Kirk Jones irrumpió hace poco más de un cuarto de siglo con su primera película, la deliciosa “Despertando a Ned”, que evocaba el sentido de comunidad de las comedias de la productora británica Ealing de mediados del siglo pasado. Perdido, luego, entre olvidados remakes (“Todos están bien”) e innecesarias secuelas (“Mi gran boda griega 2”) de Hollywood, Jones regresa ahora con el segundo punto notorio de su carrera, este “Incontrolable”, que, a través de caminos distintos a los de su debut, incide en la necesidad de los lazos comunitarios.
Para ello, se fija en un héroe anónimo real, John Davidson, activista escocés con síndrome de Tourette, condición que le provoca no solo tics, sino también problemáticos ataques de coprolalia (proferimiento involuntario de insultos y obscenidades), como le sucedió en la última ceremonia de los premios BAFTA. En 2019, Davidson llegó a ser condecorado –y así se inicia la cinta– por la Reina Isabel II por su labor en la concienciación social de dicho trastorno, cuestión que ocupa la parte final del film de forma un tanto subrayada.
Pese a esto, “Incontrolable” se desarrolla como un eficaz y emotivo biopic al uso que cuenta la aparición imprevista del síndrome y la incomprensión al que el joven John se enfrenta en su entorno, tanto familiar como escolar. Jones, como guionista, se encarga de señalar, en ese mar de hostilidad, algunos personajes fundamentales como raros islotes de calidez que van a aliviar su día a día: Tommy (Peter Mullan), un sesentón solitario que le da trabajo y Dot (Maxine Peake), una mujer enferma de cáncer, que lo acoge como una segunda madre.
Así, la película destaca en su vertiente actoral, aparte de los abrazables Mullan y Peake. “Incontrolable” es, sin duda, la carta de presentación de lujo de su protagonista Robert Aramayo, ganador del BAFTA por encima de Chalamet o Di Caprio. Tampoco hay que olvidarse del Davidson adolescente, un Scott Ellis Watson que gradúa a la perfección la aparición del síndrome.

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