Dejar plasmado por escrito lo que supone un concierto en el cual se dice “hasta pronto” a un grupo es complicado. Ahí entran en juego la emoción y los sentimientos del público, y especialmente de los artistas en el escenario: los nervios previos, la rabia, la adrenalina del momento, y esa sensación de descarga, emoción y de vacío de cuando bajan del escenario. Vacío de aquellos que han sacado por última vez aquello que llevaban dentro.
En esta ocasión The Driver se despedían de nosotros -esperemos que solo de momento- y, tal y como es el grupo, llevó al extremo todas esas emociones. Eso hizo de aquella noche algo especial, en la que incluso el grupo decidió presentar canciones nuevas, arrancando con CMCS HC 8BT, y la cosa no bajó un segundo. Alec Pis como una metralleta visceral fue escupiendo letra a letra su mensaje de autoafirmación y crítica a aquello que se da por sentado y que nos rodea: canciones como Idiota de Gimnasio no hacen sino echar más gasolina a todo eso. Aun con todo, sin tener que ser todo el golpe en la frente y dejando espacio a tomar aire, Horlogue o Alimañas siguen demostrando por qué fueron singles: canciones de tempo más lento pero mismos lugares comunes, que hicieron tener a The Driver una personalidad tan brillante.
Uno de los momentos más celebrados por el público fue Rock para blandos, coreando el estribillo en éxtasis colectivo.
El tiempo pasaba. Llegó el momento 15 Mierdas nos comemos y dijeron adiós, y emocionados vimos bajarse del escenario a una de las propuestas más interesantes que han salido de la región en los últimos años. Pero, parafraseándoles a ellos mismos, deberían ser así: libres, puros, sensitivos, y pasionales. Por eso hay que dejarlos crecer y que corran por donde les pida el instinto. Echaremos de menos a Cheval.

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