Más de 20.000 personas en las dos jornadas del BIME Live, superando la audiencia de su primera edición del año pasado y cumpliendo las expectativas marcadas para este, dan buena cuenta de la salud, oportunidad y hueco para un evento de estas características en pleno otoño, al menos estacional aunque no climatológico, en una ciudad que ya disfruta unos meses antes de un festival de las dimensiones del BBK Live. Y como siempre, esa combinación de grandes nombres de atractivo comercial junto a caminos secundarios como guiño al melómano recalcitrante, y con una atención muy especial a las bandas locales, que disponen de un escenario en exclusiva para ellas.
Viernes, 31 de octubre de 2014
Así, el viernes oficiaron de primerizos anfitriones los guipuzcoanos John Berkhout, banda que ha acaparado buena parte de las letras impresas y digitalizadas dedicadas a las más recientes novedades estatales con su folk de hechuras modernas, pero que, a esa hora y en un ambiente desangelado, resultó algo plano y con pocos matices. Lo mismo bebían de la tradicionalidad folk de un Cat Stevens que de la progresiva británica de unos Jethro Tull, además de la eterna comparación que reciben con Fleet Foxes, pero sin levantar un vuelo que sí han demostrado en otras ocasiones que saben manejar. Aun así, calentaron los motores que aceleraron los locales The Weapons, arrasadora e inusual presencia, por cuanto el rockabilly desgraciadamente no suele estar en este tipo de festivales. Pero esta gente bien conocida de la rockería bilbaína defiende con chulería y garra los ritmos trotones de “They want to touch my skin”, la espléndida melodía de “A weapon called love” o el puro aire a road movie hecha canción de “In the line of love”, bordeando el rock americano más enérgico o los recuerdos a Link Wray, y dirigiendo el calor hacia la fiesta con sus lecturas del “Dancing with myself” de Billy Idol y la descacharrante “Tubthumping” de Chumbawamba. Por su parte, los irlandeses We Cut Corners trataban de profundizar una vez más en las posibilidades de algo tan repetidamente manido últimamente como la formación de dúo con batería y guitarra buscando la fusión entre blues y pop, consiguiendo su mayor éxito con un “Best friend” enérgico y cortante, para un ejercicio interesante pero conocido.
Y si en una noche de Halloween era plausible haber visto más de un giño a la fiesta necrófila por excelencia sobre los escenarios, muchos hubiéramos deseado que éste no se produjera de la mano e imagen de Imelda May. Pero así fue, y su encarnación de Lily Munster encajaba a la perfección con su rubio mechón pero nos privaba de disfrutar de algo tan banal pero significativo como su eterno rizo. Fruslerías aparte, con toda la banda igualmente disfrazada, incluidos los técnicos de escena, realizaron su habitual homenaje a la amplitud estilística del rock and roll, en un set sobrio, sincero, cercano y agradable. Y es que lo suyo es, desde el primitivismo de un “Johnny got a Boom Boom” o un “Five Good Men”, revisitar buena parte del espectro sonoro del rock, ya sea del blues arrastrado y enigmático de “Big Bad Handsome Man” al llevado al estándar crooner de garito y derrota de “Gypsy in me”, del jazz de orquesta decadente de “Wicked way” al mambo de sabor latinizado en “Inside out”, pasando por el abrasivo power-pop ochentero de la espléndida “Round the bend”, con una banda excelentemente capitaneada por la guitarra de su marido Darrel Highman.
Así que mecidos aún por sus sones, el esfuerzo emocional corría ahora por parte del oyente, al pasar sin descanso alguno al incandescente magma que fue capaz de fundir Thurston Moore. Con una banda de fortaleza granítica formada por la guitarra de James Sedwards, pero sobre todo la base rítmica de Debbie Googe, bajista de My Bloody Valentine, y su eterno compinche Steve Shelley, Moore se dedicó desde los casi quince minutos de la inicial “Forevermore”, a presentarnos el alma lacerante de los callejones de un Nueva York que puede que no exista para la oficialidad posmoderna, pero que revive o toma cuerpo desde la percepción minimalista de unas canciones brutales. Cercano a la última etapa de Sonic Youth, y con el óxido al aire de las agonías de Lou Reed y Television, el juego de guitarras de “The best day”, disco y canción, desbordaron las más optimistas previsiones para ofrecer un set soberbio, directo, fascinante en su ruidismo sin atisbo de manierismo, un concierto difícilmente olvidable. El dolor no procedía de la tormenta sónica sino del mero hecho de que la canción tocara a su fin, punteada por una película de fondo en la que durante casi una hora una mano era incapaz de asir objetos cayendo. Casi como nosotros lo escuchado. Tremendo.
