Empezar con la tremenda batería de Charles Hayward, pensar en Mogwai después de ver el concierto de Fuck Buttons y acabar con el sonido corrosivo y extremo de Wolf Eyes son tres razones para hablar de electrónica, experimentación y vanguardia, pero también de rock. Sólo así se puede acercar uno a lo que hizo Hayward (This Heat, Camberwell Now, Massacre) el viernes en el auditorio de La Casa Encendida: empezó con dos piezas al piano y luego, hasta casi completar una hora, dio una soberana lección de técnica a la batería, soltando bases y multiplicándose para dominar el sonido con una puesta en escena que no necesitó más para convencer. Un frenesí sin exhibicionismos estériles que se hizo merecedor del entregado aplauso del público. Tomó el relevo en el patio el gallego Carlos Suárez, cuyos paisajes quedaron demasiado dispersos, a la espera de un programa doble que no defraudó. Primero fue el turno de Zombie Zombie, con un entretenido set de retro-electrónica, combinando batería con sintetizadores analógicos: Etienne Jaumet (con camiseta de Spectrum para la ocasión) y Cosmic Neman en un mano a mano que derivó en electro desenfrenado y bailable, aunque también con un punto facilón (pasada media hora en realidad ya habían dado muestra de todos sus trucos). Más esperada aún era la presencia de Fuck Buttons, una de las sensaciones de las últimas temporadas, con “Street Horrrsing” (2008) como aval y el inminente “Tarot Sport” como confirmación de que lo suyo va muy en serio. Andrew Hung y Benjamín John Power empezaron arriba, muy arriba, y allí se quedaron. Una inmensa planicie, un desierto de sal casi a cuatro mil metros; a día de hoy, Fuck Buttons está convirtiéndose para la electrónica en lo que My Bloody Valentine fue (y es) para el rock: un muro enorme, el sonido total, como también hicieron Mogwai luego, confirmando que el post-rock tiene sentido, aunque sea en una vida bien distinta. Ritmos marciales, algún teclado que quedó demasiado perdido, un cierto toque tribal, un micrófono de juguete y voces distorsionadas, coqueteando con el noise sin ser noise. “Sweet Love For Planet Earth” o “Bright Tomorrow” fueron dos de las cimas de una actuación en la que no sobró absolutamente nada.
La jornada del sábado tenía la primera gran cita con Sergi Jordà y su reactable, un instrumento electrónico con fuerte componente visual. La pantalla que daba cuenta de los movimientos de los cubos para generar sonido tuvo algo de didáctico, aunque a fin de cuentas se quedara poco más que en eso; picoteó de varios estilos, pero de manera un tanto inconexa, sin hilvanar un discurso de fondo precisamente en una edición de Experimentaclub que se presentaba con el eje común de la electrónica como elemento narrativo. El siguiente protagonista, ya en el patio, fue Miguel A. García, que desplegó una atmósfera de ruido y silencios, tomando el relevo a la oscura sesión/baile de máscaras de Elena Cabrera, mientras en un rincón Machines Désirantes daban forma a los visuales en tiempo real. Siguiente gran cita: Pram. Aquí sí hubo guión, con el grupo casi en segundo término frente a las proyecciones (incluyendo un fragmento de “Carnaval en Rio”, que provocó más de una sonrisa entre el público, justo un día después de que la ciudad brasileña se impusiese a Madrid en la lucha por los Juegos Olímpicos). Dream pop, jazz y electrónica caminan de la mano, dentro de un transitar hipnótico roto por el theremin (en un contexto bien distinto al de Zombie Zombie un día antes) o el trombón, en ambos casos con Harry Dawes como protagonista. Una actuación, en definitiva, para dejarse llevar y encontrarse con pasajes de una belleza casi inédita. El domingo concentró lo mejor al principio y al final, mientras que por el medio se quedaron Mahmoud Refat y Derwinzige -con una sesión abrupta y nada condescendiente-; primero fue el minimalismo de Arbol (con la finlandesa Solu en la parte visual y un resultado notable), luego el ruido blanco de Pan.American (el ex Labradford Mark Nelson), entre el ambient y los microsonidos; y finalmente el ruido en toda su extensión con Wolf Eyes. Nate Young, John Olson y Mike Connelly abortaron de raíz cualquier posible tendencia al abotargamiento en una jornada habitualmente dada a la resaca: hicieron bueno el exceso, casi de manera impía, sin permitirse ni un solo momento de tregua y llevando al límite una octava edición de Experimentaclub que se cerró de la manera más rotunda posible.
no lo juraría ahora, pero yo creo q sí sonó. de todas formas, a mí me gusto más Pram q Fuck Buttons, los disco están mejor