El cine y el cómic comparten un mismo punto de partida: ambos surgieron a finales del siglo XIX como expresiones de ocio popular. Los hermanos Lumière no imaginaron su invento como un medio para crear piezas destinadas a los museos, sino como un espectáculo pensado para maravillar al gran público. En ese sentido, si hubieran podido viajar en el tiempo, todo apunta a que habrían contemplado con simpatía superproducciones tempranas como “El nacimiento de una nación”, de D. W. Griffith, o la primera versión de “Los diez mandamientos”, dirigida por Cecil B. DeMille. En cambio, es muy posible que se hubieran sentido genuinamente desconcertados si, en 1929, hubieran asistido en París al estreno de la hipnótica y visionaria “La pasión de Juana de Arco”, de Carl Theodor Dreyer, y, con mayor motivo aún, al de “Un perro andaluz”, obra de dos irreverentes gamberros españoles llamados Salvador Dalí y Luis Buñuel.
Incluso hoy, en las primeras décadas del siglo XXI, cuando pensamos en el cómic, lo habitual es asociarlo a los seriales de superhéroes de Marvel o DC, a los grandes éxitos del manga como “Dragon Ball” o “Naruto”, o, en el mejor de los casos, a ciertas obras que, por la potencia de su lenguaje y la gravedad de los asuntos que abordan, han sido encasilladas bajo la discutible etiqueta de “novela gráfica”: de “Contrato con Dios” a “Hierba”, pasando por “Maus”, “Arrugas” o “Notas al pie de Gaza”, entre muchas otras. Todas ellas comparten un elemento esencial: se articulan como relatos, están concebidas, de una forma u otra, para narrar una historia.
Precisamente por eso resulta tan singular un cómic como “La cantinela de madera”, de la autora francesa Pia‑Mélissa Laroche (1985), publicado en España por una editorial pequeña y audaz, Libros Walden, que ya había apostado antes por una obra maestra como “Ultrasound”, de Conor Stechschulte. Y es que las dos partes que componen “La cantinela…” no se organizan como un relato convencional, sino como una experiencia sensorial, sin palabras, más cercana a la poesía lírica que a la novela o al cine tradicionales. Recorrer sus páginas nos recuerda que el cómic, como medio, contiene muchas más posibilidades de las que solemos imaginar.
En “Mandolina” partimos de una estampa inicial del instrumento musical, rodeado de racimos de uva, una concha de vieira, naipes y notas del pentagrama. Estos elementos se convertirán en algunos de los motivos recurrentes de una secuencia cuyo trazo preciosista que recuerda al art nouveau. El conjunto da lugar a un flujo visual que también evoca la alucinante “Fantasía” (1940), de Walt Disney: al igual que aquella, la obra busca interpretar una pieza musical con imágenes psicodélicas, a través de una cadena de transformaciones de carácter surrealista, aunque en este caso solo podamos intuir qué melodía acompaña a estas viñetas.
La segunda parte, “Talar los árboles, bloquear las fuentes, volcar las piedras”, remite en cambio al Moebius de muchas de las historias breves reunidas en su “Obra hermética”, o incluso a una versión conceptual y arty de “La cosa del pantano”, de Alan Moore. Sus viñetas amplias y estáticas, y la presencia del gigante verde –en el que resulta fácil reconocer la encarnación de una fuerza primigenia–, configuran una suerte de fábula ecologista de resonancias míticas. La autora ha comentado que el título procede una frase que escuchó en la entrevista a un historiador, quien describía cómo las autoridades cristianas habían sofocado al paganismo en las islas británicas. De algún modo, nos quiere decir, los viejos dioses, la energía de la naturaleza, nos sobrevivirá.

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