Un jersey de algodón de color azul marino, o blanco, o flúor, que es lo último que se lleva. Un jersey para esquivar el viento de Poniente -¿quién decía que en el sur te morías de calor?-, un abono de dos días y un puñado de euros que intercambiar en Miradores. La moneda de papel celeste en la que en este festival, como quien juega al Monopoly, se intercambian las tapas de salmorejo y las cervezas. Hace falta muy poco para disfrutar de la música con el placer que sólo dan las distancias cortas. Bailando frente al escenario algunos, sentados sobre los bancos de madera otros, sólo hay que dar unos pocos pasos por el recinto para percatarse de que este es un festival atípico, más pequeño, insólitamente íntimo. El II Festival Mirador Pop, la cita de la ciudad de Cádiz con la música indie, ha cambiado de escenario para llenar los muros de un antiguo baluarte militar de letras generacionales, mujeres indomables y un puñado de barbudos. Los días 10 y 11 de junio un cartel coronado por un entregado Sr Chinarro reunió a la tribu de incondicionales de esta marca musical que, de la mano de su ciclo de conciertos, ya ha traído a la ciudad a algunos de los nombres imprescindibles de la música independiente de este país.
El cambio de lugar y la apuesta por la I Muestra de Documentales Musicales han sido las dos grandes novedades de la segunda edición de un festival que explica sus encantos y vacíos con ese saborcillo a grupo de amigos, disfrute en familia y melomanía que otras citas perdieron hace mucho tiempo. El viernes el programa echó a andar con el dueto formado por Esteban Ruiz (The Baltic Sea) y José A. Pérez (Blacanova) en I am dive que sirvió para desperezar el público y prepararles para el acústico de Francisco Nixon que consiguió ganarse a un público algo aterido con un puñado de melodías, desde "Natalia Verbeke" hasta "Me casaré cuando me enamore" para terminar arrancando los coros del himno "La vida sigue igual" en un homenaje colectivo a ese Julio Iglesias sentimental que marcó una era.
Al día siguiente, ya desde primera hora de la tarde, La Habitación Roja -con pocas ganas de dejar Cádiz hacia otros compromisos en Sevilla- abría boca de un programa que fue in crescendo. Su trío acústico campeó el sol de la tarde y permitió que, al abrigo de los temas de "Universal" y algún que otro extra –como el Disneylandia tomado prestado de Los Burros-, hubiera espacio para la reivindicación desde el otro lado: “A ver nos invitáis de nuevo pero esta vez con toda la banda, que se han quedado con mucha pena”.
Algo perdida entre actuación y actuación, la gente ya animada se desperezó de nuevo con las melodías envolventes de Tannhaüser capaces de impactar a un público al que se sumaban los rezagados recién llegados de la playa y que tuvo a bien cantar cumpleaños feliz al batería, Eduardo Escobar, que acababa de regalar un ejemplo de buen hacer sobre el escenario.
Más que naturales fueron las casi cándidas Me and the Bees, demostrando con la sonrisa de Esther Margarit en primer plano que puede hacerse buena música sin tomárselo demasiado en serio, inventándose alguna letra en inglés, tocando y fumando al mismo tiempo y llevándose de calle al auditorio con una lección de conocimiento del medio porque, como bien bromeaba Verónica Alonso sin desprenderse de sus gafas “En Santoña también se conoce quiénes son los clásicos del Carnaval de Cádiz”.
La noche pegó un giro de 180º con la que fue para muchos la sorpresa del cartel: la fuerza sobre el escenario de una sensual Maika Makovski que sedujo al auditorio y aceleró las pulsaciones. Una mano en la acústica y otra en el teclado. Un pie en la tierra y otro en el cielo, adonde llevó a un público que, con el corazón en la boca, se dejó las manos para aplaudir el cierre de su ardiente "Lava Love". Para entonces, el espacio ya estaba lleno y la gente ya preparada para volcarse al derroche punk Triángulo de amor bizarro y dejarse los pies y la vida en ello.
En su salsa, como otro que regresa al sitio donde están los suyos, cerró el ciclo Antonio Luque, a quien el público -cómo no- gritó Presidente tras bailar como locos los temas del último disco y también algunos clásicos. Arropado por los chicos de Maga y con la naturalidad de quién se siente como en casa, Luque tuvo tiempo de hacer recomendaciones turísticas y llamadas a la acción aunque el final fue para ese rayo verde que, por esta vez, se había olvidado de esperar sobre el cielo de Chiclana porque, una vez en Cádiz, había preferido dejarse seducir por los encantos de la Taberna El Manteca. Fiesta post festival y un regusto a querer más confirman el sitio que este Mirador Pop se ha hecho entre el público y entre los artistas, confundidos entre la gente con esa tranquilidad que dan las citas pequeñas, en las que todos terminan sintiéndose como en casa.
Sólo un pequeño apunte, hace años que Valentín García no es baterista de Tannhäuser, el que acababa de regalar un ejemplo de buen hacer sobre el escenario y cumplía años ayer, se llama Eduardo Escobar. Dicen las malas lenguas que se parecen, pero todo es fijarse un poquito. Un beso!
Ya le hemos colocado a Eduardo donde se merece. Y de paso, que cumpla muchos más.
Qué guapa Maika! Sin duda el mejor concierto del día!
That kind of thikinng shows you're an expert