De la misma manera que “Apocalypse Now Redux” ha eclipsado, desde su estreno a principios del siglo XXI, la versión original de la obra maestra de Coppola, este “The Whole Bloody Affair” debería ser considerado a partir de ahora como la única versión posible de aquel Kill Bill fraccionado en dos hace más de veinte años, debido a las ansias comerciales de los hermanos Weinstein. De hecho, Tarantino siempre consideró el díptico Kill Bill como una sola película, su cuarto film.
En realidad, los cambios no son muchos, pero de esta forma se puede experimentar en su magnitud la épica de la venganza creada por el cineasta de Texas. La más relevante de las modificaciones es la recuperación de un último y largo fragmento en la secuencia animada que cuenta los orígenes sanguinarios de O-Ren Ishi, el personaje de Lucy Liu: un enfrentamiento, tan explosivo y brutal como imposible, de la joven O-Ren en un ascensor con Ricky, el guaperas, el lugarteniente del jefe yakuza que encomendó el asesinato de sus padres.
También se han eliminado elementos lógicos en la conversión de dos filmes en uno. Se suprime, así, todo resumen de lo que pasaba en el primer volumen y, detalle más destacable aún, se elimina el cliffhanger pronunciado por Bill con el que acababa la primera parte y que revelaba una de las sorpresas del conjunto, que ahora no se descubre hasta el último tercio de la obra. De hecho, en relación a la estructura, esta versión poderosa, genuina y monolítica nos permite asimilar con naturalidad la progresión entre el torrente audiovisual del primer volumen y el tono más reflexivo y lenguaraz del segundo, en vez de considerar las dos partes separadas como un juego caprichoso de contrastes.
Más allá del juego de encuentre las diferencias, “Kill Bill:The Whole Bloody Affair” reafirma el poderío audiovisual de Tarantino con tantas imágenes y sonidos icónicos y sirve para ver multiplicada la vigencia de una cinta llena de retratos de mujeres fuertes en un mundo de hombres.

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