Crítica de 'La tarta del presidente', película que se estrena hoy viernes
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Crítica de 'La tarta del presidente', película que se estrena hoy viernes

8 / 10
Fran González — 06-02-2026
Empresa — Maiden Voyage, Missing Piece, Spark Features, Working Barn Productions
Fotografía — Cartel de la película

Basta con radiografiar mínimamente el presente para darse cuenta de que un relato como el que Hasan Hadi nos cuenta en “La tarta del presidente” no es en absoluto coyuntural o anacrónico. El mundo de hoy día, signado por el infausto sino de millones de niños y niñas como Lamia y Saeed, es, por desgracia, un lugar más que propicio para que cintas como el debut de este cineasta nos conmuevan y suenen dolorosamente vigentes.

En la teoría, su interesante oferta (primera película iraquí en ser preseleccionada en los Oscar tras su laureado paso por Cannes) se traduce en una fábula política revestida de realismo, concebida para hacer de un recuerdo escolar (ese sorteo anual que obliga a un alumno aleatorio a preparar una tarta para el cumpleaños de Sadam Huseín) un alegato silencioso contra la humillación institucionalizada y la normalización de la infancia amenazada.

Con todo, y a pesar de las dosis de pornografía emocional que fácilmente se podrían extraer de tal pretexto, Hadi sortea con esquiva inteligencia cualquier tentación de emplear una voz panfletaria o vituperante, y en su lugar decide apostar por una suerte de road-movie que bascula entre lo poético y lo documental, manteniendo siempre el foco en el entrañable vínculo de sus jóvenes protagonistas y en el valor de lo imaginativo contra la tiniebla.

Tirando de prosa ágil y sostenida, la búsqueda de los ingredientes para el pastel de marras se termina tornando en una odisea urbana repleta de escollos que recalcan el elevado precio de la supervivencia en un Irak hostil y atomizado. Por ello, no podemos decir que la película retrate de forma ajena o idealizada la fatalidad de aquellos días (bien explícita cuando se desea a través de momentos puramente tétricos), pero sí consigue diluir la tragedia (brevemente) mediante anómalos remanentes de luminosidad: figuras genuinamente buenas que nos inspiran a pensar que su providencialidad también existe fuera de la ficción y contra todo pronóstico.

La cámara, siempre empática con la perspectiva del infante, captura desde la conciencia compositiva y la sensibilidad pictórica de Tudor Vladimir Panduru (director de fotografía) esa convergencia entre belleza formal y miseria material, regalándonos con ello tanto frescos generales de un contexto amargo como primeros planos capaces de registrar hasta la más mínima alteración afectiva. Sus responsables, intérpretes no profesionales, suministran a la fórmula una inesperada economía gestual en la que impera la naturalidad más orgánica, haciendo de sus peleas, bromas y miradas cómplices el verdadero acicate de la obra.

Pese al hilo invisible que une su propuesta a nuestros días, Hadi consigue que su sólida puesta de largo pase de puntillas por la pedagogía ideológica y supere con nota el comprometido mar de tópicos que le rodea (tan necesarios a corto plazo como inexorablemente olvidables en tiempos reduccionistas y efímeros). Antes que la proclama y el eslogan nos deja claro que van la emoción y la textura, mostrando la gramática del poder y una comprensión más compleja de la historia de la mano de una de esas películas de a pie que se quedan para siempre con nosotros.

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