Apenas un parpadeo separa los diez años transcurridos desde que viera la luz “Nuevos Jardines” (16), el disco seminal de Chef Creador, de la noche en la que se festejaba su aniversario a lo grande. Por el camino, conciertos y canciones —aunque no demasiados de ninguno, por desgracia— y una banda que, desde el primer acorde, ha demostrado merecer mucha mejor suerte. La idea para la celebración, con un solo concierto concebido como una cita única y desechando la idea de una gira, tornaban el asunto en algo muy especial. Las canciones no sonarían necesariamente como fueron grabadas, con adaptaciones o reformulaciones a otros registros, y la velada se completaría con otros temas de la historia del grupo en un repertorio y setlist único. Y el asunto no defraudó.
Un concierto desarrollado por la formación que empezó todo (Francisco José Baez a la guitarra y voz, Israel Pérez a la guitarra y José Ignacio Encinas a la batería), además del acertado añadido de Hugo Milhanas al bajo y Hernán Grecco a los sintes, guitarra y voz. Su puesta en escena, sencilla y sobria, obligaba a no apartar la vista del escenario, desde que abriesen con la pequeña obertura que daba paso a “Cajas” y a ese inmenso sencillo que es “El rey de la Montaña”. No parecía haber pasado el tiempo por ellos ni, lo más importante, por el conjunto de canciones. Como con esa luz fresca que entra a raudales en el primer acto y tras esa apertura en el que ponen “Sucesos extraños” —del mini EP de 2018— y sus tiempos acelerados a tope. Por su parte, la secuencia formada por “Como matar a un zombie”, “Winona Forever” y El poder mágico del ritmo” obligan a bailar y, aunque tímidamente, a moverse del sitio.
La banda enorme se ratifica al comprobar cómo han cambiado “No sé qué estoy haciendo”, convirtiéndola en una delicia de pop sofisticado. También fue sanador ver los últimos materiales que han puesto en juego desde la ruidosa “Telepi” con la voz de Báez sin macula y la guitarra de Pérez transportando a espacios siderales. Píldoras hiper vitaminadas que nos golpearon a base de guitarras macizas y ardor juvenil del bueno (imposible no mencionar a Encinas llevando el peso), como en “Tan felices”, y sobre todo en la festiva “No estoy bien”, acompañados de un estrellón como es el Vacaciones Permanentes Iván Andrés que levantó al público de la odiosa dictadura de la butaca y, al fin, lo puso a bailar.
La épica la ponen con “Refundación” abriendo la última parte, con la lujosa colaboración de Bea Hernández en la voz, y la parada en esa barbaridad de canción (diez años y sigue sonando maravillosa) que es “Fuego real”. Pero todo palidece frente a la navegación de cabotaje que preside “O te matan o vuelven” a medida que el tema se desarrolla, para arribar en su parte final y reafirmar que son mucho más duros en directo que en disco, ante de empalmar con esa delicia pop de guitarras que es “Incondicionales”. El cierre llegó con el músculo añadido en la reformulación de “Nuevos jardines versallescos”, que dobla el poder de la canción, con todo el público en pie sellando una noche tan especial como inolvidable. Misión cumplida, sí. Pero no esperaba menos de una banda tan especial.

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