Las tendencias están para romperlas y con ello demostrar que el arte y la reacción de su público es, en muchas ocasiones, impredecible, inexplicable e inclasificable. En tiempos de canciones inmediatas y directos de bajo presupuesto que remiten a formatos tan insustanciales como un karaoke, ocho músicos se suben a un escenario con una propuesta experimental, sensible y alejada de cualquier molde, y los presentes se rinden al hechizo y quedan totalmente abducidos. Esto está sucediendo en el 2026, y tiene un nombre: caroline.
El proyecto original de Londres presentó la noche del martes en la Sala Upload de Barcelona su segundo disco “caroline 2” (Rough Trade Records, 2025) con un directo atemporal y demoledor. A ratos en un pasado minimalista clásico, a ratos en un futuro post-rock, el set se desarrolló en once temas que superaron su versión grabada. Y es precisamente ahí donde podría residir el carácter “mortal” de su propuesta, ya que el disco se compone de canciones que parecen — y dicen ser — jams y registros caseros, por lo que llevar aquellas sutilezas al directo era cuanto menos ambicioso. caroline lo logró, no solo interpretando sino elevando sus composiciones a una dimensión conexa entre el universo y la tierra.
Es importante retroceder y destacar la apertura de la noche a cargo de St Frances, con una sala que a las 20:00 h ya estaba repleta de gente atenta y expectante. En una versión ligeramente más tímida y silenciosa que en otras ocasiones, la artista interpretó los grandes temas de su repertorio, sin dejarse la fascinante colaboración con el músico Edu Pons en "longdrive", una canción que se desarrolla con la superposición de capas sonoras del clarinete bajo que acompañan la inconfundible voz de Frances Ribes Renshaw. La artista cerró un directo elegante, sensible y fresco, que una vez más puso sobre la mesa el gran talento local que se cuece en la ciudad.
Tras finalizar este primer show, el escenario empezó a mutar hacia un setup seductor: los técnicos y algunos miembros de caroline formaron un semicírculo de seis monitores, distribuyeron varios amplificadores y pedales, se asomaron dos violines, un clarinete bajo, un saxo y una inmensa cantidad de micros que recordaban a los de una rueda de prensa; y en el centro del semicírculo un amplificador alargado y perfectamente microfonado que sería el responsable de la primera sorpresa de la noche.
Las luces se atenuaron y un arpegio de sintetizadores suaves dio la entrada a la banda. Los ocho músicos se instalaron en sus puestos algo apretados y el primer susurro del clarinete bajo cortó el silencio. Introducido con un sonido suave como una brisa refrescante, la muestra ganó progresivamente potencia hasta encarnar el grito de un gran barco de vapor que zarpa hacia altamar, cada vez más fuerte y estruendoso, haciendo temblar toda la sala. La caja que reposaba junto al amplificador central rugía por el choque de las ondas con la bordonera, dotando el instante de un aura espiritual y misteriosa. Entonces arrancó "Song Two", lo que dió pase al crisol de instrumentos y marcó el inicio del viaje definitivo.
La voz de Casper Hughes estremeció a los oyentes, confirmando su dulzura y tristeza potenciada por las chirriantes cuerdas y la galopante percusión. Entre instantes de tensión e hilos de voz acallados, cortes en seco al llegar a la cumbre sónica de una canción y autotunes perfectamente puestos, el set avanzó con momentos de una gran hermosura que se convertirían en pequeñas postales de recuerdos: como el abrazo entre los dos guitarras que armonizaron la outro de "U R UR ONLY ANCHING", el diálogo entre violines en "Dark Blue" o la icónica performance de "Coldplay Cover". Hughes explicó sobre esta última canción que se grabó en dos zonas distintas de su apartamento de Londres, intercalando un tema con el otro y haciendo de ellos una misma canción colindante. Para poder registrarlo en directo y a la vez, contaba el artista que ubicaron espejos por el piso que ayudarían a dar la señal de inicio y fin. Para trasladar esa misma sensación, dividieron el escenario en dos espacios, llevando al público al mismo escenario de la grabación. Y ahí estábamos, en el apartamento del grisáceo Londres, disfrutando del espíritu innovador y experimental de la banda.
caroline avanzó con una gran maestría balanceándose entre el noise y el folk, jugando con la tensión y el asombro de los presentes y defendiendo uno de los mejores directos de la temporada. Ocho voces horizontales, sin jerarquías ni grados de importancia, personificaron la magia de lo colectivo y numeroso y la potencia y el recorrido de experimentación que aún les queda a los instrumentos acústicos por delante.
"Total Euphoria" marcó el final del directo, compensando la tristeza de la despedida con una energía alegre y optimista que se coronó con el solo catártico del violín de Olver Hamilton en el centro del escenario. Al acabar, la banda se trasladó a la zona del merch, sustento para mantener la formación a flote, y la velada llegó a su fin.
La noche del último martes de marzo caroline dejó el rastro de un directo sublime en la Sala Upload que confirmó que aún hay esperanza en la música reposada y todo aquel que quiera presenciarla ya tiene un nombre al que recurrir.

Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.