¿Acaso el postpunk no debería llamarse en realidad “postprog”?, se pregunta en su último libro “Freaks out!” Luke Haines, líder de, entre otros,The Auteurs, además de compinche de Peter Buck de REM en un par de álbumes recientes. Esa misma pregunta me he hecho muchas veces, siempre y cuando extendamos el concepto de prog a escenas colindantes como el kraut alemán, el sonido Canterbury, la No wave neoyorquina o incluso el free jazz. Porque en verdad el postpunk, que surge como base allá por 1978, en muchos casos se nutre de punks primerizos desencantados con el propio cul de sac del invento, con ejemplos como Johnny Lydon en PIL y distintas bandas con mucho fundamento: The Fall, The Wire, The Damned, Magazine, Stranglers, Gang Of Four..., músicos que conocían de primera mano a King Crimson, Can, James Chance, Ornette Coleman o Gong, y precisaban estrujar su imaginario, conjugar su energía juvenil con sonidos nuevos y angulosos. Y todo el no future al que estaban abocados tanto al punk como al prog, en teoría formas antagónicas y demasiado endogámicas, deparó un espléndido porvenir a próximas generaciones. A principios de este siglo ya se vislumbró un conato, con unas cuantas bandas remarcables (LCD Soundsystem...) y otras más prescindibles (Interpol...?), para retomarse a sí mismo a mediados de la segunda década del XXI, reforzado ahora además con influencias posteriores como noise, electrónica o math rock, lo que ha desembocado finalmente en unos cuantos ejemplos brillantísimos, tal es el caso de Squid, black midi, Crack Cloud, The Gilla Band, Black Country, New Road, The Idles, Shame, Fountains DC, Chat Pile o Viagra Boys, a los que he tenido la oportunidad de disfrutar en directos en muchos casos ex-tra-or-di-na-ri-os.
Lo de DEADLETTER se mueve en un tono algo menor, algo más unidireccional si se quiere, pero no por ello menos disfrutable para una reflexiva noche de viernes. Sin ser altamente originales cumplen con lo que esperable como género, en contradicción, eso sí, con la enorme versatilidad del mismo. Ante unos 300 asistentes de variadas edades, el sexteto londinense salta a escena en el Kafe Antzokia bilbaíno con el fondo de “The ecstasy of Gold” de “El bueno, el feo y el malo” de Ennio Morricone, que enlazan con los dos primeros temas de su segundo álbum. Primero con esa intro misteriosa de “Purity I”, con la batería marcando el compás, una guitarra cortante y la voz firme de su menudo cantante Zac Lawrence, que en la parte final se abre hueco entre el público, pero lejos de cualquier incitación al desmadre, más como Moisés cruzando el Mar de los Juncos. En “To the brim”, uno de sus aciertos más brillantes y sofisticados, prueban giros, ecos, arpegios acústicos y un saxo desparramado. A partir de ahí se van alternando piezas del señalado “Existence is bliss” (2026) con su debut en largo “Hysterical strengh” (2024). La alternancia incluye también desde la progresión dramática de “(Back to) the Scene of the Crime” al rotundo estribillo de “More heat”. Destaca el bajo rebotante y los coros varoniles de “Bygones” con distintos registros de un saxo tan omnipresente como amoldado al conjunto, que hasta se vuelve ambiental en la cambiante e introspectiva “Deus Ex Machina”.

La última media hora, sobre un total que apenas supera los 75 minutos, reserva su fase más propensa a una intensidad contundente y eléctrica, recuperando uno de sus primerísimos singles, un “Fit for Work” (2020) que es puro nervio vacilón a base de batería, saxo y guitarras en un remate espídico. Le sucede “It comes creeping”, quizá su mayor logro hasta ahora como canción para la historia, que combina ritmo trotón con guitarra a modo de sirena y alta tensión. Con “Frosted glass” se retiran para rápidamente volver en un bis que ataca su bailable single “Binge” (2022), y Zac Lawrence confundido entre el público de nuevo con ese estribillo, casi de predicador laico, “Wants, needs, hopes, dreams... life’s a binge” que nos recuerda a los Godfathers y su ciclo repetitivo “Birth, school, work, death…”. Finalmente “Cheers!, también de su álbum novedad, cierra la función en ese tono de medias explosiones que entrelaza calma sofocante y medias tormentas. No hay intención de apabullar, tampoco de soltar frases o estribillos facilones, se impone el lado más críptico y sensibilizado de toda esa serie narrativa histórica del mejor rock británico. Necesita Bilbao que vengan más bandas como DEADLETTER, en pleno proceso de crecimiento. Esto es rock’n’roll!
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