ahora sí, despejen la mente, limpien sus oídos. Está claro que lo tenían todo a favor: jugaban en casa, tiene un set llenito de temazos y un disco genial, “Bankrupt!”, bajo el brazo. Sí. Pero la emoción no la puedes traer de casa. Y es que Phoenix, representados por Thomas Mars, su frontman, se deshicieron, dando el ciento por ciento de sí en el bolo más bello que recuerdo. Mars no pudo cantar más, rompió el micrófono y se fue a dormir. Responder ante tantos decenas de miles de almas, debe ser toda una presión.

Domingo. The Vaccines tal vez anden entretenidos viendo ganar a Murray en Wimbledon. Empiezan media hora tarde su bolo. Descafeinados y sin ganas de enmudecer, como mínimo su retraso nos sirvió para no esperar para Tame Impala. Lo de los australianos, claro, ya fue otra cosa: mucha más canela. “Lonerism” es brillante de pies a cabeza y con el sol a media asta, más. “Feels Like Go Only Go Backwards”, coreada. La experiencia acababa, era momento de reponer fuerzas mientras los éxitos noventeros –“y nunca se supo más”- de Skunk Anansie sonaban de fondo. Esperaba de una tacada a My Bloody Valentine y Blur. Los irlandeses desplegaron su arsenal de ruido, con algún que otro toque en el sonido, y con una Bilinda Butcher sonando imperceptible -más de lo habitual-. Vamos acabando. Jamás hubiera pensado que los franceses bebieran tanto los vientos por Damon Albarn. ¿Será el diente postizo? Bromas al margen, el público estuvo volcado. Blur ofrecieron un grandes éxitos, cómo el del pasado Primavera Sound. Cómo siempre, una “The Universal” meteórica y pasajes del show, los momentos “delirios orquestales de Albarn”, los más aburridos. Hubo tiempo para acordarse de la lucha egipcia en “Out Of Time”. Y así, punto y final al alzamiento revolucionario de Belfort. ¿Revolucionario? ¿No era el indie reaccionario? No lo discutiré ahora ya que Eurockéennes tiene su propia forma de revolución: la de cuidar el paisaje –reciclando vasos-, los accesos -para aquellos con movilidad reducida y otras necesidades-, a los de casa, como Ben; la de hacer un cartel variado y con oferta local. La revolución, amigos, es aguantar veinticinco años con una organización impecable.
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