Los años noventa del pasado siglo fueron la edad de oro del llamado psycho-thriller. No era un género nuevo, puesto lo que podemos remontar, como mínimo, a “Psicosis” de Hitchcock (1960) o, incluso, a una de las cumbres del expresionismo alemán, la genial “M, el vampiro de Düsseldorf” de Fritz Lang (1931). Pero el impacto que supuso “El silencio de los corderos” (Jonathan Demme, 1992) y, unos pocos años más tarde, “Seven” (David Fincher, 1995), hizo que las pantallas de todo el planeta recibieran un sinfín de producciones, en las que sus protagonistas tenían que enfrentarse con psicópatas enormemente retorcidos que dejaban tras de sí un reguero de cadáveres con mensajes y pistas para los investigadores. Aunque se puede decir que el propio Fincher clausuró el género con su obra maestra, “Zodiac” (2007) y la no menos excelente serie “Mindhunter”, en la que se exploraban los “casos reales” que habían servido de inspiración a este subgénero, mostrando que la naturaleza humana alberga horrores que superan casi siempre a la ficción más terrorífica, este tipo de películas no han desaparecido nunca de las salas de cine y, por supuesto, han influido en otros medios, como el cómic.
Un buen ejemplo de esto es “Bloody Eye”, un manga de tres volúmenes, con guion de Kei Koga y dibujo de Nori Arashiyama. Estamos ante un entretenido psycho-thriller que podría haber servido, sin dificultades, como base a cualquier remedo de “Seven”, de los muchos que proliferaron en la época. De hecho, en cierto momento, uno de los personajes hace un pequeño guiño “meta” comentando que un aspecto de la trama le hace pensar en una “película de serie B”. Izumi, un periodista especializado en sacar trapos sucios de famosos, se topa, cuando investigaba las infidelidades de un actor, con el cruento asesinato de una pareja de Youtubers. A este le siguen más crímenes, siempre con una particular firma: un ojo rojo. El periodista descubre que todos los fallecidos están relacionados con una noticia que cubrió hace años: el suicidio de un adolescente que sufría bullying. De hecho, el propio asesino empieza a “comunicarse” con él; lo que, desde luego, lo pondrá en una situación peligrosa. A él, y a sus seres queridos.
“Bloody Eye” no es, ni pretende ser, una cumbre del suspense en viñetas como, por ejemplo, “Monster” de Naoki Urasawa. Pero tampoco engaña a nadie: su corta extensión impone un ritmo realmente frenético, con continuos giros de tuerca, escenas ligeramente gore, enigmas, persecuciones y toques de humor negro, servidos por un dibujo funcional y efectivo. Lo más original de la serie es haber optado por un protagonista totalmente desagradable, un tipo sin escrúpulos ni valores, que, para más inri, abandonó a su familia y vive de explotar los instintos más bajos de su público. Por así expresarlo, es el tipo de periodista “canalla” que no solemos encontrar en las películas, pero sí en cualquier tertulia televisiva o en un programa de la “actualidad rosa”. Ver a un sujeto semejante convertido en un “héroe por accidente” no deja de ser bastante divertido.

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