Con la sobria y enigmática “Suzanne and I”, Anna Calvi comenzaba su sustancioso paseo musical por un mundo propio que le lleva del espíritu del cabaret de la década de los 40 al eco y reverb de guitarras cortadas en los 50 pasando por el muro de sonido de los 60, algún aire latino y el surrealismo enigmático que hace las delicias de Nick Cave o David Lynch. Enérgica en la guitarra y potente en la voz, es ese trance emocional de canciones como “I’ll be your man” y “Love won’t be leaving”, además de la épica “Desire”, el que más destaca. Curiosamente, las tres de su disco debut de hace tres años. Por su parte, Neil Hannon ejerció del auténtico crooner británico que es, con unos The Divine Comedy a su entero servicio. Un servicio que no era total por urgencia médica, ya que, como él contó, presentando incluso las radiografías, la rotura de un dedo le obligaba a abandonar una guitarra que quedó ausente en todo el concierto. Y aún así, soberbias piezas de pop como “Generation Sex”, “Everybody knows (except you)” o la encantadoramente coreable “National Express” son capaces de levantar a la gente de los asientos del escenario tipo teatro con ese gusto melódico que tienen las canciones perfectas.
Y habrá que aceptar que en este tipo de encuentros no es extraño que los cabezas de cartel, aún siendo nombres que atraen multitudes, sean bandas que ya han vivido sus mejores momentos de gloria. Como en el caso de la jornada del viernes y de Placebo (en la foto). El rock de esencia bailable y moderna de los ingleses, con una base estética en una androginia que tampoco hoy en día es ya tan identificable, ha devenido con el tiempo en un indie-pop de mucha menos enjundia, que hace resentirse el concierto cuando éste se centra en sus temas más recientes, aunque piezas como “Rob the Bank” resulten de total actualidad. La inmediatez de canciones como “Song to say goodbye” remonta por momentos uno de esos conciertos que parecen vivir más por lo que grupo y audiencia desearían que fuera que por lo que ofrecen y reciben.
Sábado, 01 de noviembre de 2014
Eran los argentinos Babasónicos los encargados de comenzar jornada, con ese pop bailable y de inspiración comercial pero preñado de la capacidad argentina para la melodía aguerrida y chulesca, que destacaba más en los ritmos americanos de “El ídolo” o el pop-rock de “Yegua” que en los tonos más bailables de “La lanza”.
Y ya entrados en calor, el sábado presentaba toda una montaña rusa de intimismo y adrenalina casi a partes iguales. Ese primer carácter quedaba claramente expuesto en tres nombres. Primero, My Sad Captains, banda londinense con tres discos en cartera y una capacidad para el pop crepuscular de atractivo indudable. Entre psicodelia delicada, melodías planeadoras y capacidad onírica se cuelan recuerdos a nombres como unos Luna sutiles y accesibles o los Yo La Tengo más íntimos pero sin olvidar la distorsión. Así, canciones como la reptante “Orienteers”, la dulce “Wide Open” o “All times into one” les convierten en uno de esos tapados que dan lustre al festival. Segundo, Dawn Landes, cantautora americana con capacidad para la melodía folk y poseedora de una voz esbelta y con cuerpo. Sin que esto quiera ser una revista del corazón, su matrimonio, y posterior divorcio, con Josh Ritter le ha dado una popularidad que ya llevaba buscando desde hacía años, y canciones como el sentido y delicioso, y muy coreado, vals country “Cry no more”, un “Oh Brother” con toques acústicos de rock americano tradicional o la melódica “Try to make a fire burn again” bien merecen la atención por ellas mismas. Y tercero, Chris Garneau, cantautor neoyorquino que sentado en soledad frente a su piano eléctrico, desgrana canciones con una sensibilidad a flor de piel, entre el estándar americano, el pop atemporal o el cantor de garito, en un concierto tan extremadamente corto que apenas llega a la media hora.
