Pensar en Coachella es sinónimo de encedidas puestas de sol con palmeras de fondo, de montañas peladas y de una peregrinación de festivaleros con camisas estratégicamente andrajosas y bikinis de neón en medio del desierto. Aunque a la combinación hay que añadirle algo nunca visto en esta decimotercera edición: lluvia y frío. Sin embargo, con la programación acaecida, los comentarios sobre el infortunado tiempo deberían quedarse solo en eso, una anécdota. Y es que la primera jornada del festival fue una delicia para los amantes del rock’n’roll, empezando pronto con la actuación del virtuoso Gary Clark Jr, capaz de desempolvar los fantasmas de los guitar heroes y fusionarlos con toques de soul y de hip-hop. Un aperitivo para lo que se avecinaría. Arctic Monkeys se empeñaron en demostrar que lo del pop de niño bien ya no les va y convencen con temas como “Brick By Brick” o “Evil Twin”. Girls empezaron mucho más melosos, con el Outdoor Stage cubierto por ramos de flores y con sus coristas intentando acaparar más protagonismo que el propio grupo. Aunque no lo consiguieron, y estos forjaron lentamente una escalada que desembocó en hits como “Alex” o “Honey Bunny”, de su último disco, “Father, Son, Holy Ghost”. Dawes puso la nota de americana del día. Mientras que Wu Lyf se desgañitaban en la concurrida carpa Gobi. Los británicos Pulp aparecieron con lásers caída la noche y se convirtió en un recital de hits, similar al de su actuación en el San Miguel Primavera Sound. Y otros que no defraudaron fueron The Black Keys, los chicos de moda. Se acompañaron por algunos músicos más, pero el peso del concierto y la magnitud de su escenario, continuaron recayendo en ellos. Un repaso más que holgado a “Brothers”, nuevos temas como “Gold On The Ceiling” –sí, cayó “Lonely Boy”, aunque pasada de revoluciones- y un final de fiesta con “Everlasting Love” con bola gigante de discoteca incluida y bombillas que iluminaron su nombre con “I Got Mine”, hizo entrar a los festivaleros en calor, aletargados por el inusual frío.
Si el viernes fue la noche del rock, la del sábado lo sería para el pop preciosista, con The Shins, Bon Iver y Radiohead como claros ganadores. The Head And The Heart arrasaron con su folk enérgico. Y efectivos, aunque quizá no tan brillantes, estuvieron Kaiser Chiefs, Andrew Bird, Jeff Magnum, Noel Gallagher y St. Vincent, a quien vimos antes de correr para llegar a The Shins a tiempo. Tema tras tema, James Mercer y compañía se entregaron y consiguieron hipnotizar al público con un repaso a su discografía. Casi sin esperarlo, se volvieron una de las atracciones de la noche, a lo que Mercer solo pudo bromear diciendo: “creed en el hype; mirad dónde estamos ahora”. Cincuenta minutos de concierto que pasaron en un suspiro. Tomó el relevo Feist, quien firmó otro de los momentos más emotivos de la noche, con el despliegue de músicos y coro capaz más amplio hasta el momento, presentando los temas de ese gran disco que es “Metals”. Y qué decir de Bon Iver, quien por cierto apareció sin barba. Su recital es de los que se queda en la retina grabado durante mucho tiempo. “Holocene”, “Skinny Love” o “Perth” sonaron límpidos y llenaron cada centímetro del desierto. Miike Snow devolvió de nuevo el significado de “fiesta”, tras tanto concierto conmovedor. Radiohead abrieron con “Bloom” y continuaron explorando “The King Of Limbs” (“Lotus Flower”, etcétera) en jams interminables que sonaron exquisitas incluso al final del gentío. Hubo lugar también para temas perdidos como “Daily Mail” o los ansiados “Karma Police”, “Lucky” y dos bises que terminaron en “Paranoid Android”. Si su nuevo disco generó reticencias, sí que convenció en su versión en directo.
Última jornada de Coachella, ¡por fin! con el buen tiempo al que nos tenía acostumbrados, lo que nos permitió bailar como posesos al ritmo de Wild Flag, sentarnos en el suelo y seguir los juegos de The Hives, quienes adelantaron temas de su próximo disco (“Wait A Minute”) y cambio de registro total con The Weeknd. Aunque la elección del Outdoor Stage hizo un flaco favor a sus falsetes y dreamy hip hop; seguro que habríamos disfrutado mucho más en las distancias cortas. Justice, por contra, demostraron nutrirse de la energía de las masas, aunque por problemas técnicos protagonizaron un set más corto del habitual en el que no faltaron “Civilization” o “D.A.N.C.E”. Coachella entero se puso a saltar y cubrieron el cielo los tubitos de neón en una lluvia ácida. Más energía, esta vez de la mano de los renacidos At The Drive-In, que devolvieron a muchos a sus años adolescentes y sorprendieron a los que apenan les conocían con un directo que pasa con nota. Girl Talk y Florence + The Machine fueron coreados hasta la saciedad, aunque por públicos muy distintos. Y finalmente llegó el momento más esperado del fin de semana: Dr. Dre y Snoop Dogg aparecían sobre un fondo de L.A que cobraba vida y que probó la intrínseca relación entre los californianos –sobre todo del sur- y el gangsta rap. “The Next Episode” encendió los ánimos y no hubo manera de aplacar las manos al aire y el humo psicotrópico que se aspiraba. Eminem, 50 Cent o Wiz Kalifa fueron alguno de los colegas que se dejaron caer para rapear junto a estas dos leyendas vivientes. Un revival que solo iba a mejor, sobre todo cuando el holograma de 2Pac apareció caído del cielo entre gritos histéricos, mientras rapeaba mano a mano con Snoop Dogg. Ver para creer. Y como tal, desapareció en una nube más propia de “Star Wars”. Sin duda, el momento del festival para muchos; recital de hits, pasarela de leyendas y el despliegue audiovisual más espectacular del fin de semana.
Muertos que vuelven a la vida, reuniones, rock’n’roll, bandas emergentes y palmeras de fondo. Como se suele decir: “win-win”.
grande!