Tan corto fue lo de Chris Garneau, que nos encontramos sin excusas profesionales que nos evitaran sufrir, aunque solo fuera “Gloria” y “Dance with somebody”, pero sufrir, a Mando Diao, esos suecos que a base de tocar en cuanto festival se ponga por delante han conseguido tal número de seguidores de su pop de ansia bailable, y tan fieles, que seguramente anden buscando ahora a este cronista, dada su displicencia para con sus ídolos. Claro, que anteriormente habíamos aumentado nuestro colesterol con los higiénicamente sucios, rugosos y rasposos (en cuanto al sonido, ojo) The Orwells. Lo suyo pareciera sacar el garage, el rock enérgico o el rock’n’roll más directo del garito lleno de humo para llevarlo al estadio y tiznarlo de una pátina de épica. Da igual que suenen a los Sonics o a los Blackhearts de Joan Jett, el histrionismo de un Mario Cuomo aparentemente pasado de vueltas resulta algo excesivo, y sin resultar en absoluto decepcionantes, no alcanzaron lo prometido en disco, por más que el glam y bubblegum de un pildorazo como “Bathroom Tile Blues” o su nuclear “Mallrats (La La La)” tengan algo más de enjundia. Desde luego, al menos, mucha más que The Kooks, siempre al abrigo de ese pop juvenil que, aunque en ocasiones tenga energía cortante, en directo remite más a los antiguos Duran Duran que a sus comparados Arctic Monkeys, aunque que canciones como “She makes on her own way” o “Junk of the heart (happy)” consigan miles de sonrisas entre sus oyentes, o su antigua “Always where I need to be” no deje de ser todo un trallazo.
Cosa muy distinta y, desde luego, mucho más memorable es lo del cantautor británico Billy Bragg, superviviente en excelente forma de la explosión punk de finales de los 70, de la creatividad pop de principios de los 80 y del espíritu contestatario, rebelde e ideológicamente de izquierda radical que siempre enarbolara Woody Guthrie. Porque es el padre del folk nómada americano el auténtico guía de Bragg, que grabó junto a Wilco el memorable “Mermaid Avenue” musicando letras de aquel, y del que nos regaló en directo “Way over yonder in the minor key” y la inolvidable “California Stars”, además de homenajear a la máquina de matar fascistas de Guthrie. Pero es que entre recuerdos a Podemos, al anticapitalismo y apoyos a la independencia de Escocia, se marca una fantástica versión del “Dead flowers” stoniano, excelentes “Greetings to the new brunette”, “No one knows anything anymore”, “Sexuality”, o la icónica “A new England”, entre la profundidad de su voz, el pedal steel y el resto de la banda. Resumiendo su esencia, “Waiting for the great leap forwards”.
Hay grupos que pareciera que siempre deben estar aclarando su procedencia, su presente, su futuro. Y si The National son uno de ellos, en el BIME dejaban claro que lo suyo tiene los mimbres de lo permanente. Acompañados por un Sufjan Stevens que admite un papel muy alejado de su nombre propio, y con un Matt Berninger con la cabeza inclinada sobre el micrófono y las dos manos apretando el pie del mismo, humillado y humillando a la vez, The National encaran canciones de sabor casi eterno como “Blood buzz”, “Sea of love” o “I need my girl” como si fueran letanías, con sección de vientos dotando de carne orgánica a todo el entramado. Pero a pesar de unas proyecciones de colorido psicodélico, es Berninger quien centra todas las miradas, todas las ansias, todas las emociones, con su particular recitado, comiendo las palabras para después escupirlas, exudando melancolía en “Ada”, yendo de la caricia al paroxismo en “Pink rabbits” o en “England”, una canción que resume a la perfección lo que es el sonido de The National, un rock con la esencia que nace de la tradición de la raíz americana puesta al día, aunque la vitaminen con aires pop y la entristezcan con el hábito de la melancolía. Su directo resulta sabroso, denso pero agradecido, y aunque Mark Berninger cometa algunos excesos escénicos de épica grandilocuente, la rabia creciente de canciones como “Fake empire” o “Mr. November” son suficientes como para hacerlos olvidar y rasgar la tensión acumulada.
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.